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TRADUCCIÓN EN ESPAÑA

 

     REVISTA DE TRADUCCIÓN
Número 5 - Marzo del 2003 - ISSN 1579-5314     
   
Pan para hoy                               
>> Blanca Rodríguez                 


No sé, querido lector, si alguna vez has pasado por tan penosa tesitura como la que hasta no hace mucho me atenazaba. Quiero creer que sí, que por más que el refranero diga que mal de muchos, consuelo de bobos, esta boba se consuela sabiéndose acompañada en sus penurias.

Decía que acabo de salir de una de esas etapas de pesadilla en las que no llega trabajo ni encomendándose a San Cucufate. Y se hincha una a enviar currículos y a responder a anuncios y a llamar a los clientes habituales en busca de un proyectito, poniendo voz de “a mí lo que me sobra es trabajo”. Que una es pobre, pero muy digna.

Y todo este tema de las vacas gordas y las vacas flacas me recuerda a mi primer año en la facultad. Porque yo, he de poner en antecedentes al lector para que no sufra un síncope o se enternezca en demasía ante mi candor juvenil, entré en la universidad pensando que los traductores –más concretamente los literarios, que a tan excelsa dedicación pensaba yo dedicarme- nadaban en billetes de diez mil pelas. Y con esa concepción andaba por estos mundos de Dios, hasta que, una noche de tertulia en casa de mi amiga Ana, su compañera de piso que a la sazón daba clases particulares de inglés y preparaba su proyecto de fin de carrera, abrió mis atónitos ojos afirmando que más valía buscarse un curro en nómina donde buenamente le dejasen a una, que de la traducción no se podía vivir, que eso era “pan para hoy y hambre para mañana”.

       Reportera luciendo palmito con
       Bardem en Puerta del Sol.

“¡Hambre para mañana!”, pensé yo, recordando las sabias palabras de mi profesora de Traducción general A>B I: “Un traductor puede no dormir, no tener vida privada ni tiempo de ocio, pero siempre debe comer bien”. ¿Y eso, con lo del hambre para mañana, cómo se casaba?

Como actualmente me gano el caldo y el ADSL como traductora autónoma, el lector adivinará fácilmente que hice más bien poco caso de la advertencia de la susodicha compañera de piso. A veces me congratulo y a veces me arrepiento. Me congratulo cuando un miércoles cualquiera, mientras mis amigos y familiares reniegan amarrados al duro banco, yo dedico la mañana a ver películas antiguas y a la tarde me doy un baño de espuma. Me arrepiento cuando el jueves tengo que trabajar 16 horas, o cuando una semana después no he vuelto a recibir trabajo.

Y así ando, como Alejandro Sanz, con el corazón partío. O como Ana Belén, que entre dos amores iba a la deriva: me debato entre el amor de hacer de mi capa un sayo y tomarme, por ejemplo, vacaciones de estudiante en Navidad, y el dulce placer de tener una nómina que domiciliar para que el banco me regale una tostadora y una práctica y elegante manta de viaje.

Si es que tendría que haber seguido las inclinaciones teatrales del díscolo de mi tío y, como Ana Belén, haberme hecho actriz. Así al menos lo de pasar hambre sería por contrato y podría lucir palmito en las manifestaciones al lado de Bardem, que ese sí que está cada día más comestible. Para algo tengo estudios de interpretación, ¿o no eran de esos?


Blanca Rodriguez (bl.rod@alen-sl.es - www.blanca-rodriguez.com), jefa de redacción de esta revista es, entre otras cosas, vocal de la AGPTI (Asociación Galega de Profesionais da Traducción e a Interpretación), traductora autónoma de inglés/portugués > español/gallego/catalán y localizadora de páginas web y material multimedia. Además, tiene aspiraciones de escritora y diseñadora web aficionada.