Cucarachas en versión original
En el número anterior
les conté mis aventuras con los estudiantes de traducción
y esa manía suya de preguntar siempre para qué sirven
las cosas. Hoy les hablaré de un caso clínico del
mundo de la traducción: Julio Cortázar (1914-1984).
Al tratarse de una firma
literaria de prestigio reconocido, al menos en dos continentes,
parece que cualquier cosa pudiera permitírsele, pero no
estoy seguro de que sea el único caso de neurosis traductoril
en la historia reciente.
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Una
absurda manía de buscar
cucarachas en la comida. |
Ya resulta sospechoso que
un escritor tenga lista para la imprenta su primera novela a los
nueve años, pero lo más curioso es que, después
de ser profesor de literatura francesa o investigador de la poesía
inglesa, obtenga el título de traductor público
en Argentina en sólo nueve meses, cuando es público
y notorio que los estudios de traducción, hasta la llegada
de las licenciaturas, suponían habitualmente tres años
de estudio en la universidad.
Consecuencia lógica
de esos esfuerzos inhumanos por alcanzar el título de traductor
en francés e inglés son algunas pequeñas
disfunciones mentales transitorias. En el caso que cito fueron
varias las neurosis que aquejaron al ínclito traductor,
la más curiosa de ellas una absurda manía de buscar
cucarachas en la comida. Supongo que un traductor recién
egresado de la facultad puede tener alguna que otra mala costumbre,
pero dudo que la cosa llegue tan lejos. Cortázar curó
su problema escribiendo un cuento, Circe, que luego incluyó,
como no podía ser de otra forma, en su Bestiario.
En cualquier caso, no contento
con los males que le trajo el hecho de haber estudiado traducción
en dosis tan altas, se casó con Aurora Bernárdez,
también traductora. Excuso decir que hubo divorcio de la
argentina, pero no de la traducción, tarea que siguió
ejerciendo como traductor independiente en la UNESCO.
Como, además de
traductor, Cortázar era escritor en su propia lengua, tuvo
que soportar en vida la publicación de las traducciones
de sus obras al francés, inglés o alemán,
lo que sin duda también le recordaría sus cucarachas
en versión original.
Es sabido que la paz eterna
le llegó en París, a los 70 años, víctima
de una leucemia que le hace reposar en Montparnasse para disfrute
de necrófilos literarios y traductores solidarios.