Humanismo y traducción.
La historia de la traducción española
en el siglo XVI obedece a los deseos de reyes, nobles y clérigos,
aunque las universidades juegan un papel importante por el humanismo
que impera en sus aulas, a pesar de la censura, las persecuciones
y prohibiciones interpuestas por la Iglesia católica.
El humanismo renacentista tuvo tres zonas de intersección
cultural en las que los españoles traducen, parafrasean
o imitan en contacto con obras clásicas o románicas,
que son: la Biblia y los clásicos grecolatinos, las universidades
(studia humanitatis) y la poesía traducida o imitada
(Gutierre de Cetina, Baltasar del Alcázar, Fernando de
Herrera).
También necesitó en todo momento
de la traducción en su afán por volver a los autores
clásicos, ya que el castellano se afianzaba con solidez,
al igual que el resto de las lenguas románicas. Esto no
significa que todas las traducciones realizadas en el siglo XVI
lo fueran de textos clásicos, ya que las ideas procedentes
de Italia llegan a través de las traducciones de lenguas
vernáculas. Tampoco hay que olvidar las traducciones intrapeninsulares
castellano-catalán, catalán-castellano y portugués-castellano.
Ruiz Casanova propone una división de la
actividad traductora durante el siglo XVI en dos etapas: una hasta
1540 (Boscán, Erasmo, Vives) y otra desde 1540 hasta el
fin de siglo (Pedro Simón Abril, fray Luis de León,
el Brocense). Así tendríamos un primer tercio de
siglo continuador de la traducción prehumanista o latinizante
del siglo XV y un resto de siglo humanista propiamente dicho con
traducciones del griego y de lenguas vulgares, hasta entonces
consideradas “cosa baja”. En este contexto no es extraño
que autores como Cristóbal de Castillejo se opusieran al
modo italianizante de Garcilaso y Boscán y prefirieran
traducir autores clásicos como Ovidio (Polifemo, Acteón,
Píramo y Tisbe) o Cicerón (De senectute,
De amicitia).
Juan de Valdés, autor del Diálogo
de la lengua, veía las traducciones como un peligro para
las lenguas vernáculas, ya que la falta de modelos o autoridades
inducía a los traductores a la literariedad más
ilegible, hasta el punto de que quienes podían leer en
latín no utilizaban las traducciones castellanas. No obstante,
el propio Valdés ejerció de traductor bíblico
(las cartas de San Pablo a los Romanos y a los Corintios)
inédito hasta su muerte.
El 14 de octubre de 1499, había aparecido
el primer libro traducido impreso en Navarra, la Doctrina
o Enseñamiento de religiosos, traducido por un
fraile de San Jerónimo que no firmó la traducción,
pero que explica en el prólogo que la traducción
se hizo por orden de sus superiores con el fin de que los frailes
que no sabían latín pudieran acceder a la santa
doctrina que contiene el original latino De eruditione Religiosorum.
Juan Boscán tradujo El Cortesano
de Castiglione y comenzó a sentar las bases de la prosa
castellana. Esta versión se reeditó en los siglos
posteriores, incluido el XX, y buena parte de los investigadores
considera que enlaza con los trabajos alfonsíes de la Escuela
de Toledo en contra de los traductores latinizantes de los que
se quejaba Valdés.
A todo esto se une al apoyo político que
recibe el castellano desde tiempo atrás, la expansión
hacia América, la llegada de manuscritos griegos a Italia
que luego son traducidos al castellano y el auge de la producción
de libros que trajo la imprenta, tanto originales como traducciones,
entre los que se cuentan las obra de Erasmo de Rotterdam, que
tan pronto como son traducidas al castellano pasan a engrosar
el Índice de libros prohibidos, no así
las versiones en inglés, checo, alemán y holandés
que circularon fluidamente por Europa durante la primera mitad
del siglo XVI.
Destacable por su influencia en España es
Francesco Petrarca (1304-1374), ejemplo claro de los contactos
e influencias entre las lenguas castellana e italiana durante
el siglo XVI. Del poeta de Arezzo se tradujeron tres
obras: De remediis utriusque fortunae, los Trionfi
y el Canzoniere. De los remedios se imprime por vez primera
en castellano en 1510, traducida por Francisco de Madrid, y se
reimprime en 1513, 1518, 1523, 1524 y 1534, las dos últimas
veces sin citar al traductor.
Pedro Simón Abril cumple el papel de traductor
de obras importantes, como la Ética de Aristóteles
desde el griego, y al mismo tiempo ejerce de teórico de
la traducción difundiendo su propio método de enseñanza
de las lenguas clásicas, así como varios manuales
y gramáticas. Algo similar ocurre con Luis Vives, uno de
los precursores de la teoría moderna de la traducción
en España, que define la traducción como a lingua
in linguam verborum traductio sensu servato (un trasvase
de palabras de una lengua a otra, conservándose el sentido).
Destaca también en esta época la
labor del cardenal Cisneros como impulsor del estudio de las lenguas
clásicas y orientales en la Universidad de Alcalá,
donde gozaban de una protección especial en el reglamento
interno de la institución, sin la que no se entiende el
proyecto de la Biblia Políglota (1514-1417) en
el que participaron expertos en griego, hebreo y caldeo. La obra
se empezó a comercializar en seis volúmenes en 1522
y la impresión corrió a cargo de Arnao Guillén
de Brocar.
En 1543, Francisco de Enzinas publica en Amberes
su Nuevo Testamento traduzido del Griego a la Lengua Castellana.
Dedicado al Emperador Carlos V. Como parece que sigue
la versión latina de Erasmo, el libro acaba siendo prohibido
y retirado de la circulación en España.
Fray Luis de León traduce y comenta el Cantar
de los Cantares entre 1560 y 1561, el Libro de Job,
los Salmos, obras de Horacio y Virgilio, siempre con
el convencimiento de que el castellano recibe bien todo lo que
a él se vierta, por lo que los traductores deben evitar
que sus versiones parezcan “estranjeras y advenediças”.
Incluso diseña su propia teoría de la traducción
basada en cinco principios: fidelidad a la palabra, al sentido,
al estilo, dificultad y finalidad de la traducción.
Otro de los traductores perseguido por el Santo
Oficio fue Francisco Sánchez de las Brozas, el Brocense,
sobre todo por poner en duda la calidad del latín utilizado
en algunas traducciones de la Biblia. Entre los autores que tradujo
se hallan Epicteto, Virgilio, Horario, Petrarca o Veniero.
A partir de 1580 Portugal pierde su independencia
y el castellano es la lengua peninsular por antonomasia, al mismo
tiempo que se extiende por América en contacto con las
lenguas indígenas desde los viajes de Colón, si
bien los españoles no tradujeron las lenguas indígenas
al castellano, sino el castellano a las lenguas indígenas,
ya que los intérpretes que acompañaban a Colón
dominaban el latín, el griego, el árabe y el arameo,
pero desconocían palabras indígenas como canoa,
hamaca, cacique, o tiburón.
De América vino incluso un traductor, el
Inca Garcilaso de la Vega (Gómez Suárez de Figueroa),
que pasó a la historia de la traducción por su versión
del italiano al castellano de los Diálogos de amor
de León Hebreo, dedicada al rey Felipe II.
EL PERSONAJE: Fray
Luis de León (1528-1591)
Fray Luis de León nació en Belmonte
(Cuenca). Era hijo del abogado y consejero áulico Lope
de León y de Inés Varela. Su familia se traslada
pronto a Madrid y él con catorce años se marcha
a estudiar a Salamanca. Ingresa en los agustinos el 29 de enero
de 1544. Estudia con fray Juan de Guevara filosofía y con
Melchor Cano teología. La exégesis bíblica
se la dirigió Cipriano de la Herga. Bachiller en Toledo
y doctor en Teología por la Universidad de Salamanca. Tras
sus años de formación empieza a ganar cátedras
a los dominicos que competían con él. Primero una
de Biblia, luego la de Santo Tomás y después la
de presidio. Desde el 27 de marzo de 1572 hasta el 7 de diciembre
de 1576, fray Luis estuvo en la cárcel por criticar la
Vulgata.
¿Criticar una traducción es motivo
suficiente para llevar a un catedrático a la cárcel?
La razón de que se le abriera un proceso inquisitorial
reside en la defensa que fray Luis hacía del texto hebreo
del Antiguo Testamento frente a las versiones latinas de la Vulgata,
hecho que le acarreó bastantes problemas y que sus enemigos
relacionaron pronto con algunos parentescos judíos en la
familia de su madre. También se le acusó de haber
traducido al castellano el Cantar de los Cantares, obviando
la prohibición del Concilio de Trento de traducir textos
sagrados a una lengua vulgar.
Fray Luis tradujo el Cantar de los Cantares
con carácter privado para satisfacer a su prima, Isabel
de Osorio, que era monja en el convento del Sancti Spiritus
de Salamanca y que no sabía latín para leer la Vulgata.
Como fray Luis conocía las ordenanzas del Concilio de Trento
y de la Inquisición española sobre traducción
de libros sagrados, guardó el manuscrito a buen recaudo,
pero un criado del convento de su prima consiguió una copia
que se difundió sin su conocimiento y que sirvió
a sus enemigos para enviarlo unos años a la cárcel.
En el fondo del asunto lo que había era
una lucha entre agustinos y dominicos, amparada por un celo inquisitorial
impropio de una mentalidad renacentista. Una vez cumplida la pena,
volvió a la carrera de las cátedras para ganar esta
vez la de Filosofía Moral, después otra vez la de
Biblia... Una vez incorporado a la cátedra de Teología
Eclesiástica, fray Luis empezó su primera clase
diciendo: Decíamos ayer... Y murió siendo
Provincial de su Orden en Madrigal. Sus restos reposan en la Capilla
de la Universidad de Salamanca.