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     REVISTA DE TRADUCCIÓN
Número 6 - Junio del 2003 - ISSN 1579-5314     
   
Historia de la traducción
                                          >> Alberto Ballestero

 


Ilustración y traducción.

Continuando con la glosa de la Aproximación a la historia de la traducción en España del profesor José Francisco Ruiz Casanova, nos acercamos al siglo XVIII, donde encontramos las luchas contra los galicismos, tan frecuentes en esta época de gran contacto entre las culturas española y francesa. Juan Pablo Forner habla de “corrupción de la lengua” y responsabiliza de los extranjerismos a los traductores.

También es época de auge para las publicaciones destinadas al aprendizaje de lenguas, sobre todo métodos y diccionarios bilingües. Un ejemplo de ello es el “Arte de traducir el idioma francés al castellano” de Antonio de Capmany, quien sostiene que la traducción literal no es posible y que sólo desde el conocimiento profundo de dos lenguas es posible hacer una buena traducción.

La discusión sobre la impureza de la lengua y la responsabilidad de los traductores llevó al académico Bernardo de Iriarte a proponer en 1763 la creación de una Academia de Traductores, complementaria de la Real Academia Española, con el fin de vigilar y regular lo que ya entonces era considerado un “oficio”: traducir libros. De donde se deduce que en el siglo XVIII, la traducción tenía una dedicación profesional. El otro Iriarte, Tomás, aboga en Desengaño de malos traductores por una traducción mitad literal mitad libre. Sin embargo, cuando firma con seudónimo (Arnaldo Filonoo), critica la epidemia de malas traducciones, realizadas por doctos e indoctos indistintamente.

José Cadalso habla de traductores e imitadores de los extranjeros y critica el desconocimiento que estos tienen de su lengua materna y que les lleva a introducir extranjerismos de todas las lenguas, con el fraude que ello supone para la lengua original y la incrustación de elementos extraños en la castellana. Todo ello invita a los jóvenes a prescindir del estudio de su lengua materna y a fijar su atención en las lenguas extranjeras.

José Vargas Ponce, en su Declamación contra los abusos introducidos en el castellano, califica la traducción como “un oficio, un comercio, una manía, un furor, una epidemia y una temeridad y avilantez”. Al mismo tiempo critica que la Historia de España que aprenden los jóvenes sea a través del Compendio de la Historia de España de André Duchesne, traducido por José Francisco de Isla.

Otro nombre ilustre de la teoría de la traducción en el siglo XVIII es Joseph de Covarrubias, que formula ideas tan curiosas como estas: a) no debe tocarse el orden de las cosas y pensamientos; b) debe conservarse el orden de los conceptos; c) se deben conservar los periodos aunque sean muy largos; d) deben conservarse todas las conjunciones; e) hay que colocar los adverbios junto a los verbos… y termina diciendo que todo lo anterior se puede obviar si “el sentido lo exige para la claridad, o el sentimiento para la viveza, o la armonía para el agrado.”

En opinión de Ruiz Casanova, los cinco rasgos que caracterizan la traducción ilustrada son: 1) las lenguas traducidas: francés, clásicas, italiano, inglés y alemán; 2) el debate entre la corrupción extranjera y el neologismo necesario; 3) la discusión sobre la pobreza del vocabulario científico castellano que obstaculiza la creciente traducción científica desde 1719; 4) la incidencia del mercado editorial en la demanda de traducciones, así como en la traducción de obras teatrales; y 5) la influencia de la preceptiva literaria en la teoría y práctica de la traducción.

Especialmente notable en esta época es el Ensayo de una Bibliotheca de Traductores Españoles de Juan Antonio Pellicer y Saforcada, que por vez primera considera la traducción desde el punto de vista filológico e histórico al mismo tiempo, aunque no exento de limitaciones.

Entre los traductores ilustres de la época encontramos a Leandro Fernández de Moratín vertiendo a Horacio, Molière, Voltaire, Otway,… a Ignacio de Luzán, que traduce del griego, latín, italiano y francés o a Francisco Patricio de Berguizas, traductor de las obras poéticas de Píndaro.

Esto supone otorgar al traductor capacidades
de censor, corrector y adaptador.

A las ideas anteriormente expuestas sobre la teoría de la traducción en esta centuria, hay que añadir la concepción de la traducción como vehículo de ideas para favorecer la función didáctico-moral que algunos atribuían a la literatura. Esto supone otorgar al traductor capacidades de censor, corrector y adaptador. De ahí que en muchas obras puedan leerse referencias a las traducciones “mejoradas” o “nacionalizadas”, es decir con los nombre de los personajes y lugares acomodados a los de nuestro país.

La idea de que España se estaba convirtiendo en una “nación de traductores” viajaba paralela a la profesionalización de la traducción y a la preocupación por la metodología de trabajo para evitar errores. Uno de los aspectos más estudiados es la traducción en verso de obras poéticas.

Las lenguas de las que se traduce al español, tradicionalmente las clásicas, el italiano y el francés, ven irrumpir al inglés como lengua comercial, sobre todo en la segunda mitad del siglo, así como el interés por traducir con versiones en otras lenguas a la vista. Si miramos a los autores más traducidos, vemos que Horacio es el autor latino más traducido del siglo.

Fuente: Ruiz Casanova, José Francisco: Aproximación a una historia de la traducción en España, Madrid: Cátedra, 2000, 535 págs.

 

EL PERSONAJE: Leandro Fernández de Moratín (1760–1828)

       Leandro Fernández de Moratín

A pesar de ser hijo de literato, o quizá por ello, Leandro Fernández de Moratín tuvo una formación autodidacta tanto en lo literario como en lo traductoril. Mientras se iniciaba en el mundo literario en compañía de los amigos de su padre trabajaba como empleado en una joyería y gracias a su amistad con Jovellanos pudo viajar por Francia como secretario del político y conomista Francisco Cabarrús.
Tras regresar a España, consiguió ayuda económica del ministro Floridablanca y de Manuel Godoy, así como rentas eclesiásticas sin tener una vinculación real con la Iglesia. La protección de Godoy le permitió abandonar la joyería y dedicarse a la literatura y poder viajar por Europa entre 1792 y 1796. Su prolongada estancia en las cortes europeas le facilitó el contacto con la vida teatral de Inglaterra, Francia e Italia, que será fundamental para completar su formación como dramaturgo.
Moratín llegó a Londres en 1792 sin saber una palabra de inglés y dos años más tarde ya tenía lista para la imprenta la traducción de Hamlet en prosa. No se atrevió a traducirla en verso y aplicó alguna de las prácticas traductoras de la época, tales como suprimir alusiones sexuales o expresiones soeces, ya fuera por deseo de embellecer el texto de Shakespeare o por miedo a la censura.
En 1796 es nombrado Secretario de la Interpretación de Lenguas, lo que le permite iniciar una etapa de prosperidad, simultánea con sus momentos de mayor creatividad teatral, que culminarán en 1806 con el estreno de El sí de las niñas. En 1803 estrenó El barón y, al año siguiente, La mojigata, que tuvieron una aceptable acogida. Su gran éxito vendría en 1806 con El sí de las niñas, comedia que culmina su corta producción dramática original.
Anteriormente había adaptado a la escena española La escuela de los maridos y El médico a palos, de Molière, a quien él consideraba como su maestro, junto a Goldoni. La Guerra de la Independencia le llevó a colaborar con las tropas invasores y en 1812 huyó de Madrid a Valencia y de allí a Barcelona hasta finalizar la guerra. Después abandonó España en 1817 y camino de Montpellier, París y Bolonia. La restauración de 1820 le permitió regresar a Barcelona, pero una epidemia le obligó a marcharse a Bayona y ya no volvió a España.
Los últimos años los pasó en Burdeos y París, completó el manuscrito de Orígenes del teatro español y fue recogiendo y retocando los textos para la edición parisiense de sus Obras dramáticas y líricas (1825). Esta edición es el testamento de Moratín, junto con un extenso epistolario que refleja la soledad y tristeza de los últimos años de un individuo abatido por las circunstancias adversas.

Fuente: Gullón, Ricardo (dir.), Diccionario de Literatura Española e Hispanoamericana, Madrid: Alianza, 1993.