En mi ya largo recorrido por nuestro querido mundo de la traducción,
me ha tocado ver un poco de todo. Pero hará unos dos años
tuvimos en nuestra empresa un «encuentro en la tercera fase»
con uno de esos clientes potenciales... Estoy seguro de que a
muchos os recordará situaciones rocambolescas parecidas
que hayáis podido experimentar. Por otro lado, es una muestra
muy significativa de lo que piensan muchos clientes de nuestra
profesión: que es algo que puede hacer cualquiera y que
no requiere ninguna cualificación especial.
Para situarnos en el contexto y para que cada lector
pueda escenificar mentalmente todo el proceso, imaginad una llamada,
en apariencia inocente, de un posible cliente que desea solicitar
un servicio, aunque no tenga muy claro cuál... No voy a
mencionar la provincia desde la que llamaba para no herir susceptibilidades;
su acento era muy artificial, con la voz muy engolada y con unas
eses sibilantes en extremo y muy arrastradas. En la llamada intervinimos
dos personas: en mi recreación aparecerá «Hermes»
de modo genérico, porque parte de la conversación
se repitió durante ambas intervenciones, por lo que he
refundido todo en un solo flujo de conversación. Por desgracia,
no recuerdo el nombre de la empresa ni de la persona de contacto
en cuestión; si bien tengo fresco en la memoria todo el
proceso. Más o menos, el siguiente:
Hermes: ¡Hermes Traducciones!
¡Dígame!
Cliente: ¡Buenos días!
Los llamo porque necesito unos servicios de traducción.
Es algo que normalmente hago yo sin problemas, pero ando muy liado
y no voy a poder.
Hermes: Sí, por supuesto.
Dígame cuáles son sus necesidades y le facilitaremos
toda la información que precise. En primer lugar, ¿podría
decirme en qué idioma está el texto original y a
cuál hay que traducirlo?
Cliente: No, no se trata de ningún
papel. Necesitamos a alguien que vaya a unas instalaciones de
fabricación para traducir todo lo que diga un francés
que nos va a visitar al español. Nada complicado.
Hermes: Entonces, creo que lo que
precisan no es un traductor, sino un intérprete.
Cliente: Bueno, es lo mismo, ¿no?
Hermes: No exactamente. Por traducción,
nos referimos a textos escritos...
Cliente: Me da igual. ¿Pueden
enviarnos al traductor?
Hermes: ¿Cuántos
días lo necesitarían y cuántas horas cada
día?
Cliente: Sería para la semana
que viene, aunque no sabemos el día. De todos modos, eso
no creo que importe mucho. Y las horas, pues... a ratos.
Hermes: Bueno... necesitamos saber
el día para reservar al intérprete y no asignarle
ningún otro servicio. Por eso, les agradeceríamos
que nos hicieran saber el día con la mayor brevedad posible
para una mejor planificación y para que no hubiera ningún
problema. En cuanto a lo de «a ratos», ¿se
refiere a media jornada o a jornada completa?
Cliente: No, no. A ratos. Pues
que a lo mejor tiene que hablar una hora, estar otra sin hacer
nada, volver a hablar, y así... Es que, verá, los
empleados de la fábrica no saben francés, y el traductor
sólo tendrá que traducir cosas como –gritando–
«Manolo, dame el destornillador».
Hermes: Ya, pero, en cualquier
caso, debe pagar su permanencia allí, independientemente
de que interprete o no. Tenga en cuenta que el mero hecho de desplazar
allí a una persona de nuestra plantilla supone que deje
de hacer otras tareas que, en otro caso, desarrollaría
en nuestras oficinas.
Cliente: Pero no veo por qué
voy a tener que pagar por el tiempo en que no haga nada. Es más,
puede llevarse lectura, y así todo solucionado.
Hermes: No entiendo –aunque
en realidad sí lo entendía–.
Cliente: Está claro. Mientras
no trabaja, puede leer, y así no pierde el tiempo.
Hermes: En cualquier caso, deberá
pagar toda la permanencia del intérprete allí, bien
como media jornada o como jornada completa. Es más, en
circunstancias normales deberían ser dos intérpretes
si el servicio fuese continuado para respetar sus turnos de interpretación.
Y, obviamente, hay que pagar a los dos.
Cliente: ¿Qué me
dice usted? ¿Y cuál es el precio por día?
Hermes: El precio por media jornada
es de XXXXX pesetas; y por jornada completa, XXXXX pesetas.
Cliente: Eso es una barbaridad.
Están locos.
Hermes: Puede solicitar más
presupuestos y comprobará que es un precio absolutamente
dentro del mercado. De hecho, no le vamos a enviar a la primera
persona que encontremos, sino a una licenciada en Traducción
e Interpretación de nuestra plantilla, que ha dedicado
cuatro años de su vida a prepararse para tales casos y
que domina a la perfección la combinación de idiomas
que precisa.
Cliente: ¡Anda, si hay una
carrera y todo!
Hermes: Le reitero que es una carrera
de cuatro años y una profesión que no puede desempeñar
el primero que llega, aunque sí es verdad que hay muchos
advenedizos que falsean nuestro mercado y que actúan con
plena irresponsabilidad.
Cliente: Pero, vamos a ver, yo
he estudiado en el Liceo Francés y domino perfectamente
el francés, y es una cosa que podría hacer yo mismo
sin problemas. Vamos, que no me hace falta ninguna carrera de
esas.
Hermes (intentando cambiar de tercio):
Y no lo dudamos; pero el precio de nuestros servicios es el que
le he mencionado y no lo vamos a cambiar. Es más, habrá
que añadir los desplazamientos, las comidas y el alojamiento,
si fuera preciso.
Cliente: ¿Y si la traductora
viene comida de casa?
Hermes: Supongo que está
bromeando...
A partir de aquí, el posible cliente empieza
a vociferar, aunque los interlocutores de Hermes no pierden la
compostura... todavía (aunque la procesión va por
dentro), y probablemente eso le molesta, ya que parece tener ganas
de bronca.
Cliente: Hablo absolutamente en
serio. Puede venir después de comer y así nos lo
ahorramos.
Hermes: Las cosas son como son,
y las condiciones ya las conoce. Por cierto, comentaba que el
intérprete podría llevarse algo de lectura. ¿Le
parece bien Mortadelo y Filemón? Aunque como se trata del
idioma francés, quedaría mejor llevar algo de Astérix,
¿no cree? O a lo mejor podemos llevar algo más culto:
Kirkegaard o, mejor, Sartre, por ejemplo.
Cliente: Oiga les estoy hablando
muy en serio.
Hermes: No lo dudo; y nosotros
también. Sencillamente queremos que vea que tenemos en
cuenta sus sugerencias...
Cliente: Me están dando
pie a que llame a otra agencia.
Hermes: El mercado es libre. Pero
si llama a una empresa medianamente seria, es más que probable
que le digan lo mismo, y quizás con menos paciencia...
Cliente: Además, no sé
ni por qué los he llamado. Ya les he dicho que hablo perfectamente
francés y que podría hacerlo yo mismo, sin ayuda
de nadie y...
Hermes: Fíjese, eso mismo
estábamos pensando. Si lo habla tan bien, ¿por qué
nos llama a nosotros o nos amenaza con probar con otros? A lo
mejor es que realmente necesita ayuda.
Cliente: Para nada. No la necesito
para nada.
Hermes: Pues, ánimo y a
interpretar...
Acto seguido, cuelgo el teléfono con ganas.
Fue la primera vez en mi vida en que le colgué el teléfono
a alguien y no tuve ni atisbos de remordimiento; todo lo contrario,
dormí como nunca con la satisfacción del deber cumplido.
Supongo que ese posible cliente pensaría que había
dado con la empresa de traducciones más borde de España.
Ni me preocupó ni me preocupa un ápice. Con toda
probabilidad el sentimiento era mutuo. Además, a saber
lo que le dijeron en otros lados... A lo mejor se lo dijeron en
francés... y lo entendió.
Juan José Arevalillo (Juanjo.arevalillo@hermestrans.com)
lleva 20 años en el mundo de la traducción. Es
licenciado en Filología Inglesa por la UCM y máster
en Traducción Superior Especializada por el Instituto
de Lenguas Modernas y Traductores de la UCM. Actualmenete dirige
Hermes Traducciones y Servicios Lingüísticos, S.L.
y es integrante del comité español para la elaboración
de la norma europea de calidad para servicios de traducción.
Además, es miembro de LISA, GALA, ATT y ACT y profesor
en cursos de posgrado sobre tradumática y localización.