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TRADUCCIÓN EN ESPAÑA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     REVISTA DE TRADUCCIÓN
Número 7 - Octubre del 2003 - ISSN 1579-5314     
   
La abogada del diablo: Bailando con Lobas
                                                      >> Isabel Hoyos                

 

Saludos a todos los amables lectores.

Me han cedido este espacio para que les cuente algo que me sucedió hace poco. Bueno, en realidad creo que ha sido para que me calle, porque llevo dos semanas dando la tabarra a todo el equipo de redacción, y cuando quiero puedo ser muy persistente (dice la Jefa de redacción que, cuando leyó por primera vez este párrafo, no pudo evitar asentir vigorosamente con la cabeza).

Tengo apenas 25 añitos y soy traductora, elección lógica, ya que desde pequeña hablo el idioma de papá (inglés), el de mamá (italiano) y el del lugar en el que ambos se conocieron y donde nacimos mis hermanos y yo (español). Como quien dice, acabo de terminar la carrera, pero no creo que eso sea un crimen. Intento abrirme camino en este mundo que yo creía apasionante y ahora veo que es una selva en la que algunos piensan que todo vale.

Inmediatamente la subí a un (inmerecido)
pedestal.

Yo soy de las que siguen a rajatabla su propio código deontológico, lo cual no tiene mucho mérito, porque en realidad consta de dos “mandamientos”: el primero, ser honesta con los clientes; el segundo, no fastidiar a los colegas. Ya, soy una pánfila, pero creía que esas dos normas básicas, y concretamente la segunda, las cumplíamos todos. Ahora he descubierto que eso no es cierto. Así me ha ido. Y es que, cuando se juega en ligas distintas, es natural que pasen cosas como ésta...

Conocí a Judith en una reunión de la asociación de traductores de la que diligentemente me había hecho socia, e inmediatamente la subí a un (inmerecido) pedestal. A ver, tengo que decir en mi defensa que cualquiera habría picado. Se trataba de una traductora famosa en los foros de Internet, con muchos años de experiencia a sus espaldas y, al parecer, con una nutrida cartera de clientes. Cuando la miraba, me decía a mí misma: “de mayor, quiero ser como ella (aunque no tan fea, si es posible)”. Todos parecían conocerla y respetarla, parecía tan profesional, con un aura casi mística...

Así, cuando Judith, como moderno arcángel, se prestó a mostrarme los misterios de la profesión en la que yo empezaba, apenas si podía dar crédito a mi buena suerte. “Tú hazme caso y llegarás lejos”, me vaticinó; poco después me llamó y me dijo que iba a presentarme a un cliente suyo. Casi me quedé sin respiración: mis clientes se podían contar con los dedos de la mano... y sobraban tres. Cuando finalmente hablé con el cliente de Judith, no permití que mi alegría se amargara por la tarifa tan baja que me ofreció (“es normal”, me dije, “no quieren arriesgarse con una recién licenciada”). No me malinterpreten: yo no soy de las que se venden baratas, ya entonces tenía una idea muy realista de las tarifas del mercado, y esta que me ofrecían rozaba el límite de lo razonable, pero decidí arriesgarme. El cliente me dio el primer trabajo poco después e hice la traducción a gusto de todos. Judith, al ver que su cliente quedaba contento, me presentó a otras dos agencias. Aquella mujer parecía realmente un ángel. Di un paso que parecía lógico: abrí mi casa y mi alma a Judith, con lo que se inició una relación que yo creía de amistad.

Entonces tuve mi primer encuentro con el mundo real. Un día, charlando con un compañero de promoción, le hablé de Judith y se echó las manos a la cabeza. Primero fue muy sutil: “cuidado con ella, que tiene mala fama”, pero tres cervezas después, se le soltó la lengua y olvidó todo atisbo de diplomacia y sutileza; me contó que había rumores de que Judith solía enterarse de las tarifas de los colegas y ofrecerse más barata a las agencias para las que éstos trabajaban, que a su amigo Santi no le había pagado una traducción subcontratada (y yo pensaba: “algo habrá hecho Santi”), me advirtió de su fama de ”chupóptera”, de aprovecharse de los colegas y de sonsacar información para su propio provecho... “Además, es muy mala traductora, en cualquiera de sus combinaciones, pero como tiene muchos contactos...” No creí ni media palabra. Envidia cochina, pensé (si esto fuera una película, llegados a este punto del relato, me verían darme de cabezazos contra la pared más cercana).

             Cuando comencé a leer el trabajo, los
             ojos se me salieron de sus órbitas.

Así, cuando el cliente de Judith me dio un nuevo trabajo, esta vez de revisión, lo acepté encantada. Cual fue mi sorpresa al recibir el mensaje en el que me indicaban que, ya que éramos amigas, la traductora (Judith) me enviaría directamente el trabajo. Después he sabido que no es práctica habitual en la mayoría de las agencias, pero entonces no me pareció raro. Lo que sí me extrañó fue que Judith hubiera hecho una traducción con esa combinación (italiano-inglés), que para mí era natural como el beber agua, pero no tanto para ella, cuyas combinaciones habituales eran, según ella, inglés-español, español-inglés y alemán-español. Aquello no hizo sino aumentar mi respeto hacia ella (“qué fiera”, me decía, “qué calladito lo tenía”).

Claro que lo tenía calladito. Pronto descubriría que para Judith todas las combinaciones eran “habituales”. Recibí el archivo con un día de retraso sobre la fecha prevista, algo que me trastornó toda la planificación, pero que no comuniqué a la agencia (siguiendo, por supuesto, instrucciones de Judith). Cuando comencé a leer el trabajo, los ojos se me salieron de sus órbitas: aquello era un bodrio difícilmente digerible. Dispuesta a creer que todo se trataba de un lamentable error, la llamé por teléfono y tímidamente le dije que creía que se había equivocado al enviarme el archivo. Pero no había error, no se trataba de una versión preliminar, aunque, sinceramente, habría sido penosa hasta para eso. Ahí empezó una delirante e instructiva conversación, en la que descubrí que Judith se consideraba capacitada para hacer traducciones en cualquier combinación, siempre que el idioma le “sonase” un poco. Así, dos veranos de vacaciones en Italia le bastaban para declarar, sin asomo de sonrojo, que el italiano era muy fácil y que ella podía hacer tranquilamente una traducción del italiano al inglés. Cuando una Judith de voz severa y llena de autoconfianza me advirtió: “nena, antes de cambiar nada, consúltamelo, y cuando el cliente te pregunte, di que todo estaba muy bien”, empecé a ver claro por qué me habían asignado el proyecto y por qué Judith me estaba presentando a sus clientes: para ella era una garantía el que yo revisase sus textos, así todo quedaba “en casa”.

Correré un tupido velo acerca de los tres días de pesadilla que tardé en revisar (y casi volver a traducir) las 10.000 palabras traducidas o, más bien, perpetradas. Tres días de llamadas telefónicas controladoras y agobiantes, tres días de llantinas y berrinches (míos, claro; ella estaba tan ancha). Finalmente, entregué el trabajo. Durante un tiempo me debatí entre mis dos principios: ¿Cómo conciliar aquí el ser honesta con el cliente, con no fastidiar a mi colega?. Opté por un corporativismo mal entendido; nuestro común cliente jamás se enteró de la ínfima calidad de la traducción de Judith.

Intento alejarme de semejantes alimañas, que ahora que
sé detectarlas, parecen salir de debajo de las piedras.

A partir de entonces, he prestado atención a cuanto me han querido contar de mi “amiga”, y he descubierto que tiene un nutrido y bien informado club de “anti-fans”. Las barbaridades que cuentan de ella no tienen fin, pero sigue siendo alguien famoso en los foros y asociaciones, sigue teniendo ese aura de respetabilidad, y nadie se atreve a quitársela en público. Como ya dije, soy joven y, añado, de natural bondadoso. He sido incapaz de enfrentarme a mis miedos y no he sabido cómo decirle a Judith que no quiero volver a colaborar con ella, aunque intento por todos los medios alejarme profesionalmente de semejante alimaña, y de otras parecidas, que ahora que sé detectarlas, parecen salir de debajo de las piedras.

He intentado extraer una moraleja de toda esta historia, algo nada fácil. Por un lado, he llegado yo solita a la conclusión de que, como decía, si juegas en ligas distintas, difícilmente puedes aplicar las mismas normas: es decir, que con gente como Judith, no hay corporativismo que valga, lo mejor es poner siempre por delante los intereses del cliente. También he llegado a la conclusión de que no debo permitir que la paranoia me venza, porque por cada Judith de este mundillo seguro que hay como mínimo otras cien personas como yo, e incluso mejores.

Espero que esta historia resulte ilustrativa para alguien. Gracias por su tiempo y por haberme permitido este pequeño desahogo. Hasta siempre,

Ana.


Nota: Aunque este relato tiene una base real, los nombres y situaciones descritos en este artículo son mera ficción, y cualquier parecido con nombres o situaciones reales es pura coincidencia.


Isabel Hoyos (www.isabelhoyos.com) no tiene 25 años (más quisiera), ni traduce del o al italiano; es traductora autónoma desde 1990 y, entre otras cosas, está especializada en el bonito arte de la “localización” de programas informáticos. En sus ratos libres escribe cuentos, artículos sobre botánica y sesudos artículos como el de esta página.