Barroco y traducción.

Aristóteles

Camôes
Horacio

Lucano

Ovidio

Séneca

Tácito

Virgilio
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Los Siglos de Oro españoles (XVI y XVII),
también denominados Renacimiento y Barroco, suelen presentarse
como dos épocas contrapuestas de la historia literaria,
cuando en realidad la labor iniciada en el siglo XVI no hace sino
continuarse y profundizarse en la centuria siguiente.
La primera prueba del interés por indagar
en los intríngulis de la lengua es el Tesoro de la
lengua castellana o española, escrito entre 1606 y
1610 por Covarrubias con el fin de investigar las etimologías,
aunque el libro incluye también neologismos y extranjerismos.
Para Covarrubias “traduzir” es “bolver la sentencia
de una lengua en otra, como traduzir de italiano o de francés
algún libro en castellano”.
Sin embargo, define la traducción como “Esta
mesma obra, y tradutor, el autor della. Si esto no se haze con
primor y prudencia, sabiendo igualmente las dos lenguas, y trasladando
en algunas partes no conforme a la letra pero según el
sentido, sería lo que dixo un hombre sabio y crítico,
que aquello era verter, tomándolo en sinificación
de derramar y echar a perder. Esto advirtió bien Horacio,
en su Arte poética, diziendo: Nec verbum verbo curabis
reddere fidus Interpres.”
La traducción en la España del siglo
XVII, escribe Ruiz Casanova, es fiel reflejo de los intereses
de los clasicistas y preceptistas, y de la necesidad de seguir
manteniendo el ideal imitativo. Muchos poetas traducen e incluso
publican sus obras con traducciones de autores griegos y latinos
anejas.
A pesar de todo, la opinión sobre los traductores
no era muy favorable, pues eran considerados corruptores de la
lengua castellana y deturpadores de las obras que traducen, cuando
no ingenuos dedicados a una tarea imposible. Cervantes presenta
el Quijote como una traducción de un original árabe
y define la traducción como “tapices vueltos al revés”.
En el siglo XVII traducen poetas, gramáticos,
preceptistas y espontáneos de toda clase, principalmente
del latín y el griego, aunque también hubo quien
dedico su tiempo al italiano, catalán y portugués.
Traducir era signo de dedicación filológica y literaria
de primera clase y de ahí el interés de unos y otros.
Uno de los traductores más importante y
arrumbado al mismo tiempo es el valenciano Vicente Mariner de
Alagón, quien tradujo obras griegas al latín y al
castellano, obras latinas al castellano y obras castellanas y
la poesía de Ausiàs March al latín. Mariner
nació en el último tercio del siglo XVI y murió
antes de mediados del XVII. Se calcula que tradujo unas 140.000
páginas desde su puesto como bibliotecario de El Escorial,
entre ellas la Poética y la Retórica
de Aristóteles.
Sin embargo, ninguna de sus traducciones fue impresa,
Pellicer y Saforcada no lo incluye en su Ensayo de una bibliotheca
de traductores españoles y su interés por traducir
“cualquier cosa romance” al castellano le llevó
a ser el primer “traductor inverso” de la literatura
española tras convertir las doscientas veintiocho octavas
de la Fábula de Faetón (del conde de Villamediana)
en hexámetros latinos.
Otro poeta, alabado en su día por el propio
Cervantes como traductor del Aminta (de Torquato de Tasso),
es Juan de Jáuregui, que también tradujo la Farsalia
de Lucano y al que se dio más valor de lo que posteriormente
se demostró que tenía.
Juan de Tassis, conde de Villamediana, también
dedicó algunos esfuerzos a la traducción libre o
parafrástica de dos autores: el italiano Marino y el portugués
Camôes. Del primero tradujo los 552 versos de la Fábula
de Europa, que se convirtieron en 732 más 58 de la
dedicatoria. Del segundo cuatro o cinco sonetos.
Aunque es más conocido por su obra original
que por sus traducciones, Francisco de Quevedo también
es un traductor considerable, aunque siempre hay quien duda de
su conocimiento de las lenguas clásicas e incluso sospecha
que algunas puedan ser plagios de otras realizadas por otros autores.
Pablo Antonio de Tarsia, su primer biógrafo, dice que estudió,
latín, griego, italiano, hebreo, francés y árabe
con tanto primor que casi las dominaba tanto como el castellano,
pero Pablo Jauralde, su mejor biógrafo actual, escribe
que era excelente en latín, bastante bueno en griego, que
intentó dominar el hebreo y que estaba familiarizado con
la lectura del francés y el italiano.
Entre las obras que tradujo encontramos las Lágrimas
de Jeremías castellanas (del hebreo), Anacreón
castellano (del griego), Noventa epístolas de
Séneca (del latín), El Rómulo de
Malvezzi (del italiano) o la Introducción a la
vida devota de Francisco de Sales (del francés).
Uno de los autores más traducido en el siglo
XVII es Tácito, quizá por ser uno de los más
leídos entre 1613 y 1629. Emmanuel Sueyro es el primero
en editar las obras de Tácito (Amberes, 1613), luego fue
Baltasar Álamos de Barrientos quien publicó el Tácito
español ilustrado con aforismos (Madrid, 1614) y un
año más tarde Antonio de Herrera Tordesillas hizo
lo propio con los Anales. Carlos Coloma también
imprimió su traducción en 1629 y Juan Alfonso de
Lancina dio a las prensas la última del siglo en 1687.
Los clásicos, que tanta atención
merecieron en la centuria, vieron la luz en castellano desde Virgilio
hasta Ovidio, pasando por Aristóteles, Séneca, Horacio,
Tertuliano o Estacio. José Pellicer de Ossau Salas y Tobar
tradujo entre otras obras La Eneida y dominaba el hebreo,
el griego, el latín, el italiano y el francés.
Con menos suerte y mayor ignorancia, fray Antonio
de Moya atracó a Virgilio, especialmente Las Églogas
que publicó con seudónimo (suponemos que por vergüenza)
y el siguiente frontispicio en la portada: Obras de Publio
Virgilio Marón, Concordado en latín artificial,
en latín natural, en lengua castellana, de prosa y verso,
y en notas latinas.
La primera versión castellana de las epístolas
de San Jerónimo se la debemos a Francisco López
Cuesta, cuyas ideas sobre la traducción concuerdan con
las del autor en cuanto que concibe la traducción como
una forma de hacer llegar los textos a quienes no pueden leerlos
en la lengua original, aunque ello pueda suponer algunas pérdidas
con respecto al original.
Otra primera versión de esta época
se la debemos a Alonso Ordóñez das Seijas y Tobar,
que puso la Poética de Aristóteles en castellano
en 1626, quizá el texto clásico que más influyó
en la preceptiva literaria de este siglo.
Un aspecto poco estudiado de este siglo, que explica
muchas de las traducciones del español al francés,
es la proliferación de gramáticas, diccionarios,
tesoros y métodos publicados en Francia como consecuencia
del interés por la lengua española, algunas reeditadas
hasta en veinte ocasiones y algunos de cuyos autores son César
Oudin, Jean Pallet, Claude Jaussin, Antoine Fabre o Jean Doujat.
EL PERSONAJE: Francisco
de Quevedo y Villegas (1580-1645)
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Francico
de Quevedo y Villegas |
Dicen los biógrafos que Quevedo nació,
probablemente, el 17 de septiembre de 1580 en Madrid. Sus padres,
Pedro Gómez de Quevedo y María de Santibáñez,
ocupaban puestos de confianza en la corte, pero cuando contaba
seis años murió su padre.
De su época de estudios en la Universidad
de Alcalá de Henares (1596-1600) conserva la amistad con
Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, y se traslada
a la corte de Valladolid hasta hacerse un nombre en el mundo de
las letras. En 1606, la corte vuelve a Madrid y Quevedo con ella,
pero es en 1613 cuando viaja a Palermo para servir a su amigo
el duque de Osuna, que sería Virrey de Nápoles,
hasta 1618.
Sus pleitos por conseguir el señorío
de la Torre de Juan Abad tuvieron resultados positivos, pero también
sirvieron para desterrarlo allí cuando el duque de Osuna
fue procesado, incluso fue encarcelado en Uclés durante
un tiempo.
En 1624 viaja junto a la corte a Andalucía
y en 1626 a Aragón. Unos meses más tarde, aparecen
impresas sin autorización en Zaragoza dos obras suyas:
Política de Dios y El Buscón. Cinco
años más tarde, tras alguna denuncia ante la Inquisición
y la proliferación de ediciones piratas, publica Juguetes
de la niñez, revisados y censurados. También
se publican ahora las obras poéticas de Fray Luis de León,
con dedicatoria a Olivares (redactada en 1629), y Francisco de
la Torre.
Antonio Juan Luis de la Cerda, duque de Medinaceli,
le representó en las capitulaciones matrimoniales con Esperanza
Mendoza, señora de Cetina, con quien se casó de
mala gana en 1634 y de la que se separó pocos meses después.
En 1634 publica La cuna y la sepultura
y la traducción de La introducción a la vida
devota de Francisco de Sales. En esta época desarrolla
una gran actividad literaria; de entre 1633 y 1635 datan obras
como De los remedios de cualquier fortuna, el Epicteto,
Virtud militante, Las cuatro fantasmas, la segunda
parte de Política de Dios, la Visita y anatomía
de la cabeza del cardenal Richelieu o la Carta a Luis
XIII
Al año siguiente se publica el libelo contra
Quevedo titulado Tribunal de la justa venganza y cuatro
años después es detenido en casa del duque de Medinaceli
y conducido al convento de San Marcos de León, donde permanecerá
encarcelado hasta junio de 1643, cinco meses después de
la caída de Olivares. En este tiempo escribe La Rebelión
de Barcelona y Providencia de Dios.
En noviembre de 1644, con la salud muy deteriorada,
se retira a La Torre de Juan Abad. Publica el Marco Bruto
y La caída para levantarse. Prepara en este tiempo
la edición de su poesía y el 8 de septiembre de
1645 muere en Villanueva de los Infantes.