En los años que llevo en la profesión, he llegado
a dos injustas conclusiones con respecto a los clientes. La primera
es que el cliente que no sabe idiomas suele tener una opinión
bastante clara de lo que es un traductor: una persona que se sabe
muchos diccionarios de memoria y que puede decirte en un abrir
y cerrar de ojos cómo se dice lo que sea en otro idioma.
La segunda es que el cliente que sí sabe idiomas combina
la primera idea con la convicción de que traducir «no
es para tanto», y alberga considerables dudas sobre la capacidad
del traductor que plantea preguntas o que se atreve a decir que,
así de entrada, no sabe lo que significa un término.
Saco una historieta de mis recuerdos de un día
cualquiera en mi vida de traductor técnico de plantilla
en una empresa alemana. Un día feliz. El traductor está
contento porque, como relajación, le han dado una traduccioncita
bagatela: una lista de mudanzas. La tiene que meter entre un informe
sobre el ejercicio de la empresa y un folleto de cincuenta y tantas
páginas sobre poliuretanos. Menos mal, algo facilito y
tranquilo.
La lista es larga: quince o veinte páginas
a dos columnas con los nombres de todos los enseres que se lleva
a un país centroamericano un ejecutivo de la empresa. Pero
el trabajo va deprisa y corriendo. Por si hiciera falta, en la
biblioteca hay un diccionario del mueble, revistas de decoración
y un catálogo de Ikea. Los términos son fáciles:
toallas de diversas medidas, ropa de cama, mesas, mesillas, mesitas,
vasos y cristalerías, libros grandes, chicos, de arte (enciclopedias
aparte, por supuesto), ropa, ropa de señora, ropa de caballero,
ropa de niños... Es como jugar al diccionario, y como no
hace falta concentrarse, puede uno perderse en ensoñaciones.
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¿Será
impresión mía, o los ejecutivos solteros detallan
con esmero especial el número y el
color de zapatos y de corbatas? |
Es muy fácil distinguir cuándo la
lista la ha hecho el marido, medito. En las listas preparadas
por las mujeres destaca la meticulosidad con que se relaciona
el número de bragas, de calzoncillos, de bodies, de sujetadores,
de panties, los pares de calcetines y los patucos de las criaturas.
Los hombres escriben «ropa interior», y les parece
suficiente. ¿Será impresión mía, o
los ejecutivos solteros detallan con esmero especial el número
y el color de zapatos y de corbatas? Tres pares de zapatos marrones,
cuatro pares de zapatos negros (con cordones), dos pares de zapatos
negros (sin cordones), cinco pares de zapatos azules, cuatro pares
de botines negros, seis pares de botines marrones (dos con velcro)...
Esto daría para un estudio sociológico, pero mejor
lo dejo.
Sigo con la lista («¿Para qué
se llevarán los esquís a Guatemala? Tengo que mirar
en la enciclopedia, a ver si se puede esquiar por ahí.
¿Y las bicis de cicloturismo? Les van a sacar coplas cuando
los vean pasearse por allí en bici, con gorrita, pantalón
corto y cara de guiris») y la tengo terminada en un pispás.
Ha habido que remodelar un poco para especificar que no se llevan
seis sofás (las autoridades aduaneras son muy tiquismiquis
con estos artículos repetidos porque creen que se trata
de importaciones que luego se venden), sino un sofá, un
sofá cama, un tresillo, un sillón de tres plazas,
otro de dos plazas y un sillón de lectura. Ya está
casi todo. Sólo hay un término que se resiste. Vaya,
tanto tiempo viviendo en Alemania, pero esto no lo había
oído nunca.
— Oye, ¿qué es un Rondowringler?—.
La pregunta es para la colega italiana con la que comparto oficina.
— ¿Un qué? Ni idea. Nie gehört. *
— Sale en una lista de mudanza. Un Rondowringler.
— ¿Y qué aspecto tiene?
— No tengo foto. Ya te digo que es una lista de mudanza.
He mirado en los catálogos de muebles, pero no encuentro
nada.
Búsqueda infructuosa por parte de la italiana en todas
sus enciclopedias. Ella suele negarse a que la terminología
se le resista, pero tiene que darse por vencida, tras buscar en
varios libros y dos bancos de datos.
— Vamos a preguntarle a Antonio—. Es una mujer solidaria.
Salimos del despacho y golpeamos la puerta de al lado.
El traductor de portugués es una enciclopedia viviente.
Además, lleva 30 años en Alemania y debe de tener
en su casa todos los cachivaches habidos y por haber. Pero también
frunce el ceño.
— ¿Rondowringler? Eso no lo conozco. ¿Seguro
que está bien escrito? ¿Dices que está en
una lista de mudanza?
— Ahora le preguntaré al cliente si no encuentro
nada, pero antes quería asegurarme de que no era un término
conocido.
— ¿Puede ser un escurridor o una máquina para
escurrir? Un Wringer industrial, vamos. Sin ele.
— Ya lo había pensado, pero no puede ser porque está
en el salón, entre la vitrina y el equipo estereofónico.
Seguimos el paseo por el departamento. Los tres colegas ingleses
se hacen repetir el término tres veces y a continuación
manifiestan su más flemático asombro. Keine
Ahnung. El escocés pregunta si es un mueble o una
máquina, y cuánto vale (los artículos de
la lista vienen todos con precio). La italiana se parte de risa
porque el escocés ha preguntado el precio, y la francesa
se parte de risa al vernos llegar en peregrinación.
— No lo he oído en mi vida. Pero no busques más.
Quítalo de la lista y ya está. No merece la pena
molestarse tanto por una palabra.
— No puedo quitarlo. Vale tres mil quinientos marcos [casi
trescientas mil pesetas de las de antes], y si no va en la lista,
el seguro no lo cubre.
El portugués me llama en el pasillo.
— He buscado en mis fichas y no viene. También he
llamado a mi mujer. Ella tampoco lo conoce.
Me voy hartando un poco. Le pregunto hasta a la secretaria, que
se está tomando un bocadillo de arenques (¡Puaj!
Son las once de la mañana).
— Un Wringler, no sé, pero un Wringer
debe de ser algo que sirva para auswringen. Para escurrir,
ya sabe.
— Pero esto es un Rondowringler. Y está
en el salón. Y vale un montón de dinero. No puede
ser un escurridor. Además, un escurridor sería más
bien una Wringmaschine, ¿no?
Se encoge de hombros y la salsa de los arenques le resbala por
la barbilla.
Vuelta a la oficina. Nueva búsqueda de alternativas. Rondo-Wringler.
Rondowringer. Rondowrangler. Rundwringler. Rangler. Ringer. Ringler.
Wrongler... Acudo a la supervisora.
— Me sale esta palabra y no la encuentro. ¿La conoce
usted?
— ¿Ha buscado ya en x, en y, en z, en a y en b? ¿Sí?
Consultaré al terminólogo alemán.
El terminólogo alemán tampoco sabe nada. El caso
es que llevo más de una hora con una miserable palabra
que nadie conoce, ni siquiera en alemán. Me decido a preguntarle
al cliente. Llamo a la oficina que tiene en la fábrica.
Los clientes importantes nunca están en sus oficinas, sino
que delegan en sus poderosas secretarias. Las secretarias de los
altos directivos en las grandes empresas son el equivalente a
los arcángeles en la corte celestial; por el tono de voz,
ésta con la que hablo ahora lleva espada flamígera,
como San Miguel.
Para las secretarias de dirección alemanas hay un mundo
superior en el que están sus jefes. Y otro mundo, inferior
y muy por debajo de ellas, en el que están traductores
y demás morralla de la sociedad..
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El doctor
Nosecómo está en una reunión. Puede dejarme
el recado y, si tiene tiempo, la llamará la semana
próxima. |
—El doctor Nosecómo está en
una reunión. Puede dejarme el recado y, si tiene tiempo,
la llamará la semana próxima.
—Es una consulta referente a la lista de mudanza para su
traslado. La lista tiene que ir hoy a la aseguradora y hay un
pequeño detalle que tengo que aclarar. ¿Podría
darme su teléfono privado, para que hable con su esposa
y le haga a ella la consulta?
—(Voz gélida) No estoy autorizada a dar el teléfono
privado del doctor Nosecómo. ¿Es usted de la aseguradora?
—Soy del departamento de traducción—. Por su
resoplido, entiendo que mi demanda habría sido más
interesante de haber sido yo del departamento jurídico.
—Estoy traduciendo la lista de mudanza al español.
Hay un término que desconozco y tengo que aclararlo para
poder pasar la lista al departamento jurídico.
—¿Un término español? ¿No dice
que es del departamento de traducción?
—Un término alemán. En la lista hay un artículo
que no conozco y necesito saber qué es para poder traducirlo.
—Para eso tendrá usted que consultar con el traductor
del departamento de traducción. Puedo darle el teléfono.
—Yo soy el traductor de español del departamento
de traducción. La palabra con la que tengo problemas es
una palabra en alemán. Rondowringler—. Lo
digo con rapidez, para no darle tiempo a pensar que soy la vergüenza
de mi profesión por no conocer todas las palabras alemanas
del mundo.
—¿Cómo? Deletréelo, por favor.
—R-o-n-d-o-w-r-i-n-g-l-e-r—. Richard, Otto, Nordpol,
Dora y ya se sabe.
—Ah, Rondowringler—. La esperanza hace que
me palpite el corazón.
—Sí. ¿Puede decirme qué es?
—Está mal escrito. Espere. Tengo aquí la lista
manuscrita del doctor Nosequé— . Mientras ella revuelve
papeles con veneración, yo casi estallo en júbilo.
—Tiene que ser Rondo-Wringler, con un guión.
Mi gozo en un pozo.
—¿Y puede decirme qué significa?
—¿Qué significa el qué?
—La palabra Rondo-Wringler.
—Debe ser un término técnico.
—No puede ser un término técnico. Es un objeto
que está en la sala de estar del doctor Nosequé,
entre la vitrina y el equipo estereofónico—. Me parece
que le molesta un poco mi familiar alusión a la sala de
estar de su jefe.
—Lo lamento, no puedo ayudarla porque el español
no es mi especialidad—. La cursiva casi se oye en su retintín.
—¿Lo ha buscado en el diccionario? Ponga la traducción
de Rondo-Wringler que venga en el diccionario y con eso
será suficiente.
—Esa palabra no viene en el diccionario. Y no parece que
sea un término usual en alemán. Por eso quiero preguntárselo
al doctor Nosequé o a su esposa.
—Comprenderá que el doctor Nosequé es un hombre
muy ocupado y no puedo molestarlo sólo por una palabra
que usted no sabe traducir. ¿No hay traductores especializados
en su departamento?—. La secretaria está irritada,
pero yo lo estoy más.
—Yo soy el traductor especializado—. La buena mujer
enarca las cejas (supongo) y chasquea la lengua (oigo). Y sigo.
—Pero usted también comprenderá que me es
imposible traducir al español un término alemán
que, aparentemente, todo el mundo desconoce. ¿No sabe usted
tampoco lo que puede ser un Rondo-Wringler?
Hice mal al ponerla entre la espada y la pared.
Me merecía la respuesta que me dio, reconozco que me la
merecía:
—Oiga, yo no tengo porqué saberlo. Usted sabrá
lo que es un Rondo-Wringler. Al fin y al cabo, usted
es traductora, ¿no?
*
En alemán en el original, por supuesto.
Epílogo
para curiosos
El doctor Nosequé
tuvo la condescendencia de llamarme al día siguiente y
darme el número de su esposa (él no se ocupaba de
esos asuntos domésticos y no, no sabía de qué
le estaba yo hablando). Frau Nosequé, en cambio, me hizo
la más magnífica descripción de su Rondo-Wringer
(«Ah, disculpe, me parece que le puse una letra de más.
Pero no importa, ¿verdad?»), una antigua máquina
de escurrir ropa con dos rodillos de madera que ella había
heredado de su abuela y que le servía de decoración
sui géneris en el salón. La había asegurado
por tres mil marcos porque, «estos aparatos antiguos ya
no se encuentran. Éste, concretamente, es de la firma Rondo.
Una auténtica joya».
M. Barbero (linterna@forolengua.com)
nació en Cartagena, estudió Filología en
Salamanca y desde 1986 se dedica a la traducción, con
incursiones intermitentes en la enseñanza de español
y alemán. En abril del 2001 fundó la lista de
distribución Trabaj-lenguas, que cuenta actualmente con
unos 1.850 miembros y que está dedicada a la recopilación
de ofertas de trabajo y anuncios de interés para profesionales
de la lengua española.
Participa en varios foros de Internet y reconoce abiertamente
su preferencia por Apuntes, la lista de correo de la Agencia
EFE, una de las más cañeras y salerosas de esos
cibermundos de Dios.