Este es un comentario acerca
de mi experiencia como autora, traductora e ilustradora de los
poemas infantiles que incluí en mi primer libro, Zoológico
de Poemas / Poetry Zoo. El proceso es intrigante. Es difícil
establecer dónde comienza una tarea y empieza la otra.
Nunca se sabe si el timonel es el autor, el traductor o el dibujante.
Escribir los poemas fue, sin duda, lo más
fácil. Traducir escuetamente el contenido, o sea, el sentido
de cada verso tampoco fue difícil. Lo que era harina de
otro costal era lograr que la traducción rimara y tuviera
gracia. Fue al llegar a ese punto que la versión en inglés
comenzó a cobrar vida, a tener fuerza, a quererse inmiscuir
sin permiso de la poetisa en el contenido y en la imagen del poema
original.
A los audaces traductores de poesía no les
queda más remedio que seguir luchando hasta que el sentido
del poema cuadre con la rima, ya que su labor parte de un producto
cementado. Yo, en cambio tenía flexibilidad mientras supuestamente
capitaneaba el proceso de traducción porque las dos versiones
del poema, la española y la inglesa, se iban cuajando al
unísono. Si me atascaba podía cambiar el original,
aunque a veces me resistía y rehusaba transformarlo. Pronto
me percaté de que creerme el timonel era ilusorio. La traducción
de un verso, la cual había salido bastante bien, comenzaba
a forcejear con el original hasta que se proclamaba ganadora.
A la poetisa, o al poema en español no le quedaba otro
remedio que aceptar la fortaleza del contrincante desconocido.
Al igual que con cualquier tipo de traducción,
había que tomar en cuenta no solamente cómo se dice
cada palabra en el otro idioma, sino las implicaciones culturales
de esa palabra. Como advierte Marina Orellana, “... una
vez que se han captado las ideas, corresponderá expresarlas
en la forma más adecuada, o en la que más convenga,
sin dejarse contaminar por el idioma original ni forzarlo”.
El verso con el cual comienza mi librito parecía fácil
de traducir hasta que llegué a la última palabra:
sal. El poema termina diciendo que los poemas que van volando
tiran “granitos de sal”. En la cultura hispana la
sal es símbolo de gracia. A una mujer sin gracia se le
considera en Puerto Rico como una “jaba sin sal” aunque
sea una beldad. Un poeta español (cuyo nombre se me escapa)
llamó al Guadalquivir “el río de la gracia
y el salero”. Salt no se entiende en esos términos
y hasta puede tener connotaciones negativas o de falsedad. ¡Al
infierno con la sal! Tuve que rebuscar hasta encontrar algo granoso
que impartiera sabor y color. Después de muchos intentos
y horas de trabajo, di con golden spice.
Otro ejemplo de diferencias culturales fue el abanico.
En El pavo real, hay una señora que cierra y abre un abanico.
Traducirlo fue fácil. El “ruiqui, ruiqui, cierra
y abre” del abanico lo traduje sin dificultad. Al terminar
la traducción se la di a leer a una amiga anglosajona y
me comentó: “no entiendo lo del open close it, close
and open”. El único tipo de abanico que ella podía
visualizar era el que aquí se ve corrientemente, el que
en Puerto Rico llamamos “pandereta”. Era imprescindible
que de algún modo resolviera ese problema. La ilustración
vino al rescate. No fue necesario hacer ningún cambio en
el texto. Le mostré el poema ilustrado con una dama antigua
que llevaba un enorme abanico español e inmediatamente
se le despejaron las dudas. La ilustración se encargó
de cerrar la brecha cultural.
Hubo ocasiones en que el dibujo no vino únicamente
a llenar huecos sino a salvarme. Como ya dije antes, traducir
el significado era sencillo. Otra parte de ese mismo poema decía
simplemente, “Cuando el calor del verano más y más
lo hacía sudar...”, lo cual había traducido:
“And while he sweated profusely under the hot summer sun”,
lo cual estaba bastante cerca del original sin que la rima fuese
un problema, pero estaba desabrido, le faltaba “sal”.
Por suerte el editor para la versión en inglés -Seth
Biderman-- (un muchacho joven y talentoso) tenía un ojo
clínico. Fue él quien me señaló que
la solución adecuada yo misma la había provisto
en la ilustración: yo había pintado un pavo junto
a un charco de sudor. Entendí inmediatamente a lo que se
refería y cambié/cambiamos la versión inglesa
a: “When the summer grew too hot his sweat made pools on
the sand”. Sin embargo, no cambié el original, o
tal vez éste prefirió continuar como Dios lo había
echado al mundo.
En otro poema, El chivito marinero, fue también
la ilustración la que nos sugirió que se cambiara
el inglés y eventualmente el español. El chivito
de la ilustración estaba sonriente, lo cual le impartía
cierto encanto. La ilustración insistió silenciosa
en que se cambiara el final en ambos idiomas para que terminaran
con sonrisas. Primero cambié el inglés: “...with
grins of joy on his lips”. A la versión española
no le costó más remedio que darse por vencida y
terminó diciendo: “sonriente y con mucho amor”.
Después de estos cambios volví a mirar la ilustración
y vi picardía en la sonrisa del chivito.
Al traducir otros poemas a veces me salía
un concepto que se apartaba de la idea original pero que tenía
más valor para enseñarles un concepto provechoso
a los niños. Cuando eso sucedía, la traducción
sacaba a patadas la idea original. Fue así como en El león
del pelucón surgió el aspecto compasivo de las leonas,
descartando su aspecto original que era un tanto vengativo. El
inglés las convirtió en criaturas que unidas reclamaban
sus derechos y que solamente se proponían darle una lección
al león que se burlaba de ellas por ser tan pelonas. Esa
idea sólo estaba implícita (muy implícita)
en español. Fue con el inglés que la idea afloró
en las dos versiones. El poema ahora dice: