Ahora, en cambio, me encuentro diariamente inmersa
en situaciones surrealistas, como la de ayer por la tarde. Hace
un par de años, desde mi cómoda posición
de traductora externa con un único cliente que me ocupaba
casi al 100%, estas cosas me sonaban a algo lejano e imposible.
Aún recuerdo mi estupor cuando entonces hablé con
Manu, el dueño de la agencia “Traduable”, y
me contó lo que le había pasado con un colaborador
externo. Omitiendo piadosamente los nombres, por un secreto profesional
mal entendido, me contó que el tipejo en cuestión,
al parecer un traductor famoso en algunos círculos, había
entregado un documento de 20.000 palabras supuestamente revisado
y de “calidad final”, cuando en realidad un análisis
hecho a raíz de la reclamación del cliente revelaba
que ni siquiera se había leído más del 10%.
El colaborador, muy enfadado, había explicado a mi amigo:
“¿Cómo querías que revisase una traducción
de Fulanito, con lo mal que traduce?” y había amenazado
con demandarles, si no le pagaban el trabajo completo.
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Organizar
una reunión no es tan fácil como parece |
No, definitivamente aquello no me pasaría
a mí. Eso sucedía cuando no te informabas acerca
de tus colaboradores, era un error de principiante el confiar
más en el boca a boca que en las aptitudes demostradas.
En cambio, yo me estaba preparando a conciencia, hasta había
asistido a varios cursillos, talleres y seminarios que abarcaban
temas tan dispares como la localización, la gestión
de proyectos, la administración de empresas...
Hay que mimar las relaciones con los colaboradores
externos. Lo dijeron en aquel seminario de verano: “no hay
que descuidar las relaciones interpersonales, sino fomentar los
encuentros presenciales durante el proyecto” y “para
lograr la sinergia con los colaboradores internos y externos,
hay que realizar una gestión de proyecto que compagine
y cohesione ambas realidades”. Lo dijeron, y yo lo escuché
y asimilé, extasiada. Confieso que siempre me ha fascinado
este nuevo lenguaje empresarial, es tan ampuloso e impactante...
Por eso, en un momento de debilidad, y tras comprobar alborozada
que todos los colaboradores vivían en un radio de 30 Km.
de nuestras oficinas, decidí organizar la reunión,
para que los participantes en el primer gran proyecto de mi agencia
pudieran tener “relaciones interpersonales” y gozasen
revolcándose en su sinergia. ¡En qué hora!
Consciente de la importancia del evento (ya, ya
sé que es un uso incorrecto de ese término, pero
¿qué más da, si suena bien?), no quise delegar
en Marta y decidí hacer yo misma las llamadas. A dos semanas
vista, comencé a convocar uno a uno a los cinco traductores
y al revisor técnico externos, para que asistieran a una
“sesión informativa”, inicialmente prevista
para antesdeayer por la mañana. ¿Han tenido alguna
vez que coordinar una reunión con varios traductores autónomos?
Creo que correré un tupido velo sobre esta fase, porque
no fue sino un aperitivo de lo que me esperaba. Baste con decir
que uno de los invitados se negó en redondo a acudir a
una cita que se celebrase antes de las cuatro de la tarde (“yo
me levanto a las dos”), que otro, el revisor técnico
que me había impuesto el cliente, me pidió la lista
completa del resto de los asistentes y resopló sonoramente
cuando le respondí con cautela que estaba “por definir”,
y que una de las tres traductoras convocadas, que seguramente
había asistido al mismo seminario que yo, intentó
convencerme de que “en esta fase de madurez del proyecto”
era prematuro intentar “cohesionar esfuerzos”.
Para cuando terminé de hacer las llamadas,
y tardé tres días en conseguir hablar con las seis
personas, todos y cada uno de los invitados habían manifestado,
de una u otra forma, su desagrado por aquella reunión,
y la fecha inicial se había retrasado un día a petición
de un traductor que tenía “otros compromisos”.
Curiosamente, el mismo que sugirió cobrarme las horas empleadas
en asistir a la reunión, desplazamientos incluidos. Pero
¿es que nadie les ha explicado lo que son las relaciones
públicas? ¿Acaso no son capaces de hacer un mínimo
esfuerzo, teniendo en cuenta que les daré trabajo continuado
durante un año? Estos chicos necesitan urgentemente un
seminario que les acerque al mundo empresarial.
Nos tomamos muy en serio los preparativos de la
reunión. Debo reconocer que estaba muy nerviosa, porque
era la primera de este tipo que se celebraba en nuestras oficinas.
Los días anteriores, preparamos y grabamos los CD, que
contenían glosarios, la memoria de traducción, información
acerca de la empresa del cliente, direcciones Web y bibliografía
para consulta, las instrucciones completas para el proyecto...
Empleé un par de días en realizar una presentación
en PowerPoint (¡cómo lo odio!), que finalmente quedó
muy aparente y que incluía una breve historia de la agencia
y del cliente y algunas directrices metodológicas. Cuando
se la enseñé a Marta, hasta ella quedó impresionada,
y eso que es de la vieja escuela y odia el PowerPoint tanto como
yo.
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| Inofensivo
jefe de proyecto tras el proceso de organización una
reunión de "coordinación". |
Llegó el día D, es decir, ayer. A
las 16:00, hora de comienzo de la reunión, sólo
estábamos nosotros (mi traductora y mi revisor de estilo,
Marta y yo) y dos de los traductores invitados, por lo que decidimos
esperar un rato a que hubiera quórum. Mientras lo hacíamos,
el revisor técnico que me había pedido la lista
de asistentes por teléfono, un pedante estirado y totalmente
insufrible, decidió hacerme el honor de compartir conmigo
sus ideas acerca de la generalidad de sus colegas y de sus errores
de traducción y pésimo nivel cultural, mientras
estiraba su nariz en dirección a mis colaboradores internos
y la torcía como si aquellas criaturas tan molestas, obviamente
inferiores, puesto que trabajaban por cuenta ajena, despidiesen
un olor nauseabundo.
Correré, una vez más, un tupido velo,
esta vez sobre el transcurso de la reunión, no tan concurrida
como esperábamos: uno de los traductores, el mismo que
no se levantaba antes de las dos, se excusó por teléfono
a las 16:00, con el popular y previsible pretexto de “tengo
una entrega muy urgente que no he podido terminar”; por
su parte, la traductora que me había intentado disuadir
había decidido, evidentemente, privarnos de su “sinergia”
y ni siquiera se había molestado en llamar para decir que
no vendría. Casi me alegré, porque con una prima
donna ya había suficiente: el revisor estrella, el de la
nariz estirada, apenas si nos dejó hablar a los demás,
interrumpiendo constantemente y dejando muy clarito lo que él
pensaba de cómo había que gestionar un proyecto
y que podíamos considerarnos muy afortunados por contar
con su ayuda, que indudablemente nos salvaría el pellejo
de la catástrofe que se nos avecinaba, por nuestra falta
de profesionalidad. Para cuando llegó el último
asistente rezagado, hacia las 17:30, el ambiente era tenso, yo
no sabía dónde meterme y temía por la continuidad
del proyecto. Anoté a hurtadillas que tenía que
llamar al día siguiente a todos los colaboradores presentes,
excepto al Vigía de Occidente, para quitar hierro al asunto.
Respiré tranquila cuando a las 18:30 dimos
por terminada la reunión y pasamos a la sala contigua,
donde Marta, Dios la bendiga, había dispuesto una ligera
merienda traída de la pastelería-cafetería
de la esquina. Mientras todos, sin excepción, se abalanzaban
sobre las bandejas, como si no hubiesen comido en una semana,
me retiré a un rincón, me apoyé ligeramente
en la pared y bebí un sorbo de café, con los ojos
entrecerrados. Me sacó de mi trance el insufrible revisor,
que con una pasta de té en una mano y un canapé
de salmón en la otra, se me había acercado sigilosamente
y me decía al oído, en tono confidencial y señalando
a uno de los famélicos traductores: “tch, tch...
¿Ves por qué te lo preguntaba por teléfono?
Tenías que haberme dicho que Fernández estaba en
el proyecto... Es un listillo que se cree que escribe bien; me
cae tan mal, que siempre me niego a revisar sus textos...”
Me permitirán que no me extienda más.
Acabo de llegar al despacho y tengo que llamar a Manu, el director
de Traduable, para sugerirle que, en el futuro, no sea tan discreto.
Nota: las situaciones y personajes descritos en
este artículo son pura ficción. Los nombres de personas
o empresas son inventados. Cualquier parecido con la realidad,
seguramente será una coincidencia.
La abogada del diablo, también conocida como Isabel
Hoyos (contacto@isabelhoyos.com)
es traductora autónoma desde 1990 y, al contrario de
lo que pudiera parecer, no tiene una agencia de traducciones.
Sus especialidades son la localización de programas de
software la traducción de textos relacionados con la
informática y la botánica, siendo esta su gran
pasión. En sus ratos libres escribe artículos
sobre botánica, cocina vegetariana, y otras hierbas