El traductor entre la realidad y la soledad
>> Leandro Wolfson
Entrevista a José Martínez de Sousa
>> M. Barbero
El timonel ilusorio
>> Margarita Montalvo
Pan para hoy
>> Blanca Rodríguez
La abogada del diablo: 60 minutos (sin Nicholas Cage)
>> Isabel Hoyos
La calamitosa preparación de intérpretes de conferencia en España
>> Sergio Viaggio
Traducción, cultura y modas
>> Fernando Pérez Montero
Editorial
Cartas al director
Historia de la traducción
>> Alberto Ballestero
De buen rollo
>> Álex Kramer 
Herramientas para traductores
>> Sergi Álvarez y Ramón Ordax
Reseñas
>> Fer Vidal y Pilar Saslow
Sección bibliográfica
>> Fer Vidal
Escríbenos
Suscripciones
Colaboradores

 

Página albergada gratuítamente por


RED ESPAÑOLA DE I+D

 


TRADUCCIÓN EN ESPAÑA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     REVISTA DE TRADUCCIÓN
Número 5 - Marzo del 2003 - ISSN 1579-5314     
   
Historia de la traducción
                        >> Alberto Ballestero


Barroco y traducción.


Aristóteles


Camôes


Horacio


Lucano


Ovidio


Séneca


Tácito


Virgilio

Los Siglos de Oro españoles (XVI y XVII), también denominados Renacimiento y Barroco, suelen presentarse como dos épocas contrapuestas de la historia literaria, cuando en realidad la labor iniciada en el siglo XVI no hace sino continuarse y profundizarse en la centuria siguiente.

La primera prueba del interés por indagar en los intríngulis de la lengua es el Tesoro de la lengua castellana o española, escrito entre 1606 y 1610 por Covarrubias con el fin de investigar las etimologías, aunque el libro incluye también neologismos y extranjerismos. Para Covarrubias “traduzir” es “bolver la sentencia de una lengua en otra, como traduzir de italiano o de francés algún libro en castellano”.

Sin embargo, define la traducción como “Esta mesma obra, y tradutor, el autor della. Si esto no se haze con primor y prudencia, sabiendo igualmente las dos lenguas, y trasladando en algunas partes no conforme a la letra pero según el sentido, sería lo que dixo un hombre sabio y crítico, que aquello era verter, tomándolo en sinificación de derramar y echar a perder. Esto advirtió bien Horacio, en su Arte poética, diziendo: Nec verbum verbo curabis reddere fidus Interpres.”

La traducción en la España del siglo XVII, escribe Ruiz Casanova, es fiel reflejo de los intereses de los clasicistas y preceptistas, y de la necesidad de seguir manteniendo el ideal imitativo. Muchos poetas traducen e incluso publican sus obras con traducciones de autores griegos y latinos anejas.

A pesar de todo, la opinión sobre los traductores no era muy favorable, pues eran considerados corruptores de la lengua castellana y deturpadores de las obras que traducen, cuando no ingenuos dedicados a una tarea imposible. Cervantes presenta el Quijote como una traducción de un original árabe y define la traducción como “tapices vueltos al revés”.

En el siglo XVII traducen poetas, gramáticos, preceptistas y espontáneos de toda clase, principalmente del latín y el griego, aunque también hubo quien dedico su tiempo al italiano, catalán y portugués. Traducir era signo de dedicación filológica y literaria de primera clase y de ahí el interés de unos y otros.

Uno de los traductores más importante y arrumbado al mismo tiempo es el valenciano Vicente Mariner de Alagón, quien tradujo obras griegas al latín y al castellano, obras latinas al castellano y obras castellanas y la poesía de Ausiàs March al latín. Mariner nació en el último tercio del siglo XVI y murió antes de mediados del XVII. Se calcula que tradujo unas 140.000 páginas desde su puesto como bibliotecario de El Escorial, entre ellas la Poética y la Retórica de Aristóteles.

Sin embargo, ninguna de sus traducciones fue impresa, Pellicer y Saforcada no lo incluye en su Ensayo de una bibliotheca de traductores españoles y su interés por traducir “cualquier cosa romance” al castellano le llevó a ser el primer “traductor inverso” de la literatura española tras convertir las doscientas veintiocho octavas de la Fábula de Faetón (del conde de Villamediana) en hexámetros latinos.

Otro poeta, alabado en su día por el propio Cervantes como traductor del Aminta (de Torquato de Tasso), es Juan de Jáuregui, que también tradujo la Farsalia de Lucano y al que se dio más valor de lo que posteriormente se demostró que tenía.

Juan de Tassis, conde de Villamediana, también dedicó algunos esfuerzos a la traducción libre o parafrástica de dos autores: el italiano Marino y el portugués Camôes. Del primero tradujo los 552 versos de la Fábula de Europa, que se convirtieron en 732 más 58 de la dedicatoria. Del segundo cuatro o cinco sonetos.

Aunque es más conocido por su obra original que por sus traducciones, Francisco de Quevedo también es un traductor considerable, aunque siempre hay quien duda de su conocimiento de las lenguas clásicas e incluso sospecha que algunas puedan ser plagios de otras realizadas por otros autores. Pablo Antonio de Tarsia, su primer biógrafo, dice que estudió, latín, griego, italiano, hebreo, francés y árabe con tanto primor que casi las dominaba tanto como el castellano, pero Pablo Jauralde, su mejor biógrafo actual, escribe que era excelente en latín, bastante bueno en griego, que intentó dominar el hebreo y que estaba familiarizado con la lectura del francés y el italiano.

Entre las obras que tradujo encontramos las Lágrimas de Jeremías castellanas (del hebreo), Anacreón castellano (del griego), Noventa epístolas de Séneca (del latín), El Rómulo de Malvezzi (del italiano) o la Introducción a la vida devota de Francisco de Sales (del francés).

Uno de los autores más traducido en el siglo XVII es Tácito, quizá por ser uno de los más leídos entre 1613 y 1629. Emmanuel Sueyro es el primero en editar las obras de Tácito (Amberes, 1613), luego fue Baltasar Álamos de Barrientos quien publicó el Tácito español ilustrado con aforismos (Madrid, 1614) y un año más tarde Antonio de Herrera Tordesillas hizo lo propio con los Anales. Carlos Coloma también imprimió su traducción en 1629 y Juan Alfonso de Lancina dio a las prensas la última del siglo en 1687.

Los clásicos, que tanta atención merecieron en la centuria, vieron la luz en castellano desde Virgilio hasta Ovidio, pasando por Aristóteles, Séneca, Horacio, Tertuliano o Estacio. José Pellicer de Ossau Salas y Tobar tradujo entre otras obras La Eneida y dominaba el hebreo, el griego, el latín, el italiano y el francés.

Con menos suerte y mayor ignorancia, fray Antonio de Moya atracó a Virgilio, especialmente Las Églogas que publicó con seudónimo (suponemos que por vergüenza) y el siguiente frontispicio en la portada: Obras de Publio Virgilio Marón, Concordado en latín artificial, en latín natural, en lengua castellana, de prosa y verso, y en notas latinas.

La primera versión castellana de las epístolas de San Jerónimo se la debemos a Francisco López Cuesta, cuyas ideas sobre la traducción concuerdan con las del autor en cuanto que concibe la traducción como una forma de hacer llegar los textos a quienes no pueden leerlos en la lengua original, aunque ello pueda suponer algunas pérdidas con respecto al original.

Otra primera versión de esta época se la debemos a Alonso Ordóñez das Seijas y Tobar, que puso la Poética de Aristóteles en castellano en 1626, quizá el texto clásico que más influyó en la preceptiva literaria de este siglo.

Un aspecto poco estudiado de este siglo, que explica muchas de las traducciones del español al francés, es la proliferación de gramáticas, diccionarios, tesoros y métodos publicados en Francia como consecuencia del interés por la lengua española, algunas reeditadas hasta en veinte ocasiones y algunos de cuyos autores son César Oudin, Jean Pallet, Claude Jaussin, Antoine Fabre o Jean Doujat.

 

EL PERSONAJE: Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645)

Francico de Quevedo y Villegas

Dicen los biógrafos que Quevedo nació, probablemente, el 17 de septiembre de 1580 en Madrid. Sus padres, Pedro Gómez de Quevedo y María de Santibáñez, ocupaban puestos de confianza en la corte, pero cuando contaba seis años murió su padre.

De su época de estudios en la Universidad de Alcalá de Henares (1596-1600) conserva la amistad con Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, y se traslada a la corte de Valladolid hasta hacerse un nombre en el mundo de las letras. En 1606, la corte vuelve a Madrid y Quevedo con ella, pero es en 1613 cuando viaja a Palermo para servir a su amigo el duque de Osuna, que sería Virrey de Nápoles, hasta 1618.

Sus pleitos por conseguir el señorío de la Torre de Juan Abad tuvieron resultados positivos, pero también sirvieron para desterrarlo allí cuando el duque de Osuna fue procesado, incluso fue encarcelado en Uclés durante un tiempo.

En 1624 viaja junto a la corte a Andalucía y en 1626 a Aragón. Unos meses más tarde, aparecen impresas sin autorización en Zaragoza dos obras suyas: Política de Dios y El Buscón. Cinco años más tarde, tras alguna denuncia ante la Inquisición y la proliferación de ediciones piratas, publica Juguetes de la niñez, revisados y censurados. También se publican ahora las obras poéticas de Fray Luis de León, con dedicatoria a Olivares (redactada en 1629), y Francisco de la Torre.

Antonio Juan Luis de la Cerda, duque de Medinaceli, le representó en las capitulaciones matrimoniales con Esperanza Mendoza, señora de Cetina, con quien se casó de mala gana en 1634 y de la que se separó pocos meses después.

En 1634 publica La cuna y la sepultura y la traducción de La introducción a la vida devota de Francisco de Sales. En esta época desarrolla una gran actividad literaria; de entre 1633 y 1635 datan obras como De los remedios de cualquier fortuna, el Epicteto, Virtud militante, Las cuatro fantasmas, la segunda parte de Política de Dios, la Visita y anatomía de la cabeza del cardenal Richelieu o la Carta a Luis XIII

Al año siguiente se publica el libelo contra Quevedo titulado Tribunal de la justa venganza y cuatro años después es detenido en casa del duque de Medinaceli y conducido al convento de San Marcos de León, donde permanecerá encarcelado hasta junio de 1643, cinco meses después de la caída de Olivares. En este tiempo escribe La Rebelión de Barcelona y Providencia de Dios.

En noviembre de 1644, con la salud muy deteriorada, se retira a La Torre de Juan Abad. Publica el Marco Bruto y La caída para levantarse. Prepara en este tiempo la edición de su poesía y el 8 de septiembre de 1645 muere en Villanueva de los Infantes.

 

Bibliografía

Cabo Aseguinolaza, Fernando: Francisco de Quevedo Villegas: QQQ (Qué Quevedo Quieres) www.usc.es/~quevd/docs/vida.html

Ruiz Casanova, José Francisco: Aproximación a una historia de la traducción en España, Madrid: Cátedra, 2000, 535 págs.