No sé, querido lector, si alguna vez has pasado por tan
penosa tesitura como la que hasta no hace mucho me atenazaba.
Quiero creer que sí, que por más que el refranero
diga que mal de muchos, consuelo de bobos, esta boba se consuela
sabiéndose acompañada en sus penurias.
Decía que acabo de salir de una de esas etapas
de pesadilla en las que no llega trabajo ni encomendándose
a San Cucufate. Y se hincha una a enviar currículos y a
responder a anuncios y a llamar a los clientes habituales en busca
de un proyectito, poniendo voz de “a mí lo que me
sobra es trabajo”. Que una es pobre, pero muy digna.
Y todo este tema de las vacas gordas y las vacas
flacas me recuerda a mi primer año en la facultad. Porque
yo, he de poner en antecedentes al lector para que no sufra un
síncope o se enternezca en demasía ante mi candor
juvenil, entré en la universidad pensando que los traductores
–más concretamente los literarios, que a tan excelsa
dedicación pensaba yo dedicarme- nadaban en billetes de
diez mil pelas. Y con esa concepción andaba por estos mundos
de Dios, hasta que, una noche de tertulia en casa de mi amiga
Ana, su compañera de piso que a la sazón daba clases
particulares de inglés y preparaba su proyecto de fin de
carrera, abrió mis atónitos ojos afirmando que más
valía buscarse un curro en nómina donde buenamente
le dejasen a una, que de la traducción no se podía
vivir, que eso era “pan para hoy y hambre para mañana”.
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Reportera
luciendo palmito con
Bardem en Puerta del
Sol. |
“¡Hambre para mañana!”,
pensé yo, recordando las sabias palabras de mi profesora
de Traducción general A>B I: “Un traductor puede
no dormir, no tener vida privada ni tiempo de ocio, pero siempre
debe comer bien”. ¿Y eso, con lo del hambre para
mañana, cómo se casaba?
Como actualmente me gano el caldo y el ADSL como
traductora autónoma, el lector adivinará fácilmente
que hice más bien poco caso de la advertencia de la susodicha
compañera de piso. A veces me congratulo y a veces me arrepiento.
Me congratulo cuando un miércoles cualquiera, mientras
mis amigos y familiares reniegan amarrados al duro banco, yo dedico
la mañana a ver películas antiguas y a la tarde
me doy un baño de espuma. Me arrepiento cuando el jueves
tengo que trabajar 16 horas, o cuando una semana después
no he vuelto a recibir trabajo.
Y así ando, como Alejandro Sanz, con el corazón
partío. O como Ana Belén, que entre dos amores iba
a la deriva: me debato entre el amor de hacer de mi capa un sayo
y tomarme, por ejemplo, vacaciones de estudiante en Navidad, y
el dulce placer de tener una nómina que domiciliar para
que el banco me regale una tostadora y una práctica y elegante
manta de viaje.
Si es que tendría que haber seguido las inclinaciones
teatrales del díscolo de mi tío y, como Ana Belén,
haberme hecho actriz. Así al menos lo de pasar hambre sería
por contrato y podría lucir palmito en las manifestaciones
al lado de Bardem, que ese sí que está cada día
más comestible. Para algo tengo estudios de interpretación,
¿o no eran de esos?
Blanca Rodriguez (bl.rod@alen-sl.es
- www.blanca-rodriguez.com),
jefa de redacción de esta revista es, entre otras cosas,
vocal de la AGPTI (Asociación Galega de Profesionais
da Traducción e a Interpretación), traductora
autónoma de inglés/portugués > español/gallego/catalán
y localizadora de páginas web y material multimedia.
Además, tiene aspiraciones de escritora y diseñadora
web aficionada.