Aún cuando la televisión pueda servir
de mecanismo de unificación y didáctica de las lenguas,
resulta también un infortunado coladero de calcos del inglés,
de expresiones artificiales e incluso absurdas con las que nos
sentimos bombardeados cada día. Entre los años 1960
y 1975, los doblajes realizados en México, Puerto Rico
y Florida se convirtieron en una cantera de giros no existentes
en el español, como es el caso de «¡Déjame
sólo!» (Leave me alone), cuando en nuestro idioma
siempre se había dicho «¡Déjame en paz!».
Muchos de estos anglicismos, en ocasiones muy obvios,
pasaron desapercibidos para el ajustador y el director de doblaje,
e incluso para parte de la audiencia, que desde entonces ha asistido
de manera pasiva a un fenómeno lingüístico
sin precedentes. Una cantidad considerable de palabras se han
traducido de forma poco acertada y se escuchan a diario en los
medios de comunicación. Son expresiones a las que ya nos
hemos acostumbrado y que aceptamos sin escrúpulos. Afortunadamente,
algunos de estos giros no se han introducido en nuestra habla
cotidiana. Es decir, que no nos sorprende oírlos, pero
tenemos la suficiente conciencia lingüística como
para no utilizarlos. Esto ocurre principalmente en el lenguaje
vulgar o malsonante. Pongamos un ejemplo: imaginemos que nuestro
hijo regresa a casa a las cinco de la mañana cuando se
supone que había salido a tomar un helado a las siete de
la tarde. Lógicamente estamos preocupados, ansiosos y hasta
furiosos. Sinceramente: ¿cuántos de nosotros diríamos,
«¿dónde demonios has estado?»? En la
misma línea, ¿cuántos exclamaríamos
«¡diablos!» al recibir un martillazo en el pulgar?
Casi puedo permitirme el lujo de afirmar que la respuesta es un
cero rotundo. Sin embargo, estas interjecciones, calcadas del
inglés hell, se suceden día tras día en nuestro
televisor.
Ante esta coyuntura evidente, es labor de los traductores
asegurarse de que estos errores no se reproduzcan. De hecho, son
cada vez más los profesionales que huyen del conformismo
y rechazan la cómoda excusa de «es que la gente ya
está acostumbrada a oírlo». Estos traductores,
en un contexto como el expuesto en el primer ejemplo, sustituirían
«demonios» por los castizos «coño»
o «cojones», que resultarían más pertinentes.
Del mismo modo, en el segundo caso dirían «¡mierda!»
o «¡ay!», pero nunca «¡diablos!».
Creo que estamos de acuerdo en que las expresiones malsonantes
no deben usarse gratuitamente (salvo casos como South Park, pero
eso es otra historia), si bien tampoco pueden rechazarse cuando
proceda, esto es, cuando el contexto lo requiera. Si se trata
de crear un lenguaje creíble, seamos realistas y reconozcamos
que existen ocasiones (y no son tan pocas) en las que utilizamos
el lenguaje soez.
No obstante, todos sabemos que estas opciones, estas
traducciones acertadas, se ven la mayoría de las veces
frustradas por el responsable de la versión definitiva,
que suele defender las fórmulas absurdas del tipo «diablos»
o «recórcholis» (en serio, esto lo he oído
en alguna película). A los directores de marketing, que
tienen la última palabra, les interesa vender su producto
y consideran que la receta más prometedora es la que conjuga
tradicionalismo y puritanismo.
Por tanto, nos encontramos ante un círculo
vicioso en el que la televisión y el cine no reflejan fielmente
la manera como una comunidad utiliza su lengua. Pero esto no es
lo peor: el verdadero problema surge cuando ocurre justo lo contrario,
es decir, cuando los espectadores adoptan en su forma de hablar
diaria a estos monstruitos lingüísticos que escuchan
en los medios audiovisuales. En este sentido, las emisiones que
cuentan con niveles de audiencia desorbitados son fuentes importantes
de vocablos de calidad dudosa. Tal es el ejemplo clásico
del calco «nominar», que ha adquirido una nueva connotación
a raíz de su uso incorrecto en ciertos programas. Así,
se ha rizado el rizo hasta conseguir que algunos lo empleen con
los significados de «castigar» o «rechazar».
Este contexto, en el que la sociedad de masas está
al orden del día, nos lleva a un nuevo fenómeno:
Internet. Éste último constituye una enredadera
que trepa a una velocidad asombrosa, relegando a un segundo plano,
cuando no sustituyendo, al soporte papel. Desgraciadamente, se
trata ya de un campo prácticamente incontrolable. Todo
el mundo puede publicar material en Internet, por lo que es el
vehículo perfecto para la profusión de documentos
mal escritos: me resultaría imposible calcular el número
de faltas de ortografía y de redacción que detecto
cada día cuando navego por la red. Por otro lado, el uso
masivo del correo electrónico está trayendo como
resultado que ya casi nadie escriba las tildes. Impera la ley
del mínimo esfuerzo y a mucha gente ya no le daña
la vista leer, por poner un ejemplo, palabras esdrújulas
no acentuadas. Es como si se hubiera creado un virus informático-lingüístico,
y quizás tendríamos que comenzar a plantearnos si
no nos encontramos ante el nacimiento de un nuevo lenguaje, el
español de Internet... ¿Hasta dónde podrán
llegar sus efectos? ¿Llegarán a desaparecer por
completo las tildes?
Pero no todo es incontrolable en la red, ya que
también existen espacios destinados a difundir noticias,
artículos de actualidad, etc. Aún así, en
ocasiones he tenido que descartar material que había descargado
de páginas web para mis cursos de español, por ser
absolutamente ininteligible. El motivo era que se trataba de una
mala traducción. Recuerdo el ejemplo de una noticia sobre
París publicada en una página española, donde
aparecían párrafos completamente incomprensibles
y calcos espantosos del francés, tales como «montar
las escaleras» (monter les escaliers), cuando en España
siempre las subimos.
Son ya muchos los profesionales y estudiosos de
la traducción que debaten sobre la influencia que los medios
audiovisuales ejercen sobre el lenguaje. Los traductores debemos
luchar por ser escuchados, debemos reivindicar la calidad lingüística
y el cuidado estilístico que se exige en la traducción
literaria. No olvidemos que la traducción de productos
audiovisuales es uno de los campos del sector que genera un mayor
número de puestos de trabajo y que atrae a más público.
Aprovechemos este privilegio para hacer gala de nuestra profesión
de una forma digna. Inventemos un antivirus que desinfecte al
español de los extranjerismos y que nos permita utilizar
los medios de comunicación para explotar la riqueza de
nuestra lengua, no para mancharla con barbarismos.
BIBLIOGRAFÍA
Gómez Capuz, J. 2001, «Diseño de análisis
de la interferencia pragmática en la traducción
audiovisual del inglés al español», en Sanderson,
J. D. (ed.) 2001. ¡Doble o nada! Actas de las I y II jornadas
de doblaje y subtitulación. Alicante: Universidad de Alicante.
Ron Díaz, E. 2002. La traducción
audiovisual más soez: el doblaje de South Park. Trabajo
fin de carrera presentado en la Facultade de Filoloxía
e Traducción de la Universidade de Vigo.