|
|
REVISTA DE TRADUCCIÓN |
Número
4 - Diciembre 2002 - ISSN 1579-5314 |
| |
|
Dos
notas sobre la traducción poética
>>
Sergio Viaggio |
|
El despiste
genial de Nabókov
El autor de Lolita, uno de los escritores más
exquisitos del siglo y de los poquísimos genuinamente bilingües
(otro grande fue Beckett), publicó en 1964 una traducción
de la obra cumbre de la literatura rusa y una de las más
fulgurantes de todos los tiempos, el Eugenio Oneguin
de Pushkin. Se trata de una novela, pero en verso (“diabólica
diferencia”, al decir del propio poeta). A los efectos que
aquí nos interesan (o sea a los efectos pertinentes para
nuestra comunicación inmediata), baste señalar que
la novela está escrita en estrofas de catorce tetrámetros
yámbicos (el verso más común en ruso, como
el octosílabo lo es en español), con un complejo
sistema de rimas: AbAbCCddEffEgg (con la alternancia típica
del ruso entre rimas agudas y llanas). La estrofa se asemeja a
un soneto inglés, y es producto de un intenso trabajo de
búsqueda al que Pushkin se aplicó con denuedo durante
largo tiempo.
La primera decisión que debe tomar todo traductor
literario es si su traducción será literaria ella
también, es decir si, amén de “informar”
al lector acerca del contenido proposicional, va a procurar conmoverlo
(como supone que el original conmovió a sus lectores originales
o a los contemporáneos, como supone que una obra semejante
habría conmovido sus lectores originales o contemporáneos
o, las más de las veces, como él mismo ha sido conmovido).
Esta decisión estratégica es la que determina el
tipo de funcionalidad de la traducción. Si el traductor
decide hacer, él también, literatura, le toca ahora
tomar una segunda decisión: Ante una obra poética
(y sobre todo en versos rimados) tiene que optar entre la prosa
literaria y el verso. Cualquiera su decisión, el traductor
tiene que comprender que las restricciones formales que el autor
adopta contribuyen de manera decisiva al efecto que produce la
comprensión del original. No estoy afirmando que metro,
rima y demás atributos formales del original tengan que
reproducirse o imitarse a todo precio. Pero sí sostengo
que renunciar a ellos puede ser un precio que el traductor y el
lector tendrán que pagar caro. Al margen de lo justificada
o no de tal o cual decisión de traducir en prosa, el hecho
insoslayable es que se asesta un golpe mortal a la representatividad
de la traducción: simplemente no hay forma como una traducción
en prosa, por espléndida que sea, pueda cobrar carta de
ciudadanía en la poesía de la lengua meta. Aclaro,
por si hace falta: no digo ni que haya que traducir la poesía
por poesía ni que la traducción en prosa esté
mal, sino que, en ese caso, el traductor renuncia objetivamente
a un atributo decisivo de la representatividad
de su traducción. Los sonetos de Shakespeare traducidos
de cualquier otra forma, por espléndida que sea la traducción,
dejan de ser sonetos; despojar la Divina Comedia de la terza
rima es más grave aún. Y en el caso del Oneguin,
donde hay tanta poesía y tan poca acción, reducir
la novela a prosa es empobrecerla irremediablemente. A diferencia
de otras obras (como, por ejemplo, Crimen y Castigo),
aquí el contenido proposicional vale de poco por sí
solo.
De modo que la primera decisión
del traductor que se propone escribir él también
literatura es entre a) arrojar la toalla y optar por la prosa
y b) adoptar él también las restricciones formales
del verso (de cualquier verso, no necesariamente similar o análogo
al del original). Para decirlo más pedantemente, el traductor
elige su norma inicial. Puesto a traducir en verso, la selección
del metro y la estructura estrófica, incluida la rima,
es el primer problema que ha de resolver el traductor que quiera
traducir la poesía como poesía, ya que a las restricciones
así adoptadas han de supeditarse todas las soluciones a
los demás problemas (como ocurrió, por cierto, con
el original). A los traductores ingleses no se les plantea la
disyuntiva: pueden adoptar su propio tetrámetro yámbico
y ponerse a traducir, pero los castellanos tropezamos con que
el eneasílabo (nuestro equivalente silábico) es
muy poco frecuente y tiende a sonar muy monótono. Tanto
el francés (huérfano de rimas llanas) como el italiano
(parco en agudas) se prestan menos que el castellano a la alternancia.
Pero, al margen de su posibilidad abstracta, la poesía
en estas lenguas no conoce tal alternancia como restricción
convencional. Como en el caso del metro, toca al traductor decidir
si ha de esforzarse por respetarla (siempre en aras de una mejor
representatividad de su traducción) o de desestimarla (a
fin de que su traducción calce sin dificultad entre las
obras análogas de la literatura meta). Es imposible decidir
de antemano qué solución es la mejor. Lo que sí
podemos afirmar es que, una vez quemadas las naves, toda falta
de coherencia aparecerá marcada a sangre y fuego.
En ruso, la primera estrofa reza así:
|
ha
caído enfermo de veras |
Moj djádja
sámykh chéstnykh právil,
Kogdá nje v shútku zanjemóg,
On uvazhát sjebjá zastávil,
I lúchshe výýdumat nje mog.
Jevó primjér druguím naúka,
No Bóthe moj, kakája skúka
S bolnýým sidjét i djen i noch,
Nje otkhodjá ni shágu proch!
Kakóje nískoje kovárstvo
Poluzhivóvo zabavlját,
Jemú podúshku popravlját,
Pjechálno podnosít ljekárstvo,
Vzdykhát i dúmat pro cjebjá
“Kogdá zhe chort vozmjót tjebjá!”
Como confío en que para ti el ruso sea chino, querido
lector, he aquí la transcripción semántica:
|
¡Cuándo por fin
te
llevará el demonio! |
Mi tío
de los más honorables principios,
cuando no de broma se enfermó,
obligó a que le respetaran
y no se le ocurrió nada mejor.
Su ejemplo es para otros ciencia,
¡pero, Dios mío, qué hastío
junto a un enfermo estar sentado y día y noche
sin alejarse ni un paso!
¡Qué vil perfidia
a un moribundo entretener,
acomodarle la almohada,
acongojadamente acercarle la medicina,
suspirar y pensar para adentro”
¡Cuándo por fin te llevará el demonio!”
¿Cuánto pagarías, lector munificente, por
que te deje leer las quinientas estrofas que faltan? ¿¿No
se podría, acaso, decir lo mismo pero un poquitín
mejor, más parecido a como suponemos que dice el original?
Una versión más clemente con el castellano podría
quedarnos así:
Ahora que mi tío,
hombre de los más honorables principios,
ha caído enfermo de veras,
no se le ha ocurrido nada mejor
que hacerse respetar...
Como vemos, todo lo que queda de la forma poética está
en la mendaz disposición gráfica. A Nabókov
poco le importaba. He aquí cómo razonó:
“¿Es posible
realmente traducir el poema de Pushkin, o cualquier otro poema
con un sistema de rimas definido? Para responder, nos toca primero
definir el término “traducción”. Los
intentos por trasladar un poema escrito en otra lengua caen en
una de estas tres categorías: 1) Paráfrasis: que
ofrece una versión libre del original, con aditamentos
y omisiones motivadas por las exigencias de la forma, las convenciones
atribuidas al consumidor y la ignorancia del traductor. Ciertas
paráfrasis estarán dotadas del encanto de una elocución
elegante y de la concisión idiomática, pero ningún
estudioso debe sucumbir a la elegancia ni ningún lector
dejarse engañar por ella. 2) Léxica: que ofrece
el significado básico de las palabras (y su secuencia).
Es algo que una máquina es capaz de hacer bajo la dirección
de un bilingüe inteligente. 3) Literal: que transmite todo
lo ceñidamente que la lengua lo permita, paradigmática
y sintagmáticamente, el significado contextual preciso
del original. Solo esta es traducción genuina. Ahora podemos
formular nuestra pregunta con mayor precisión: ¿se
puede traducir genuinamente un poema rimado como el Eugenio Oneguin
conservando la rima? La respuesta, claro, es no. Reproducir las
rimas y traducir el poema literalmente es matemáticamente
imposible. Al trasponer el Eugenio Oneguin del ruso pushkiniano
a mi inglés he sacrificado en aras de la compleción
todo elemento formal, incluido el ritmo yámbico, toda vez
que conservarlo hubiera obstado a la fidelidad. A mi ideal de
literalismo he sacrificado todo (elegancia, eufonía, claridad,
buen gusto, uso moderno e incluso la gramática) aquello
que el imitador petimetre precia más que la verdad. Pushkin
dijo de los traductores que eran como caballos que se cambiaran
en las postas de la civilización. No se me ocurre mayor
recompensa que los estudiantes puedan usar mi obra de cabalgadura.”
Nabókov no pretende reproducir el sentido intendido1
sino los atributos morfosintácicos y semánticos
de su verbalización canónica -o sea del original-
y eso es literalmente imposible: la reverbalización solo
puede imitarlos. El traductor que quiera producir en sus lectores
una impresión estética análoga (jamás
idéntica, por desdicha) a la que puede presumirse en los
lectores del original (pero ¿cuáles? ¿los
del poeta o los del propio traductor?) debe entender el sentido
intendido e imitar o, casi siempre, recrear la forma; imitarla
no en el sentido mimético, sino en el de buscar la adecuación
más ajustada de su reverbalización a los fines de
la identidad estética y sonsacamiento pertinente entre
lo que el poeta ha querido decir y lo que el lector de la traducción
termina comprendiendo. Creyendo respetar la “esencia”
de la obra, Nabókov no hace más que imitar su forma
semántica. Como el ruso no es el inglés, la imitación
es necesariamente imperfecta. Como Nabókov es un genio,
no lo parece. Como la forma semántica suele ser lo de menos,
poco importa. Paradojalmente, Nabókov nos muestra de qué
es verdaderamente capaz:
My Uncle in the
best tradition,
By falling dangerously sick
Won universal recognition
and could devise no better trick...
Para decirnos que eso es una birria, que nada tiene que ver con
Pushkin, porque lo que Pushkin verdaderamente “dice”
es:
|
| sadly present the medicine |
“My Uncle
has most honest principles:
when taken ill in earnest,
he has made one respect him
and nothing better could invent.
To others his example is a lesson;
but, God, what a bore
to stick by a sick man both day and night,
without moving a step away!
What base perfidiousness
the half-alive one to amuse,
adjust for him the pillows,
sadly present the medicine,
sigh - and think inwardly
when will the devil take you?”
Si esto es todo lo que Pushkin “dice” ¿cómo
se explica que se lo considere tan gran poeta? Como sea, ¿qué
tiene de semánticamente mejor esta última versión?
¿Dónde está la traición al contenido
proposicional en la deliciosa “parodia” nabokoviana?
En efecto, hay desajustes semánticos de detalle, pero no
me dirás que si no estuvieras advertido te hubieses dado
cuenta. Si este es el tipo de precio semántico que te tocase
pagar para leer una versión que te hiciera disfrutar, llorar
y reír con la misma historia de los mismos personajes narrados
por un autor de la misma maestra jovialidad ¿no lo pagarías
de buen grado? ¿Es tan imposible, acaso, ver desde otra
lengua el magnífico derecho del tapiz que Nabókov
denuesta en nombre de su “auténtico” revés?
¿No se trata, acaso, del mismo contenido verbalizado de
manera estéticamente equivalente de modo que la literatura
meta no pueda menos de abrir las puertas de par en par al texto
recién venido? En inglés hay muchos Rubayat, pero
solo el de Fitzgerald se ha instalado en la literatura inglesa
(y de ahí en la española, en la excelente -si por
desdicha desconocida- traducción realizada por el argentino
Joaquín V. González en el sXIX). Ese y no otro es
el criterio supremo de la mediación literariamente pertinente.
Lo dicen los lectores de tantas traducciones que han ganado carta
de ciudadanía en las respectivas literaturas y de tantísimas
más merecidamente olvidadas.
Una imitación ruda de la forma semántica, métrica,
rítmica y estrófica del original en nuestro idioma
se vería así:
Hombre severo
y recoleto,
hoy que de veras enfermó,
mi tío exige gran respeto
y nada más se le ocurrió.
Hay para quien su ejemplo es ciencia,
¡pero, Dios mío, qué paciencia
del viejo noche y día cuidar
refunfuñando sin cesar!
¡Qué hipocresía tan mezquina
al moribundo entretener,
fingiendo pena sostener
el frasco con la medicina,
pensando en tanto con doblez
“Si te murieras de una vez!”
Convendrás, espero, en que sigue siendo una traducción
deleznable. Imagínate, sin ir más lejos, 6.000 eneasílabos
yámbicos seguidos (claro, el castellano se presta poco)
y para colmo atiborrados de rimas escolares. ¿Quién
se creería que está leyendo la obra maestra de uno
de los poetas más consumados y el que más ha contribuido
a desarrollar y modernizar un idioma de por sí tan rico
como el ruso? No, casi es mejor la transcodificación semántica
en prosa más o menos potable, que, al menos, no se quiere
hacer pasar por poética. Es exactamente lo que afirmaba
Nabókov, el exquisito maestro de ambas lenguas, el filólogo
empedernido que rodeó las cien páginas de su traducción
con mil de notas y comentarios, el que burlándose de los
traductores poetastros proponía al escarnio su propia versión
métrica. Pues sucede que, de todas las que conozco, esta
versión ofrece la mejor representación del original,
la simbiosis más perfecta del espacio sénsico reproducido
y del espacio formal imitado. Únicamente un genio como
Nabókov -gran literato, gran maestro de ambas lenguas,
gran filólogo- puede producir en otras lenguas especímenes
del sentido originalmente intendido que estén a la altura
del espécimen canónico. Pero no, Nabókov
decidió ser “fiel”, y optó por una versión
semánticamente aproximada que es una maravilla de fidelidad,
pero que, claro, no conmueve; y una obra poética, original
o traducida, que no conmueve es como el submarino de que se queja
Gila en su llamada al astillero, que “de pintura bien, pero
no flota”. Nos imaginamos al “principio de todos los
principios”, como lo llamaba Gógol, reprochándole
a su compatriota: “Pero si tanto me amas, si tanto admiras
mi obra, si tanto te deleitas con su perfecta compenetración
de contenido y forma, ¿por qué, por ejemplo, arrojas
por la borda esta estrofa que inventé con tanto trabajo
y que ni yo mismo he logrado usar después? ¿Es tan
pobre, tan indócil, tan imbécil esa lengua inglesa
(o castellana, o china, o húngara) que no habría
yo podido escribir en ella nada de valor?
Nabókov redimido
Permíteme redondear mi tesis retornando a mi archirrival
teórico. Echemos una última ojeada a otra de esas
joyitas pushkinianas, un poema que el poeta escribió para
su mujer (que le metía públicamente los cuernos
con un oficial francés, con lo que lo empujó al
duelo que le costó a él la vida y a nosotros vaya
uno a saber cuántos tesoros).
Porá, moj drug, porá! Pokója clérdtse
prósit -
Ljetját za dnjámi dnji, i kazhdyj chas unócit
Chastíchku bytyjá, a my s tobój vdvojóm
Prjedpolagájem zhyt, i gljad - kak raz umrjóm.
Na svjétje schástja njet, no jest pokój
i vólja.
Davnó zvídnaja mjechtájhetsja mnje
dólja -
Davnó, ustályj rab, zamýýslyl
ja pobjeg
B obitjel dálnuju trudóv i chístykh
njeg.
[¡Es hora, amiga mía, es hora! El corazón
pide reposo;
vuelan los días tras los días, y cada hora
se lleva
una partícula de vida, y tú y yo juntos
nos proponemos vivir, y mira: justo nos toca morir.
En el mundo no existe la felicidad, pero existen el reposo
y la libertad.
Hace tiempo que sueño con una envidiable suerte:
hace tiempo, exhausto esclavo, que pienso en fugarme
a un refugio remoto de trabajos y puras delicias.]
No, la nabokoviana traducción de arriba no es de ningún
Nabókov hispano. La que mi Dr. No publicó fue esta:
’Tis time,
my dear, ’tis time. The heart demands repose.
Day after day flits by, and with each hour there goes
A little bit of life: but meanwhile you and I
Together plan to dwell... yet lo! ’tis when we die.
There is no bliss on earth: there's peace and freedom, though.
An enviable lot I long have yearned to know:
Long have I, weary slave, been contemplating flight
To a remote abode of work and pure delight.
Los Dioses se apiaden de mí, pero esta traducción
me parece muy superior al propio original pushkiniano. No, no
es un milagro, sino simplemente un caso estadísticamente
excepcional: es muy infrecuente que un traductor pueda competir
en pie de igualdad con un gran poeta, no hablemos de superarlo.
No que nuestro gran semantófilo haya abjurado de su credo:
la traducción aparece en el prólogo a la revisión
que hizo en 1965 de su novela Despair autotraducción
que publicó en 1936 de su Otchájanie escrita
en 1934. He aquí como explica su aparente apostasía:
“El verso y los
fragmentos de versos que Hermann murmura en el Capítulo
Cuarto provienen de un breve poema pushkiniano que reproduzco
aquí completo, en mi propia traducción, en la que
he retenido metro y rima, proceder que es pocas veces indicado
-o, más aún admisible- salvo cuando se da una conjunción
muy especial de las estrellas en el firmamento del poema, como
es el caso aquí.”
Por lo pronto Nabókov abandonó -o, mejor dicho,
se negó a aplicar- su cacareado método a la hora
de traducir su propia novela. Su Despair es una obra
maestra, y nunca, ni una vez, ni siquiera en la abierta traducción
de los fragmentos pushkinianos, deja entrever a sus lectores que
el libro que están leyendo es, en efecto, una traducción.
Me inclino, pues, a creer que esa “conjunción muy
especial de las estrellas en el firmamento del poema” tuvo
mucho que ver con el hecho de que habría sido catastrófico
permitir que el exiliado protagonista, en medio de su añoranza
de la Madre Rusia, se pusiera a murmurar una igualmente catastrófica
traducción semántica de los sublimes versos del
poeta. Nabókov era un escritor demasiado sensible para
permitir que el perfecto firmamento estrellado de su texto inglés
fuese desfigurado por la traducción torpe de un poema ajeno.
A la hora de autotraducirse, Nabókov optó, naturalmente,
por hacerlo de forma homoscópica y homofuncional, incluida
la cita pushkiniana: ¿por qué, entonces, le negó
ese privilegio a Pushkin fuera de su propia novela? ¿Por
qué, a la hora de traducir a Nabókov, Nabókov
renuncia a una “traducción genuina”? Personalmente,
desconfío de los traductores que predican un método
para traducir a otros, pero no quieren ni oír hablar de
él cuando los traducidos son ellos. Lo que es bueno para
Pushkin, digo, debiera ser bueno también para Nabókov
¿o no? Ahora bien, al margen de su diferente talento y
honestidad, ¿por qué manifiestan los traductores
literarios tan amplia gama de abordajes? Para responder a esta
pregunta crucial, va a ser mejor bajarnos de las líricas
nubes para echar una nueva ojeada a la traducción de textos
pragmáticos. La diferencia decisiva es la que consignaba
al final del Capítulo II: pese a la creciente proletarización
de
los traductores, incluidos los que traducen literatura, en nuestra
sociedad capitalista, la traducción auténticamente
literaria es fundamentalmente un trabajo de amor (incluso, como
sabemos tantos “tradlits”, de amor por uno mismo),
penoso y mal remunerado, la otra se hace por encargo y por dinero.
Frente al texto original, la pregunta decisiva no es ya ¿qué
dice el autor?, sino ¿para qué nos piden que lo
traduzcamos? Salvo excepciones, al traductor de textos pragmáticos
le importa un rábano el original: lo lee porque tiene que
traducirlo y lo traduce porque le pagan (y, por mucho que protestemos
los profesores de traducción, lo traduce a medida que lo
lee), cualesquiera sus sentimientos personales hacia contendido
y forma, y lo traduce todo lo rápido que puede: en el mercado,
el tiempo es oro y la calidad no tanto. En el caso de los intérpretes
de conferencia es más claro aún. El traductor literario
tradicional, en cambio, lee también como lector, para sí
mismo y no solo para los demás, y, como cualquier escritor,
escribe para los demás pero también para sí
mismo. Y, muchas veces (como Lutero, como el propio Nabókov)
traduce en función de su propio programa ideológico.
Vemos, pues, que la diferencia decisiva se encuentra, no en la
índole del original, sino en las motivaciones e intenciones
del propio traductor.
Creo que, al margen de los aciertos y las torpezas, todas las
traducciones que he consignado -incluidos mis esperpentos- pasan,
con mayor o menor soltura la prueba del papel tornasolado: contenido
proposicional originalmente intendido y finalmente comprendido
son el mismo, o sea que las traducciones dicen “lo mismo”
que el original, y por eso y en esa medida las podemos llamar
traducciones (buenas o malas, funcionales o no, homoscópicas
o heteroscópicas). De aquí en más, los juicios
de valor estéticos se desvían naturalmente de la
traductología propiamente dicha por los carriles de la
crítica literaria, y solo un modelo de la traducción
literaria como mediación es capaz de salir airoso. En el
caso concreto de la traducción literaria con fines literarios,
el mediador se propone no solamente “decirle a su lector
lo que dice el original”, sino conmoverlo -casi siempre,
como él mismo se ha conmovido, o, al menos, conmoverlo
lo más parecido posible a como él se ha conmovido-.
Ello exige toda una serie de manipulaciones del contenido proposicional
del original en aras de lograr una nueva simbiosis entre contenido
y forma. No se trata, entonces, simplemente de que original y
traducción “digan lo mismo”, sino de que la
comprensión surta determinados efectos, en este caso estéticos.
Para ello, como sabemos, no hay más remedio que decir más,
menos, otra cosa y de otro modo o, si prefieres, no se puede decir
nunca exactamente “lo mismo”. En
mediación interlingüe -y especialmente en mediación
interlingüe literaria- todo vale en la medida en que, pese
a todas estas manipulaciones o intervenciones activas de parte
del mediador, podamos decir que a todos los efectos prácticos
(que para mi teoría son los únicos que cuentan)
el lector de la traducción acabe enterándose pertinentemente
de lo mismo que dice el original -o sea que no entienda otra cosa
allí donde no corresponde que entienda otra cosa- y de
la manera que corresponda a los efectos concretos de la mediación
-es decir que comprenda de cierta manera y no de otra- o, como
no me canso de repetir: que el lector de la traducción
entienda lo que tiene que entender como tiene que entenderlo.
1
Birlo el neologismo a García Landa. Es intendido
el objeto de la intención. El castellano carece de un adjetivo
que lo denote con precisión: intentado da la idea de intendido
pero frustrado.
Sergio Viaggio, argentino, MA en Lengua y Literatura Rusas, U.
de la Amistad de los Pueblos, Moscú, ex-URSS, jefe de intérprtes
de la Oficina de las NNUU en Viena, ha publicado una cincuentena
de trabajos sobre la teoría, la didáctica y la práctica
de la tradución y la interpretación. Este artículo
está extraído de su "Teoría General
de la Mediación Interlingüe".
|
|