Cuando lee el texto ajeno, al traductor se le impone una realidad
que no es la propia: le habla otra voz, lo invade otro ser. Pero
al intentar decir lo que ha entendido de esa voz, queda a solas
con su propia voz. Luego de la captación del texto
ajeno y antes de la expresión de su propio texto,
ya el texto ajeno ha dejado de serle ajeno y el traductor se halla
en estado de gestación.
Ese estado de gestación es una circunstancia particular
en la que uno se siente solo pero acompañado por toda la
especie humana. En la amable compañía de sus/mis palabras.
Parafraseando a Paul Valéry, podría decirse que "entre
el vacío y el acontecer puro" el traductor "aguarda
el eco de su grandeza interna".
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Uno
se siente solo pero acompañado por toda la especie
humana. |
Desde ese pozo de soledad, procurará dar a luz mediante
dos operaciones contrapuestas:
- procrear un texto en el que se escuche la voz del autor, sin
renunciar por ello a su propia voz, y
- procrear un texto en el que se escuche su propia voz, sin soslayar
por ello la voz del autor.
Un optimismo ingenuo haría pensar que es capaz de reproducir
la realidad del otro. Un pesimismo solipsista dice que está
condenado a su soledad. Que nada puede decir que no sea suyo, sólo
suyo.
Sin ingenuidad, descreído del solipsismo, el traductor
se empeña en re-producir. Confía en lograrlo porque
sabe, con Walt Whitman, que cada átomo del autor también
le pertenece a él.
Nietzsche le susurra: "Di tu palabra y rómpete".
Siente que sería una ruptura gratificante, nada traumática.
Una suerte de diseminación. O de parto. Justamente, de partir
se trata. El traductor está partido o repartido, con un ojo
puesto en el autor y un labio en su bolígrafo, oliveti o
PC.
Se debate entre la letra y el espíritu de lo que traduce,
entre el estilo del autor y la norma y uso de su lengua materna,
entre la literalidad y la idiomaticidad... ¿entre la fidelidad
y la libertad? ¡No! Si logra escapar a la prisión de
la "realidad" unívoca que el texto original supuestamente
le impone, y a las trampas de su propia subjetividad, hará
su aporte de inter-locutor con libre fidelidad. ¿Acaso oscuramente,
acaso con claridad?
"La oscuridad de la sombra de los pinos depende de la claridad
de la luna" (Kodo Sawaki, maestro Zen).
Pondrá su afán en ser fiel sin dejar de ser idiomático,
en ser idiomático sin dejar de ser fiel; y para ello se amoldará
flexiblemente a la realidad del discurso, como se amolda el agua
de un arroyo al circular entre sus piedras.
Ahora bien: ¿qué hay entre la "realidad"
y la soledad, entre lo que se nos demanda desde afuera y lo que
nos expresiona desde adentro, entre el Yo bien adaptado y el Ser
propio? El juego, el espacio transicional (Donald. W. Winnicott).
Entre la "realidad" y la soledad, la creación,
proceso que "empieza por una desorganización de las
formas previamente establecidas" (Héctor J. Fiorini),
exactamente lo que le ocurre al traductor cuando pasa de la captación
a la gestación.
El traductor es un recreador; es un escritor, delimitado por la
Idea que debe recrear. La creación lo instiga al traductor
como la luz que entra por la ventanita de una celda. (El antónimo
de "creador" es "preso".)
Por más que su finalidad última sea desaparecer dejando
tras de sí una voz (la del autor) idealmente intacta, es
sabido que las equivalencias de dos discursos son sólo eso:
un ideal, al que se aspira y al que asintóticamente se tiende
sin alcanzarlo nunca. Una utopía, y por eso mismo una tarea
muy humana (José Ortega y Gasset).
La traducción es un género literario limítrofe
entre la literatura y la ciencia --mucho más esencialmente
que la ciencia-ficción--. La tra-ducción es
una ficción, porque simula reproducir, cuando lo que hace
en verdad es re-producir. Sólo que a esa ficción el
traductor le cree, y si su convencimiento es lo bastante intenso
podrá persuadir al lector y éste olvidar que entre
Valéry y él, entre Whitman y él, media otra
voz.
De todos los géneros literarios, la traducción es
el más sometido a las categorías de la lógica,
al rigor de la veracidad. De ahí que haya sido considerada
a la vez como un arte y una ciencia. Es un empleo regular en relación
de dependencia, donde uno no puede tomarse licencias indefinidas.
No le es dado al traductor ponerse a pasear o a pescar a su antojo
con la Idea que debe comunicar, como si estuviera de vacaciones.
Pero la Idea no es sólo pensamiento: es emoción, fantasía,
deseo... Por eso, en el momento de la gestación el traductor
es un artista, no un científico; puesta en juego su experiencia,
pero con la máxima inocencia de que sea capaz, será
un literato, no un lingüista, como el músico que ejecuta
un instrumento es en ese momento músico y no musicólogo.
La gracia y la felicidad del traducir están íntimamente
ligadas al sentimiento de verdad que produce una recreación
precisa. En la traducción se superponen la ciencia y el arte
como dos caminos que, "transitados sin miedo, con la debida
profundidad, entrega y sed de aventuras, nos internan en el mismo
misterio" (Enrique Pichon Rivière).
El traductor es un aventurero sediento que oscila, igual que la
fantasía, entre lo real y lo imaginario, y que como todo
narrador de historias se sitúa "en un atalaya indispensable
para adueñarse hasta el fondo de lo real, remodelándolo"
(Gianni Rodari).
La remodelación de la realidad a través de la palabra,
así como la excarcelación de la propia creatividad,
son la faena cotidiana de escritores y traductores, sus quehaceres
domésticos en ese domicilio común donde se reconocen
como miembros de la misma familia.
En definitiva, para ambos se trata de develar: descorrer el velo
que nos separa de la Palabra, la propia y la del otro, la del habla
y la de la lengua, la de nuestro decir y el decir del pueblo, la
que nos constituyó siempre sin que lo supiéramos,
la que se esconde en nuestro interior y en busca de ser sorprendida...
olfatea nuestro olfato... acecha nuestro acecho... captura nuestra
captura...
... porque la presa da en el blanco del cazador.
*Publicado
originalmente en el diario argentino La Capital en 1996;
reproducido en la revista electrónica Pico de Oro
en noviembre de 2000. Fue traducido al inglés con el título
“The Translator: Between Reality and Solitude” y publicado
en ATA Chronicle, vol. 30, no 5, mayo de 2001
Leandro Wolfson leandrow@arnet.com.ar
es un traductor científico y literario argentino. Tradujo
más de 180 libros y gran cantidad de artículos para
revistas especializadas. Desde 1995 lleva a cabo cursos de revisión
a distancia para traductores al castellano radicados en Estados
Unidos y otros países. Es autor de numerosos artículos
sobre traducción.
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