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Buena
parte del actual alumnado sólo tiene interés
en aprender dos lenguas |
Perfil del
alumnado
Mucho me temo que una buena parte del actual alumnado
que viene a nuestras facultades lo hace movido por el simple interés
de aprender dos lenguas, o simplemente porque «el inglés
se le da muy bien» (lo que ya no siempre se le da tan bien
es su propia lengua materna). Si se tiene en cuenta que la enseñanza
de la primera lengua extranjera (en realidad habría que
decir del inglés) en bachillerato es deficiente y la de
una segunda lengua pura ficción1,
podemos entender lo que sucede. Existe demanda para el aprendizaje
de lenguas extranjeras, pero desvinculadas de los aspectos aparentemente
menos “atractivos” o “prácticos”
como su literatura, historia, etc. que sí incluyen las
filologías. Este alumnado “prestado” piensa
que le será fácil conseguir trabajo al terminar
sus estudios, y de hecho muchos de ellos se encuentran en puestos
que poca relación tiene con la traducción e interpretación,
pero sí con las lenguas. Las encuestas que realizo desde
hace varios años a los alumnos de primer curso así
lo confirman, pues muestran un enorme desconocimiento de la finalidad
de la titulación y de sus principales salidas profesionales.
Hay por lo tanto un nicho de formación (algo
semejante a lenguas aplicadas) que está cubriendo la licenciatura
de T&I. El resultado es que parte del alumnado no está
ni mínimamente interesado en ejercer alguna vez la profesión
de mediador lingüístico, y sí en presentarse
a oposiciones de enseñanzas medias. Nada que objetar. Pero
como esta formación no responde a sus expectativas, se
acaban por generar en el alumnado sentimientos de frustración
que se traducen en abandono precoz de los estudios, desmotivación
y fracaso escolar.
Para evitar estas situaciones, la solución
más obvia pasa por proporcionar información completa
y veraz a los estudiantes de bachillerato. Por desgracia, mi experiencia
muestra que esta información, ya sea dada de forma directa
o indirecta a dichos estudiantes, es insuficiente. Pesan más
los lugares comunes y a priori sobre lo que es un traductor
que la simple realidad circundante. Es preferible desengañar
al alumnado desde el primer momento, que mantenerlo desmotivado
durante varios años.
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Libros es lo
único que parece creer la administración que
necesitan los estudiantes de humanidades. |
Considero además que el acceso a segundo
ciclo está totalmente desaprovechado por parte de las facultades.
Este alumnado suele tener mayor madurez personal, lo que incide
positivamente en su trabajo y rendimiento académico. Si
a ello se sumase el que procediesen de ámbito diferente
al de las lenguas, como el jurídico o técnico, se
facilitaría la formación en las distintas especializaciones.
El hecho es que la mayoría proceden de estudios de letras
“clásicos”, por lo que se debe hacer un esfuerzo
informativo y de propaganda para captar este alumnado.
Insuficiencia
crónica de medios
Los medios materiales y humanos con los que cuenta
la universidad pública, aunque hayan aumentado y mejorado,
siguen siendo insuficientes. A veces da la sensación de
que hay que insistir una y otra vez en que hoy en día nadie
traduce a lápiz y papel.
Creo que tampoco está de más recordar
que según el último informe de la OCDE, España
gasta 40% menos que el resto la Europa Comunitaria en enseñanza
universitaria. El resultado:
- Las clases prácticas, especialmente las
de materias de traducción suelen ser demasiado numerosas,
lo que redunda en un insuficiente seguimiento del alumnado, cuyo
aprendizaje no es de tipo nocional, sino instrumental o de un
savoir faire. Aunque desde hace pocos años se
constata una disminución del número de alumnos,
esto se percibe desde las administraciones no como una ventaja
competitiva de la universidad, sino todo lo contrario, como un
desaprovechamiento de recursos. Parece que aún impera el
modelo de universidad de clases masificadas en los años
70 y 80. La rentabilidad del profesorado no se debe medir según
el número de alumnos de los que se ocupa, sino según
lo individualizado de su atención.
- La introducción de las nuevas tecnologías
de la información y de la comunicación en las aulas
está todavía por debajo de lo deseable. Esto es
debido a lo reducido de las dotaciones económicas para
estudios que se consideran de humanidades y a los que les bastan
los libros como herramienta de aprendizaje. Aunque el número
de alumnos por ordenador en España se encuentra ligeramente
por encima de la media de la UE, seguimos a la cola en el número
de ordenadores que se dedican en cada centro a usos educativos
(Fuente: www.eurydice.org).
Además en la mayoría de las facultades de T&I
no existe personal especializado en su mantenimiento, por lo que
el profesorado suple con buena voluntad la carencia de dichos
técnicos a quienes en realidad no puede ni debe remplazar.
La formación de formadores y la formación
permanente del profesorado no se encuentra suficientemente atendida.
Las razones no hay que buscarlas en la supuesta tradicional desidia
del profesorado universitario, y no digamos ya si es funcionario.
Su origen se encuentra en la propia concepción de la carrera
docente.
Así, la universidad española premia
la investigación y deja en un plano muy secundario la labor
docente, carente de reconocimiento económico, y casi diríamos
que académico. Se da por hecho que quien sabe investigar
está capacitado para la docencia. Por ejemplo, el profesorado
en formación lo es porque se encuentra en la fase de aprendizaje
de investigación mientras elabora su tesis doctoral, y
deja de estarlo cuando la defiende. Por otra parte, los profesionales
de la traducción -que aportan su experiencia y
son el necesario puente entre el mundo universitario y profesional-
por el hecho de serlo, no están necesariamente mejor capacitados
para la docencia. En resumidas cuentas, la universidad no ofrece
formación específica a quien está en formación
o a quien se incorpora a la docencia. Es el profesorado quien
motu proprio busca cursos, seminarios y formación
adecuada a sus necesidades, la mayoría de las veces a expensas
de su propio bolsillo. Faltan medios, tiempo e incentivos.
Por otra parte, los modelos actuales de contratación
se revelan excesivamente rígidos, privilegiando en la mayoría
de los casos la valía académica e investigadora,
la docencia incluso no universitaria, pero no tanto la experiencia
profesional (incluso aunque se trate de profesores asociados).
De ahí la dificultad para encontrar profesorado que reúna
todos estos requisitos.
Reconocimiento
social de la traducción
Este es el aspecto en el que menos se ha avanzado
y tal vez donde las facultades de T&I deberían hacer
más trabajo de promoción de sus licenciados y futuros
licenciados. Aunque esta sea una de las profesiones más
antiguas, sigue careciendo del justo reconocimiento y prestigio
social. Pesan todavía lugares comunes sobre esta actividad,
influidos sin la menor duda por el derecho que cualquier hablante
se arroga para opinar sobre algo que usa, la lengua, pero de lo
que no es ni mucho menos especialista. Por ejemplo, ¿se
discutirían conocimientos, experiencia y honorarios a profesionales
del campo de la mecánica del automóvil o de la abogacía?
Esto no sería probablemente así si se tratase si
se tratase de materias de ciencias, absolutamente mitificadas
en estos tiempos de tecnopapanatismo.
Creo que ha llegado también el momento de
hacer un esfuerzo por la regulación de la profesión.
Los actuales licenciados y traductores veteranos deberían
asumir esta responsabilidad, puesto que existe ya una “masa
crítica” considerable con capacidad de movilización,
y son ellos los primeros interesados. Si hay tarta a repartir,
más vale hacerlo en beneficio de todos, y no sólo
pensando en cuánto más nos va a tocar. Quisiera
recordar además que en virtud del Tratado de Maastricht
y del Acta única Europea se consagra el mercado único
y la libre circulación en la UE de bienes, personas y capitales,
motivo por el cual no se pueden imponer ni pactar tarifas, aunque
sean mínimas. Ello no quita que estas se puedan recomendar,
al igual que sucede en otros colegios profesionales, como garantía
de prestaciones lingüísticas de calidad y para evitar
la competencia desleal. Si cuando se consumen ciertos productos
todo el mundo está de acuerdo en que lo bueno hay que pagarlo,
¿por qué no sucede igual cuando se trata de la traducción
y la interpretación?
Acercamiento
del mercado a los estudios de traducción
Entiendo que profesionalizar una formación
como la nuestra implica que la enseñanza de la T&I
tiene que reproducir en la medida de lo posible las condiciones
reales de trabajo de los futuros licenciados. Para ello se deberían
traducir/interpretar encargos reales, se deberían utilizar
las herramientas electrónicas de documentación,
edición, transmisión de datos, etc. Y de hecho esto
es lo que sucede ya en la mayoría de las Facultades de
T&I, incluso en las más jóvenes como la mía.
Pero ello no puede significar que estos encargos se entreguen
sin más al alumnado. Todo aprendizaje es lento en los comienzos,
y precisa de unos objetivos, y una progresión de tareas
si pretende ser eficaz.
Profesionalizar significa también enseñar
a gestionar la profesión. Lo que es lo mismo: inserción
profesional, autoempleo, fiscalidad, elaboración de CV,
tarifas y presupuestos, etc. En la mayoría de las facultades
de T&I están ausentes de los planes de estudio esta
clase de materias específicas, si bien son suplidas en
parte por la buena voluntad de algún profesorado, bien
mediante tutorías, incluyéndolas como parte de sus
clases en el último año, u organizando conferencias,
cursos, mesas redondas, que por desgracia no son gratuitas: el
tiempo de los profesionales hay que pagarlo, aunque lo hagan muchas
veces gratis. Las asociaciones de antiguos licenciados podrían
contribuir al acercamiento entre profesión y alumnado con
un pie ya en el mercado laboral, y a menudo desorientado sobre
“por donde y cómo conseguir su primer encargo”.
Sin embargo profesionalizar no significa formar
licenciados a la medida exacta de cada una y todas las empresas
en función de modas, o últimos avances tecnológicos.
En primer lugar por la gran variedad de microperfiles según
la emergencia de nuevos campos de conocimiento o de aplicación
de la ciencia. En segundo lugar, porque la universidad no puede
trabajar con necesidades de mercado a corto plazo. Cualquier empresa
sabe perfectamente que sería suicida limitarse a trabajar
para un solo cliente o un único mercado hiperespecializado,
por lo tanto no parece lógico que se le pida a la universidad
que haga precisamente esto. Más aún si se tiene
en cuenta el escaso margen de maniobra que para introducir nuevas
materias en los planes de estudios ya de por sí sobrecargados
de horas. Dicho de otro modo, la formación universitaria
no puede someterse exclusivamente al vaivén de los mercados.
De hecho, no existe ninguna licenciatura que consiga la especialización
que demandan las empresas, puesto que en realidad es la propia
evolución de las actividades humanas y los años
de experiencia los que especializan a los traductores. Además
la empresa no puede ignorar su responsabilidad en la contribución
a la formación de los que trabajan para ella. (Y. Gambier.
2000. http://europa.eu.int/comm/translation/theory/seminars_en.htm).
La función de la universidad, además
de la de formar, es reflexionar sobre las evoluciones futuras
del mundo en que vivimos, y en el caso concreto de la formación
de traductores e intérpretes, sobre las mutaciones de los
papeles de traductor, revisor, editor, webmaster, coordinador
de proyectos etc. En resumidas cuentas, necesitamos enseñar
a aprender, y conseguir traductores e intérpretes capaces
de mantenerse en aprendizaje permanente.
Para terminar me gustaría incidir en la necesidad
de sensibilizar a las empresas sobre la posibilidad de obtener
prestaciones de calidad si acuden a profesionales, así
como el que sepan transmitir con claridad cual son sus necesidades
comunicativas y sus expectativas del trabajo de dichos profesionales.
Eso ahorraría malentendidos sobre plazos imposibles de
cumplir, tarifas ridículas, ausencia de información
sobre función y destinatarios, de la traducción,
o comentarios no sobre el propio proceso traductor. Por desgracia,
las inversiones de las empresas en servicios lingüísticos
son las menores, las que se revisan a la baja o las que antes
desaparecen en caso de crisis, como si una comunicación
eficaz fuese un asunto totalmente secundario. Las facultades de
T&I junto con asociaciones profesionales, existentes o en
vías de creación, deberían aunar sus esfuerzos
para llevar a cabo campañas que informasen sobre las ventajas
de contratar a quien realmente posee la formación adecuada
a sus necesidades, lo mismo que hace en otros campos.
1La
segunda lengua extranjera sólo es obligatoria en 1º
y 2º de ESO. En 3º y 4º se puede elegir como optativa
si el centro la ofrece.
Susana Cruces Colado (scruces@uvigo.es)
es licenciada en Filología Románica y en Filología
Hispánica, y doctora en Filología Románica
por la Univeridad de Santiago de Compostela. Tras unos cuantos
avatares vitales, recala en la Universidade de Vigo, en donde
ejerce actualmente como docente de la licenciatura de Traducción
e Interpretación. Además, se ha dedicado activamente
a la investigación en traducción, y a la promoción
de la licenciatura y sus futuros profesionales como vicedecana
de la FFT de 998 a 2002. Es fundadora de la ONG Traductores sen
Fronteiras (de la misma universidad), para la que ha revisado
infinitas paginas.