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TRADUCCIÓN EN ESPAÑA

     REVISTA DE TRADUCCIÓN
Número 5 - Marzo del 2003 - ISSN 1579-5314     
   
De buen rollo
      >> Alex Kramer


Cucarachas en versión original

En el número anterior les conté mis aventuras con los estudiantes de traducción y esa manía suya de preguntar siempre para qué sirven las cosas. Hoy les hablaré de un caso clínico del mundo de la traducción: Julio Cortázar (1914-1984).

Al tratarse de una firma literaria de prestigio reconocido, al menos en dos continentes, parece que cualquier cosa pudiera permitírsele, pero no estoy seguro de que sea el único caso de neurosis traductoril en la historia reciente.

     Una absurda manía de buscar
     cucarachas en la comida.

Ya resulta sospechoso que un escritor tenga lista para la imprenta su primera novela a los nueve años, pero lo más curioso es que, después de ser profesor de literatura francesa o investigador de la poesía inglesa, obtenga el título de traductor público en Argentina en sólo nueve meses, cuando es público y notorio que los estudios de traducción, hasta la llegada de las licenciaturas, suponían habitualmente tres años de estudio en la universidad.

Consecuencia lógica de esos esfuerzos inhumanos por alcanzar el título de traductor en francés e inglés son algunas pequeñas disfunciones mentales transitorias. En el caso que cito fueron varias las neurosis que aquejaron al ínclito traductor, la más curiosa de ellas una absurda manía de buscar cucarachas en la comida. Supongo que un traductor recién egresado de la facultad puede tener alguna que otra mala costumbre, pero dudo que la cosa llegue tan lejos. Cortázar curó su problema escribiendo un cuento, Circe, que luego incluyó, como no podía ser de otra forma, en su Bestiario.

En cualquier caso, no contento con los males que le trajo el hecho de haber estudiado traducción en dosis tan altas, se casó con Aurora Bernárdez, también traductora. Excuso decir que hubo divorcio de la argentina, pero no de la traducción, tarea que siguió ejerciendo como traductor independiente en la UNESCO.

Como, además de traductor, Cortázar era escritor en su propia lengua, tuvo que soportar en vida la publicación de las traducciones de sus obras al francés, inglés o alemán, lo que sin duda también le recordaría sus cucarachas en versión original.

Es sabido que la paz eterna le llegó en París, a los 70 años, víctima de una leucemia que le hace reposar en Montparnasse para disfrute de necrófilos literarios y traductores solidarios.