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     REVISTA DE TRADUCCIÓN
Número 5 - Marzo del 2002 - ISSN 1579-5314     
   
El traductor entre la realidad y la soledad *
      >> Leandro Wolfson

 

Cuando lee el texto ajeno, al traductor se le impone una realidad que no es la propia: le habla otra voz, lo invade otro ser. Pero al intentar decir lo que ha entendido de esa voz, queda a solas con su propia voz. Luego de la captación del texto ajeno y antes de la expresión de su propio texto, ya el texto ajeno ha dejado de serle ajeno y el traductor se halla en estado de gestación.

Ese estado de gestación es una circunstancia particular en la que uno se siente solo pero acompañado por toda la especie humana. En la amable compañía de sus/mis palabras. Parafraseando a Paul Valéry, podría decirse que "entre el vacío y el acontecer puro" el traductor "aguarda el eco de su grandeza interna".

   Uno se siente solo pero acompañado por toda la especie humana.

Desde ese pozo de soledad, procurará dar a luz mediante dos operaciones contrapuestas:

- procrear un texto en el que se escuche la voz del autor, sin renunciar por ello a su propia voz, y

- procrear un texto en el que se escuche su propia voz, sin soslayar por ello la voz del autor.

Un optimismo ingenuo haría pensar que es capaz de reproducir la realidad del otro. Un pesimismo solipsista dice que está condenado a su soledad. Que nada puede decir que no sea suyo, sólo suyo.

Sin ingenuidad, descreído del solipsismo, el traductor se empeña en re-producir. Confía en lograrlo porque sabe, con Walt Whitman, que cada átomo del autor también le pertenece a él.

Nietzsche le susurra: "Di tu palabra y rómpete". Siente que sería una ruptura gratificante, nada traumática. Una suerte de diseminación. O de parto. Justamente, de partir se trata. El traductor está partido o repartido, con un ojo puesto en el autor y un labio en su bolígrafo, oliveti o PC.

Se debate entre la letra y el espíritu de lo que traduce, entre el estilo del autor y la norma y uso de su lengua materna, entre la literalidad y la idiomaticidad... ¿entre la fidelidad y la libertad? ¡No! Si logra escapar a la prisión de la "realidad" unívoca que el texto original supuestamente le impone, y a las trampas de su propia subjetividad, hará su aporte de inter-locutor con libre fidelidad. ¿Acaso oscuramente, acaso con claridad?

"La oscuridad de la sombra de los pinos depende de la claridad de la luna" (Kodo Sawaki, maestro Zen).

Pondrá su afán en ser fiel sin dejar de ser idiomático, en ser idiomático sin dejar de ser fiel; y para ello se amoldará flexiblemente a la realidad del discurso, como se amolda el agua de un arroyo al circular entre sus piedras.

Ahora bien: ¿qué hay entre la "realidad" y la soledad, entre lo que se nos demanda desde afuera y lo que nos expresiona desde adentro, entre el Yo bien adaptado y el Ser propio? El juego, el espacio transicional (Donald. W. Winnicott). Entre la "realidad" y la soledad, la creación, proceso que "empieza por una desorganización de las formas previamente establecidas" (Héctor J. Fiorini), exactamente lo que le ocurre al traductor cuando pasa de la captación a la gestación.

El traductor es un recreador; es un escritor, delimitado por la Idea que debe recrear. La creación lo instiga al traductor como la luz que entra por la ventanita de una celda. (El antónimo de "creador" es "preso".)

Por más que su finalidad última sea desaparecer dejando tras de sí una voz (la del autor) idealmente intacta, es sabido que las equivalencias de dos discursos son sólo eso: un ideal, al que se aspira y al que asintóticamente se tiende sin alcanzarlo nunca. Una utopía, y por eso mismo una tarea muy humana (José Ortega y Gasset).

La traducción es un género literario limítrofe entre la literatura y la ciencia --mucho más esencialmente que la ciencia-ficción--. La tra-ducción es una ficción, porque simula reproducir, cuando lo que hace en verdad es re-producir. Sólo que a esa ficción el traductor le cree, y si su convencimiento es lo bastante intenso podrá persuadir al lector y éste olvidar que entre Valéry y él, entre Whitman y él, media otra voz.

De todos los géneros literarios, la traducción es el más sometido a las categorías de la lógica, al rigor de la veracidad. De ahí que haya sido considerada a la vez como un arte y una ciencia. Es un empleo regular en relación de dependencia, donde uno no puede tomarse licencias indefinidas. No le es dado al traductor ponerse a pasear o a pescar a su antojo con la Idea que debe comunicar, como si estuviera de vacaciones. Pero la Idea no es sólo pensamiento: es emoción, fantasía, deseo... Por eso, en el momento de la gestación el traductor es un artista, no un científico; puesta en juego su experiencia, pero con la máxima inocencia de que sea capaz, será un literato, no un lingüista, como el músico que ejecuta un instrumento es en ese momento músico y no musicólogo.

La gracia y la felicidad del traducir están íntimamente ligadas al sentimiento de verdad que produce una recreación precisa. En la traducción se superponen la ciencia y el arte como dos caminos que, "transitados sin miedo, con la debida profundidad, entrega y sed de aventuras, nos internan en el mismo misterio" (Enrique Pichon Rivière).

El traductor es un aventurero sediento que oscila, igual que la fantasía, entre lo real y lo imaginario, y que como todo narrador de historias se sitúa "en un atalaya indispensable para adueñarse hasta el fondo de lo real, remodelándolo" (Gianni Rodari).

La remodelación de la realidad a través de la palabra, así como la excarcelación de la propia creatividad, son la faena cotidiana de escritores y traductores, sus quehaceres domésticos en ese domicilio común donde se reconocen como miembros de la misma familia.

En definitiva, para ambos se trata de develar: descorrer el velo que nos separa de la Palabra, la propia y la del otro, la del habla y la de la lengua, la de nuestro decir y el decir del pueblo, la que nos constituyó siempre sin que lo supiéramos, la que se esconde en nuestro interior y en busca de ser sorprendida... olfatea nuestro olfato... acecha nuestro acecho... captura nuestra captura...

... porque la presa da en el blanco del cazador.


*Publicado originalmente en el diario argentino La Capital en 1996; reproducido en la revista electrónica Pico de Oro en noviembre de 2000. Fue traducido al inglés con el título “The Translator: Between Reality and Solitude” y publicado en ATA Chronicle, vol. 30, no 5, mayo de 2001


Leandro Wolfson leandrow@arnet.com.ar es un traductor científico y literario argentino. Tradujo más de 180 libros y gran cantidad de artículos para revistas especializadas. Desde 1995 lleva a cabo cursos de revisión a distancia para traductores al castellano radicados en Estados Unidos y otros países. Es autor de numerosos artículos sobre traducción.