Dentro del abundante y variopinto ramaje de fidelidades a las que puede arrimarse una traducción, quizá la que me hace sentir más cobijado es la que me exige ser fiel al texto, pero no menos a las circunstancias en que se ha emitido. Y si el texto que tengo entre manos es una patraña como la que podría contarse a la luz de una hoguera, eso es ante todo lo que deberé crear para los lectores (o, mejor dicho, para el resto de cofuegueros). En esa sensación de cobijo habrá una parte subjetiva, sin duda; pero otra no lo es tanto: depende del placer literario, que tiene su propio Manual de preservación de la llama. Y como bien sabrá el que haya aceptado la convocatoria de esa clase de hogueras, uno de los requisitos que deben cumplir las historias nocturnas para no apagarse en el silencio (o peor, en el bostezo) es el de la suficiencia: el cuento tendrá que ser sorprendente, pero sencillo y claro. No vale un lenguaje rebuscado u oscuro. No vale, tampoco, tener que explicar el mecanismo de la vuelta de tuerca. Es incluso preferible que se vea venir el desenlace, pero se narre con las palabras justas; a lo que no hay lugar es a la nota al pie o a explicar el chiste.
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Hay una vieja patraña portuguesa —y digo «patraña» en el sentido de los cuentecitos de El patrañuelo, historias de orígenes varios, generalmente deslavazadas y muy alejadas de la magistral selección de elementos de un Poe o un Chejov— que mezcla los motivos tradicionales del sastrecillo valiente y del caballero fantástico. A la muerte del temido general Dom Caio, el rey del lugar se desespera; las tropas del país vecino han entrado ya en sus tierras, convencidas de asolar de un golpe a un ejército privado de liderazgo. Por fortuna, el monarca ha oído hablar de un alfaiate —un alfayate, un sastrecillo— que se jacta de matar a siete de un golpe; lo recibe en su cámara y, cuando este le confirma la proeza, lo nombra general de los ejércitos y lo envía a la guerra sin dilación. Montado el sastrecillo a lomos del gigantesco caballo del general, a duras penas puede sostenerse, y menos aún detener a su montura, que arremete como acostumbraba contra sus enemigos; solo tiene ánimos de gritar: «¡Me caigo! ¡Me caigo!» Pero la soldadesca contraria no entiende «Eu caio!», sino «Eu Caio!», «¡Soy Cayo! ¡Soy Cayo!», y huye aterrada ante la idea de enfrentarse al legendario general, que no ha muerto como se decía y que tan arrojadamente los acomete.
La solución me la callo y no la sé, o cada cual que se siente ante una hoguera imaginada y le dé vueltas a la historia hasta encontrar su camino. Yo me desvío aquí porque voy a otro lugar: muchas veces, los textos no indican de forma expresa las circunstancias de su enunciación ideal. Es el traductor el que debe preguntarse dónde viviría el original más a sus anchas y, por tanto, qué tipo de invernadero, de hoguera, de mar o desierto debe crear, una palabra tras otra, para que el otro original, el de la lengua de destino, viva igualmente a sus anchas. Porque aunque siempre sentimos el frescor de la sombra, no siempre somos conscientes (o al menos yo) de qué árbol la provoca.