Ilustración y traducción.
Continuando con la glosa de la Aproximación
a la historia de la traducción en España del
profesor José Francisco Ruiz Casanova, nos acercamos al
siglo XVIII, donde encontramos las luchas contra los galicismos,
tan frecuentes en esta época de gran contacto entre las
culturas española y francesa. Juan Pablo Forner habla de
“corrupción de la lengua” y responsabiliza
de los extranjerismos a los traductores.
También es época de auge para las
publicaciones destinadas al aprendizaje de lenguas, sobre todo
métodos y diccionarios bilingües. Un ejemplo de ello
es el “Arte de traducir el idioma francés al castellano”
de Antonio de Capmany, quien sostiene que la traducción
literal no es posible y que sólo desde el conocimiento
profundo de dos lenguas es posible hacer una buena traducción.
La discusión sobre la impureza de la lengua
y la responsabilidad de los traductores llevó al académico
Bernardo de Iriarte a proponer en 1763 la creación de una
Academia de Traductores, complementaria de la Real Academia
Española, con el fin de vigilar y regular lo que ya entonces
era considerado un “oficio”: traducir libros. De donde
se deduce que en el siglo XVIII, la traducción tenía
una dedicación profesional. El otro Iriarte, Tomás,
aboga en Desengaño de malos traductores por una
traducción mitad literal mitad libre. Sin embargo, cuando
firma con seudónimo (Arnaldo Filonoo), critica la epidemia
de malas traducciones, realizadas por doctos e indoctos indistintamente.
José Cadalso habla de traductores e imitadores
de los extranjeros y critica el desconocimiento que estos tienen
de su lengua materna y que les lleva a introducir extranjerismos
de todas las lenguas, con el fraude que ello supone para la lengua
original y la incrustación de elementos extraños
en la castellana. Todo ello invita a los jóvenes a prescindir
del estudio de su lengua materna y a fijar su atención
en las lenguas extranjeras.
José Vargas Ponce, en su Declamación
contra los abusos introducidos en el castellano, califica
la traducción como “un oficio, un comercio, una manía,
un furor, una epidemia y una temeridad y avilantez”. Al
mismo tiempo critica que la Historia de España que aprenden
los jóvenes sea a través del Compendio de la
Historia de España de André Duchesne, traducido
por José Francisco de Isla.
Otro nombre ilustre de la teoría de la traducción
en el siglo XVIII es Joseph de Covarrubias, que formula ideas
tan curiosas como estas: a) no debe tocarse el orden de las cosas
y pensamientos; b) debe conservarse el orden de los conceptos;
c) se deben conservar los periodos aunque sean muy largos; d)
deben conservarse todas las conjunciones; e) hay que colocar los
adverbios junto a los verbos… y termina diciendo que todo
lo anterior se puede obviar si “el sentido lo exige para
la claridad, o el sentimiento para la viveza, o la armonía
para el agrado.”
En opinión de Ruiz Casanova, los cinco rasgos
que caracterizan la traducción ilustrada son: 1) las lenguas
traducidas: francés, clásicas, italiano, inglés
y alemán; 2) el debate entre la corrupción extranjera
y el neologismo necesario; 3) la discusión sobre la pobreza
del vocabulario científico castellano que obstaculiza la
creciente traducción científica desde 1719; 4) la
incidencia del mercado editorial en la demanda de traducciones,
así como en la traducción de obras teatrales; y
5) la influencia de la preceptiva literaria en la teoría
y práctica de la traducción.
Especialmente notable en esta época es el
Ensayo de una Bibliotheca de Traductores Españoles
de Juan Antonio Pellicer y Saforcada, que por vez primera considera
la traducción desde el punto de vista filológico
e histórico al mismo tiempo, aunque no exento de limitaciones.
Entre los traductores ilustres de la época
encontramos a Leandro Fernández de Moratín vertiendo
a Horacio, Molière, Voltaire, Otway,… a Ignacio de
Luzán, que traduce del griego, latín, italiano y
francés o a Francisco Patricio de Berguizas, traductor
de las obras poéticas de Píndaro.
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Esto supone
otorgar al traductor capacidades
de censor, corrector y adaptador. |
A las ideas anteriormente expuestas sobre la teoría
de la traducción en esta centuria, hay que añadir
la concepción de la traducción como vehículo
de ideas para favorecer la función didáctico-moral
que algunos atribuían a la literatura. Esto supone otorgar
al traductor capacidades de censor, corrector y adaptador. De
ahí que en muchas obras puedan leerse referencias a las
traducciones “mejoradas” o “nacionalizadas”,
es decir con los nombre de los personajes y lugares acomodados
a los de nuestro país.
La idea de que España se estaba convirtiendo
en una “nación de traductores” viajaba paralela
a la profesionalización de la traducción y a la
preocupación por la metodología de trabajo para
evitar errores. Uno de los aspectos más estudiados es la
traducción en verso de obras poéticas.
Las lenguas de las que se traduce al español,
tradicionalmente las clásicas, el italiano y el francés,
ven irrumpir al inglés como lengua comercial, sobre todo
en la segunda mitad del siglo, así como el interés
por traducir con versiones en otras lenguas a la vista. Si miramos
a los autores más traducidos, vemos que Horacio es el autor
latino más traducido del siglo.
Fuente: Ruiz Casanova, José Francisco: Aproximación
a una historia de la traducción en España,
Madrid: Cátedra, 2000, 535 págs.
EL PERSONAJE: Leandro
Fernández de Moratín (1760–1828)
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Leandro
Fernández de Moratín |
A pesar de ser hijo de literato, o quizá
por ello, Leandro Fernández de Moratín tuvo una
formación autodidacta tanto en lo literario como en lo
traductoril. Mientras se iniciaba en el mundo literario en compañía
de los amigos de su padre trabajaba como empleado en una joyería
y gracias a su amistad con Jovellanos pudo viajar por Francia
como secretario del político y conomista Francisco Cabarrús.
Tras regresar a España, consiguió ayuda económica
del ministro Floridablanca y de Manuel Godoy, así como
rentas eclesiásticas sin tener una vinculación real
con la Iglesia. La protección de Godoy le permitió
abandonar la joyería y dedicarse a la literatura y poder
viajar por Europa entre 1792 y 1796. Su prolongada estancia en
las cortes europeas le facilitó el contacto con la vida
teatral de Inglaterra, Francia e Italia, que será fundamental
para completar su formación como dramaturgo.
Moratín llegó a Londres en 1792 sin saber una palabra
de inglés y dos años más tarde ya tenía
lista para la imprenta la traducción de Hamlet en prosa.
No se atrevió a traducirla en verso y aplicó alguna
de las prácticas traductoras de la época, tales
como suprimir alusiones sexuales o expresiones soeces, ya fuera
por deseo de embellecer el texto de Shakespeare o por miedo a
la censura.
En 1796 es nombrado Secretario de la Interpretación de
Lenguas, lo que le permite iniciar una etapa de prosperidad, simultánea
con sus momentos de mayor creatividad teatral, que culminarán
en 1806 con el estreno de El sí de las niñas. En
1803 estrenó El barón y, al año siguiente,
La mojigata, que tuvieron una aceptable acogida. Su gran éxito
vendría en 1806 con El sí de las niñas, comedia
que culmina su corta producción dramática original.
Anteriormente había adaptado a la escena española
La escuela de los maridos y El médico a palos, de Molière,
a quien él consideraba como su maestro, junto a Goldoni.
La Guerra de la Independencia le llevó a colaborar con
las tropas invasores y en 1812 huyó de Madrid a Valencia
y de allí a Barcelona hasta finalizar la guerra. Después
abandonó España en 1817 y camino de Montpellier,
París y Bolonia. La restauración de 1820 le permitió
regresar a Barcelona, pero una epidemia le obligó a marcharse
a Bayona y ya no volvió a España.
Los últimos años los pasó en Burdeos y París,
completó el manuscrito de Orígenes del teatro español
y fue recogiendo y retocando los textos para la edición
parisiense de sus Obras dramáticas y líricas (1825).
Esta edición es el testamento de Moratín, junto
con un extenso epistolario que refleja la soledad y tristeza de
los últimos años de un individuo abatido por las
circunstancias adversas.
Fuente: Gullón, Ricardo (dir.), Diccionario
de Literatura Española e Hispanoamericana, Madrid:
Alianza, 1993.