Especial conferencia de la ATA
>> Sergio Viaggio, Susan Murphy y Blanca Rodríguez
Entrevista a una traductora novel
>> M. Barbero
¿Y si viene comida de casa?
>> Juan José Arevalillo
Regionalismos, dialectos y ganas de entenderse
>> Miguel Turrión
La abogada del diablo
>> Isabel Hoyos
¿Pero qué demonios dice aquí?
>> Elena Ron
Más sobre la enseñanza de la Traducción e Interpretación en España
>> Susana Cruces
Dos notas sobre la traducción poética
>> Sergio Viaggio
Editorial
Historia de la traducción
>> Alberto Ballestero
De buen rollo
>> Álex Kramer 
Herramientas para traductores
>> Sergi Álvarez y Ramón Ordax
Reseñas
>> Fer Vidal
Sección bibliográfica
>> Fer Vidal y Pilar Saslow
Escríbenos
Suscripciones
Colaboradores

 

Página albergada gratuítamente por


RED ESPAÑOLA DE I+D

 


TRADUCCIÓN EN ESPAÑA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     REVISTA DE TRADUCCIÓN
Número 4 - Diciembre 2002 - ISSN 1579-5314     
   
Historia de la traducción
                        >> Alberto Ballestero


Humanismo y traducción.

La historia de la traducción española en el siglo XVI obedece a los deseos de reyes, nobles y clérigos, aunque las universidades juegan un papel importante por el humanismo que impera en sus aulas, a pesar de la censura, las persecuciones y prohibiciones interpuestas por la Iglesia católica.

El humanismo renacentista tuvo tres zonas de intersección cultural en las que los españoles traducen, parafrasean o imitan en contacto con obras clásicas o románicas, que son: la Biblia y los clásicos grecolatinos, las universidades (studia humanitatis) y la poesía traducida o imitada (Gutierre de Cetina, Baltasar del Alcázar, Fernando de Herrera).

También necesitó en todo momento de la traducción en su afán por volver a los autores clásicos, ya que el castellano se afianzaba con solidez, al igual que el resto de las lenguas románicas. Esto no significa que todas las traducciones realizadas en el siglo XVI lo fueran de textos clásicos, ya que las ideas procedentes de Italia llegan a través de las traducciones de lenguas vernáculas. Tampoco hay que olvidar las traducciones intrapeninsulares castellano-catalán, catalán-castellano y portugués-castellano.

Ruiz Casanova propone una división de la actividad traductora durante el siglo XVI en dos etapas: una hasta 1540 (Boscán, Erasmo, Vives) y otra desde 1540 hasta el fin de siglo (Pedro Simón Abril, fray Luis de León, el Brocense). Así tendríamos un primer tercio de siglo continuador de la traducción prehumanista o latinizante del siglo XV y un resto de siglo humanista propiamente dicho con traducciones del griego y de lenguas vulgares, hasta entonces consideradas “cosa baja”. En este contexto no es extraño que autores como Cristóbal de Castillejo se opusieran al modo italianizante de Garcilaso y Boscán y prefirieran traducir autores clásicos como Ovidio (Polifemo, Acteón, Píramo y Tisbe) o Cicerón (De senectute, De amicitia).

Juan de Valdés, autor del Diálogo de la lengua, veía las traducciones como un peligro para las lenguas vernáculas, ya que la falta de modelos o autoridades inducía a los traductores a la literariedad más ilegible, hasta el punto de que quienes podían leer en latín no utilizaban las traducciones castellanas. No obstante, el propio Valdés ejerció de traductor bíblico (las cartas de San Pablo a los Romanos y a los Corintios) inédito hasta su muerte.

El 14 de octubre de 1499, había aparecido el primer libro traducido impreso en Navarra, la Doctrina o Enseñamiento de religiosos, traducido por un fraile de San Jerónimo que no firmó la traducción, pero que explica en el prólogo que la traducción se hizo por orden de sus superiores con el fin de que los frailes que no sabían latín pudieran acceder a la santa doctrina que contiene el original latino De eruditione Religiosorum.

Juan Boscán tradujo El Cortesano de Castiglione y comenzó a sentar las bases de la prosa castellana. Esta versión se reeditó en los siglos posteriores, incluido el XX, y buena parte de los investigadores considera que enlaza con los trabajos alfonsíes de la Escuela de Toledo en contra de los traductores latinizantes de los que se quejaba Valdés.

A todo esto se une al apoyo político que recibe el castellano desde tiempo atrás, la expansión hacia América, la llegada de manuscritos griegos a Italia que luego son traducidos al castellano y el auge de la producción de libros que trajo la imprenta, tanto originales como traducciones, entre los que se cuentan las obra de Erasmo de Rotterdam, que tan pronto como son traducidas al castellano pasan a engrosar el Índice de libros prohibidos, no así las versiones en inglés, checo, alemán y holandés que circularon fluidamente por Europa durante la primera mitad del siglo XVI.

Destacable por su influencia en España es Francesco Petrarca (1304-1374), ejemplo claro de los contactos e influencias entre las lenguas castellana e italiana durante el siglo XVI. Del poeta de Arezzo se tradujeron tres obras: De remediis utriusque fortunae, los Trionfi y el Canzoniere. De los remedios se imprime por vez primera en castellano en 1510, traducida por Francisco de Madrid, y se reimprime en 1513, 1518, 1523, 1524 y 1534, las dos últimas veces sin citar al traductor.

Pedro Simón Abril cumple el papel de traductor de obras importantes, como la Ética de Aristóteles desde el griego, y al mismo tiempo ejerce de teórico de la traducción difundiendo su propio método de enseñanza de las lenguas clásicas, así como varios manuales y gramáticas. Algo similar ocurre con Luis Vives, uno de los precursores de la teoría moderna de la traducción en España, que define la traducción como a lingua in linguam verborum traductio sensu servato (un trasvase de palabras de una lengua a otra, conservándose el sentido).

Destaca también en esta época la labor del cardenal Cisneros como impulsor del estudio de las lenguas clásicas y orientales en la Universidad de Alcalá, donde gozaban de una protección especial en el reglamento interno de la institución, sin la que no se entiende el proyecto de la Biblia Políglota (1514-1417) en el que participaron expertos en griego, hebreo y caldeo. La obra se empezó a comercializar en seis volúmenes en 1522 y la impresión corrió a cargo de Arnao Guillén de Brocar.

En 1543, Francisco de Enzinas publica en Amberes su Nuevo Testamento traduzido del Griego a la Lengua Castellana. Dedicado al Emperador Carlos V. Como parece que sigue la versión latina de Erasmo, el libro acaba siendo prohibido y retirado de la circulación en España.

Fray Luis de León traduce y comenta el Cantar de los Cantares entre 1560 y 1561, el Libro de Job, los Salmos, obras de Horacio y Virgilio, siempre con el convencimiento de que el castellano recibe bien todo lo que a él se vierta, por lo que los traductores deben evitar que sus versiones parezcan “estranjeras y advenediças”. Incluso diseña su propia teoría de la traducción basada en cinco principios: fidelidad a la palabra, al sentido, al estilo, dificultad y finalidad de la traducción.

Otro de los traductores perseguido por el Santo Oficio fue Francisco Sánchez de las Brozas, el Brocense, sobre todo por poner en duda la calidad del latín utilizado en algunas traducciones de la Biblia. Entre los autores que tradujo se hallan Epicteto, Virgilio, Horario, Petrarca o Veniero.

A partir de 1580 Portugal pierde su independencia y el castellano es la lengua peninsular por antonomasia, al mismo tiempo que se extiende por América en contacto con las lenguas indígenas desde los viajes de Colón, si bien los españoles no tradujeron las lenguas indígenas al castellano, sino el castellano a las lenguas indígenas, ya que los intérpretes que acompañaban a Colón dominaban el latín, el griego, el árabe y el arameo, pero desconocían palabras indígenas como canoa, hamaca, cacique, o tiburón.

De América vino incluso un traductor, el Inca Garcilaso de la Vega (Gómez Suárez de Figueroa), que pasó a la historia de la traducción por su versión del italiano al castellano de los Diálogos de amor de León Hebreo, dedicada al rey Felipe II.

EL PERSONAJE: Fray Luis de León (1528-1591)

Fray Luis de León

Fray Luis de León nació en Belmonte (Cuenca). Era hijo del abogado y consejero áulico Lope de León y de Inés Varela. Su familia se traslada pronto a Madrid y él con catorce años se marcha a estudiar a Salamanca. Ingresa en los agustinos el 29 de enero de 1544. Estudia con fray Juan de Guevara filosofía y con Melchor Cano teología. La exégesis bíblica se la dirigió Cipriano de la Herga. Bachiller en Toledo y doctor en Teología por la Universidad de Salamanca. Tras sus años de formación empieza a ganar cátedras a los dominicos que competían con él. Primero una de Biblia, luego la de Santo Tomás y después la de presidio. Desde el 27 de marzo de 1572 hasta el 7 de diciembre de 1576, fray Luis estuvo en la cárcel por criticar la Vulgata.

¿Criticar una traducción es motivo suficiente para llevar a un catedrático a la cárcel? La razón de que se le abriera un proceso inquisitorial reside en la defensa que fray Luis hacía del texto hebreo del Antiguo Testamento frente a las versiones latinas de la Vulgata, hecho que le acarreó bastantes problemas y que sus enemigos relacionaron pronto con algunos parentescos judíos en la familia de su madre. También se le acusó de haber traducido al castellano el Cantar de los Cantares, obviando la prohibición del Concilio de Trento de traducir textos sagrados a una lengua vulgar.

Fray Luis tradujo el Cantar de los Cantares con carácter privado para satisfacer a su prima, Isabel de Osorio, que era monja en el convento del Sancti Spiritus de Salamanca y que no sabía latín para leer la Vulgata. Como fray Luis conocía las ordenanzas del Concilio de Trento y de la Inquisición española sobre traducción de libros sagrados, guardó el manuscrito a buen recaudo, pero un criado del convento de su prima consiguió una copia que se difundió sin su conocimiento y que sirvió a sus enemigos para enviarlo unos años a la cárcel.

En el fondo del asunto lo que había era una lucha entre agustinos y dominicos, amparada por un celo inquisitorial impropio de una mentalidad renacentista. Una vez cumplida la pena, volvió a la carrera de las cátedras para ganar esta vez la de Filosofía Moral, después otra vez la de Biblia... Una vez incorporado a la cátedra de Teología Eclesiástica, fray Luis empezó su primera clase diciendo: Decíamos ayer... Y murió siendo Provincial de su Orden en Madrigal. Sus restos reposan en la Capilla de la Universidad de Salamanca.

Bibliografía

Ballestero Izquierdo, Alberto: Diccionario de traducción. Traducciones y traductores en Navarra (Siglos XV-XIX), Pamplona: Eunate, 1998, 190 págs.

Cerrillo, Pedro: “Fray Luis de León” en Olcades, nos 1 y 2. http://perso.wanadoo.es/belmonte/frayluis.htm

Ruiz Casanova, José Francisco: Aproximación a una historia de la traducción en España, Madrid: Cátedra, 2000, 535 págs.

Torre, Esteban: Teoría de la traducción literaria, Madrid: Síntesis, 1994, 254 págs.