Recientemente me escribió el director de
una agencia de traducción cantándome las alabanzas
de sus traductores de español y, casi de pasada, me obsequió
con el siguiente comentario: «por más que digamos
a nuestros clientes que nuestro punto fuerte es el español
y sus 20 dialectos, siempre hay quien pregunta si trabajamos con
algún otro idioma».
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Humpty
Dumpty: un hablante libre |
Le contesté que lo del «español
y sus 20 dialectos» es una estrategia comercial que puede
dar sus frutos, a la vez que rinde un flaco servicio a la lengua
española. También le conté que, cuando me
presenté al examen para venir como traductor a la Organización
Panamericana de la Salud (OPS), en la descripción de mi
puesto se decía que «la versión española
deberá ser exacta, clara, fluida, fiel a la intención
del texto original y deberá usar un vocabulario generalmente
comprendido en todos los países de habla hispana».
En su respuesta me explicaba que hay empresas que
desean recurrir al español estándar (culturally
neutral) para sus campañas nacionales (se refería
a los Estados Unidos), pero a un registro específico (culturally
focused) para sus campañas comerciales en cada país.
Otros de sus clientes prefieren elegir el dialecto en el que quieren
su traducción, en vez de disponer sencillamente del español
genérico. Añadía que, para escribir ese español
generalmente comprendido en la mayor parte de (!) los países
de habla hispana, es preciso ser consciente de las palabras que
no están claras en todos los países hispanohablantes,
y tener en cuenta las significativas diferencias.
Este diálogo vino a recordarme que, en efecto,
las empresas esperan aumentar sus beneficios «conectando»
con sus posibles clientes por la vía emocional, y que una
de las maneras de lograrlo es recurrir al habla local.
Para empezar a elucubrar sobre la palabra «dialecto»
acudí al DRAE, que va abriendo sus puertas cada vez más
al español de América, como testimonia su preámbulo:
«Es de justicia destacar en este caso la colaboración
de las Academias hermanas de Hispanoamérica y de la Norteamericana
y Filipina de la Lengua Española, tanto en el trabajo general
como en el específico de la revisión o incorporación
de voces y acepciones propias de cada país. La Comisión
Permanente de la Asociación de Academias revisó
y homogeneizó después los trabajos particulares».
El DRAE da las siguientes acepciones:
dialecto. (Del lat. dialectus, y este
del gr. dialektos).
1. m. Ling. Sistema lingüístico considerado
con relación al grupo de los varios derivados de un tronco
común. El español es uno de los dialectos nacidos
del latín.
2. m. Ling. Sistema lingüístico derivado
de otro, normalmente con una concreta limitación geográfica,
pero sin diferenciación suficiente frente a otros de origen
común.
3. m. Ling. Estructura lingüística, simultánea
a otra, que no alcanza la categoría social de lengua.
La diferenciación que propugna la agencia
de traducción en cuestión puede conducir, a la larga,
a la aparición de veinte lenguas distintas, con tronco
común español. Se habrá alcanzado el estadio
de la primera acepción actual.
La tercera acepción me recuerda aquello
de que «una lengua es un dialecto con un ejército»,
y no me parece aplicable a la situación actual del español.
He aquí un enlace de interés para estas cuestiones
de lengua, dialectos y registros del lenguaje: www-fakkw.upb.de/kvv/kvvframe.php?fach=Romanistik.
Es de la Universidad de de Paderborn, en Alemania. Una vez dentro
del sitio, hay que buscar el apellido Bein. La información
que contiene está casi íntegramente en español,
pues se trata de unos cursos que el profesor Roberto Bein, de
la Universidad de Buenos Aires, va a dictar para el seminario
«Lenguas y política lingüística en la
Argentina y en el Mercosur» este mes de noviembre de 2002.
Puestos a elegir una de las tres, mi impresión
es que las variedades de la lengua española se encuentran
en este momento más cerca de la segunda acepción
de «dialecto», es decir, «con una concreta limitación
geográfica, pero sin diferenciación suficiente frente
a otros de origen común». Y que deben seguir sirviendo
como vehículo de comunicación y de integración,
no como mecanismo de exclusión.
En el pasado mes de junio surgió un debate
en el foro internético MedTrad (Medicina y Traducción)
a partir de una duda que no tenía nada que ver con los
regionalismos, cuando una colega se manifestó así:
«Eso sería fácil de dilucidar si en el texto
hubiera una tabla acompañatriz donde uno pudiera verificar
si esas reducciones son verdaderamente pequeñas o no. Quizás
lo que quieren decir es que la media de todos los puntajes obtenidos
después del tratamiento fue inferior a la del principio».
Un comentario al respecto fue que «puntaje» es un
regionalismo por «puntuación». Otro, que tal
regionalismo es «interesante porque evita la confusión
con los signos de puntuación». El tercero: «hace
algunos meses celebré la incorporación al DRAE de
“concientizar”, de distribución hispanoamericana,
frente a “concienciar”, de distribución peninsular
y anteriormente la única recogida en el lexicón».
Y así, ad infinitum.
Mi postura es que, por más que «puntaje»
sea un regionalismo por «puntuación», nadie
había tenido dificultad en entenderlo, en comprender de
dónde viene o a qué se refiere. En el mismo texto
aparecía «tabla acompañatriz», expresión
con la que ocurre lo mismo. No es la que yo hubiera empleado,
pero se entiende al vuelo, aunque se vea por primera vez.
Como tantas otras cosas, también el concepto
de regionalismo es relativo, pues depende del punto geográfico
en que se sitúa el observador.
Algunos ejemplos vividos en carne propia y recientemente:
se me atribuye el regionalismo de utilizar «coste»
(muy habitual en España) en lugar de «costo»
(muy habitual en América). Para mí eran perfectos
sinónimos que describen lo que «cuesta» algo.
Por curiosidad, voy al DRAE y veo estas definiciones: Coste.
Gasto realizado para la obtención o adquisición
de una cosa o de un servicio. Costo. Cantidad
que se da o se paga por algo. No sólo parece confirmarse
mi impresión de sinonimia, sino que, además, una
y otra palabras son universalmente comprendidas por los hispanohablantes.
Hace unas semanas tuve una conversación
telefónica con una amiga española, que no tiene
nada que ver con las lenguas ni con la medicina, y saqué
a colación la palabra «manejo», tan típica
de nuestros documentos de la OPS. A ella se le escapó una
expresión de sorpresa: «¡Ahí va! ¿Manejo
del sarampión?» Está claro que en España
no se usa así la palabra, pero a mí me parece igualmente
claro que no cuesta entenderla, a pesar de que en el DRAE, en
sentido estricto, no aparece ninguna acepción que la avale
en el sentido en que aquí la usamos. De hecho, a mi amiga
(de España, como digo, y no versada en lengua panhispánica)
no le costó ni unos segundos aceptarla tal como yo la estaba
usando.
En resumen: creo que a lo que más atención
conviene prestar en este terreno es a si el presunto regionalismo
tiene los suficientes «genes hispanos» (expresión
de Álex Grijelmo) como para ser fácil e inequívocamente
comprendido. Además, es un modo de enriquecer nuestro acervo.
Bibliografía
Delso, Pascual. «Diccionario cazurro-inglés».
Zaragoza, 2000. (Rev. 30.9.2002).
Diccionario de la Real Academia Española. Vigésima
segunda edición, 2001.
Grijelmo, Álex. «Defensa apasionada del idioma español».
Taurus, 2.a ed., 2000.
Grosschmid, Pablo; Echegoyen, Cristina. «Diccionario de
regionalismos de la lengua española». Ed
Miguel A. Turrión (turrionm@paho.org)es
traductor al español de la Organización Panamericana
de la Salud en Washington y sus lenguas de trabajo son FR, EN,
DE, PT.