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     REVISTA DE TRADUCCIÓN
Número 4 - Diciembre 2002 - ISSN 1579-5314     
   
              La abogada del diablo: La reunión                
                                                          >> Isabel Hoyos                

 

Pido perdón, queridos traductores, por entrometerme en esta, su publicación. Aunque, bien mirado, mi intervención podría considerarse legítima, porque yo también soy traductora. O lo era. En realidad, desde que abrí la agencia, hace escasamente un año, no sé si he cambiado de profesión. Al menos, antes disfrutaba traduciendo y peleándome con terminologías difíciles. ¡Ah, aquellos tiempos de los manuales interminables sobre robótica!

Ahora, en cambio, me encuentro diariamente inmersa en situaciones surrealistas, como la de ayer por la tarde. Hace un par de años, desde mi cómoda posición de traductora externa con un único cliente que me ocupaba casi al 100%, estas cosas me sonaban a algo lejano e imposible. Aún recuerdo mi estupor cuando entonces hablé con Manu, el dueño de la agencia “Traduable”, y me contó lo que le había pasado con un colaborador externo. Omitiendo piadosamente los nombres, por un secreto profesional mal entendido, me contó que el tipejo en cuestión, al parecer un traductor famoso en algunos círculos, había entregado un documento de 20.000 palabras supuestamente revisado y de “calidad final”, cuando en realidad un análisis hecho a raíz de la reclamación del cliente revelaba que ni siquiera se había leído más del 10%. El colaborador, muy enfadado, había explicado a mi amigo: “¿Cómo querías que revisase una traducción de Fulanito, con lo mal que traduce?” y había amenazado con demandarles, si no le pagaban el trabajo completo.

Organizar una reunión no es tan fácil como parece

No, definitivamente aquello no me pasaría a mí. Eso sucedía cuando no te informabas acerca de tus colaboradores, era un error de principiante el confiar más en el boca a boca que en las aptitudes demostradas. En cambio, yo me estaba preparando a conciencia, hasta había asistido a varios cursillos, talleres y seminarios que abarcaban temas tan dispares como la localización, la gestión de proyectos, la administración de empresas...

Hay que mimar las relaciones con los colaboradores externos. Lo dijeron en aquel seminario de verano: “no hay que descuidar las relaciones interpersonales, sino fomentar los encuentros presenciales durante el proyecto” y “para lograr la sinergia con los colaboradores internos y externos, hay que realizar una gestión de proyecto que compagine y cohesione ambas realidades”. Lo dijeron, y yo lo escuché y asimilé, extasiada. Confieso que siempre me ha fascinado este nuevo lenguaje empresarial, es tan ampuloso e impactante... Por eso, en un momento de debilidad, y tras comprobar alborozada que todos los colaboradores vivían en un radio de 30 Km. de nuestras oficinas, decidí organizar la reunión, para que los participantes en el primer gran proyecto de mi agencia pudieran tener “relaciones interpersonales” y gozasen revolcándose en su sinergia. ¡En qué hora!

Consciente de la importancia del evento (ya, ya sé que es un uso incorrecto de ese término, pero ¿qué más da, si suena bien?), no quise delegar en Marta y decidí hacer yo misma las llamadas. A dos semanas vista, comencé a convocar uno a uno a los cinco traductores y al revisor técnico externos, para que asistieran a una “sesión informativa”, inicialmente prevista para antesdeayer por la mañana. ¿Han tenido alguna vez que coordinar una reunión con varios traductores autónomos? Creo que correré un tupido velo sobre esta fase, porque no fue sino un aperitivo de lo que me esperaba. Baste con decir que uno de los invitados se negó en redondo a acudir a una cita que se celebrase antes de las cuatro de la tarde (“yo me levanto a las dos”), que otro, el revisor técnico que me había impuesto el cliente, me pidió la lista completa del resto de los asistentes y resopló sonoramente cuando le respondí con cautela que estaba “por definir”, y que una de las tres traductoras convocadas, que seguramente había asistido al mismo seminario que yo, intentó convencerme de que “en esta fase de madurez del proyecto” era prematuro intentar “cohesionar esfuerzos”.

Para cuando terminé de hacer las llamadas, y tardé tres días en conseguir hablar con las seis personas, todos y cada uno de los invitados habían manifestado, de una u otra forma, su desagrado por aquella reunión, y la fecha inicial se había retrasado un día a petición de un traductor que tenía “otros compromisos”. Curiosamente, el mismo que sugirió cobrarme las horas empleadas en asistir a la reunión, desplazamientos incluidos. Pero ¿es que nadie les ha explicado lo que son las relaciones públicas? ¿Acaso no son capaces de hacer un mínimo esfuerzo, teniendo en cuenta que les daré trabajo continuado durante un año? Estos chicos necesitan urgentemente un seminario que les acerque al mundo empresarial.

Nos tomamos muy en serio los preparativos de la reunión. Debo reconocer que estaba muy nerviosa, porque era la primera de este tipo que se celebraba en nuestras oficinas. Los días anteriores, preparamos y grabamos los CD, que contenían glosarios, la memoria de traducción, información acerca de la empresa del cliente, direcciones Web y bibliografía para consulta, las instrucciones completas para el proyecto... Empleé un par de días en realizar una presentación en PowerPoint (¡cómo lo odio!), que finalmente quedó muy aparente y que incluía una breve historia de la agencia y del cliente y algunas directrices metodológicas. Cuando se la enseñé a Marta, hasta ella quedó impresionada, y eso que es de la vieja escuela y odia el PowerPoint tanto como yo.

Inofensivo jefe de proyecto tras el proceso de organización una reunión de "coordinación".

Llegó el día D, es decir, ayer. A las 16:00, hora de comienzo de la reunión, sólo estábamos nosotros (mi traductora y mi revisor de estilo, Marta y yo) y dos de los traductores invitados, por lo que decidimos esperar un rato a que hubiera quórum. Mientras lo hacíamos, el revisor técnico que me había pedido la lista de asistentes por teléfono, un pedante estirado y totalmente insufrible, decidió hacerme el honor de compartir conmigo sus ideas acerca de la generalidad de sus colegas y de sus errores de traducción y pésimo nivel cultural, mientras estiraba su nariz en dirección a mis colaboradores internos y la torcía como si aquellas criaturas tan molestas, obviamente inferiores, puesto que trabajaban por cuenta ajena, despidiesen un olor nauseabundo.

Correré, una vez más, un tupido velo, esta vez sobre el transcurso de la reunión, no tan concurrida como esperábamos: uno de los traductores, el mismo que no se levantaba antes de las dos, se excusó por teléfono a las 16:00, con el popular y previsible pretexto de “tengo una entrega muy urgente que no he podido terminar”; por su parte, la traductora que me había intentado disuadir había decidido, evidentemente, privarnos de su “sinergia” y ni siquiera se había molestado en llamar para decir que no vendría. Casi me alegré, porque con una prima donna ya había suficiente: el revisor estrella, el de la nariz estirada, apenas si nos dejó hablar a los demás, interrumpiendo constantemente y dejando muy clarito lo que él pensaba de cómo había que gestionar un proyecto y que podíamos considerarnos muy afortunados por contar con su ayuda, que indudablemente nos salvaría el pellejo de la catástrofe que se nos avecinaba, por nuestra falta de profesionalidad. Para cuando llegó el último asistente rezagado, hacia las 17:30, el ambiente era tenso, yo no sabía dónde meterme y temía por la continuidad del proyecto. Anoté a hurtadillas que tenía que llamar al día siguiente a todos los colaboradores presentes, excepto al Vigía de Occidente, para quitar hierro al asunto.

Respiré tranquila cuando a las 18:30 dimos por terminada la reunión y pasamos a la sala contigua, donde Marta, Dios la bendiga, había dispuesto una ligera merienda traída de la pastelería-cafetería de la esquina. Mientras todos, sin excepción, se abalanzaban sobre las bandejas, como si no hubiesen comido en una semana, me retiré a un rincón, me apoyé ligeramente en la pared y bebí un sorbo de café, con los ojos entrecerrados. Me sacó de mi trance el insufrible revisor, que con una pasta de té en una mano y un canapé de salmón en la otra, se me había acercado sigilosamente y me decía al oído, en tono confidencial y señalando a uno de los famélicos traductores: “tch, tch... ¿Ves por qué te lo preguntaba por teléfono? Tenías que haberme dicho que Fernández estaba en el proyecto... Es un listillo que se cree que escribe bien; me cae tan mal, que siempre me niego a revisar sus textos...”

Me permitirán que no me extienda más. Acabo de llegar al despacho y tengo que llamar a Manu, el director de Traduable, para sugerirle que, en el futuro, no sea tan discreto.

Nota: las situaciones y personajes descritos en este artículo son pura ficción. Los nombres de personas o empresas son inventados. Cualquier parecido con la realidad, seguramente será una coincidencia.


La abogada del diablo, también conocida como Isabel Hoyos (contacto@isabelhoyos.com) es traductora autónoma desde 1990 y, al contrario de lo que pudiera parecer, no tiene una agencia de traducciones. Sus especialidades son la localización de programas de software la traducción de textos relacionados con la informática y la botánica, siendo esta su gran pasión. En sus ratos libres escribe artículos sobre botánica, cocina vegetariana, y otras hierbas