Saludos a todos los amables lectores.
Me han cedido este espacio para que les cuente algo que me sucedió
hace poco. Bueno, en realidad creo que ha sido para que me calle,
porque llevo dos semanas dando la tabarra a todo el equipo de
redacción, y cuando quiero puedo ser muy persistente (dice
la Jefa de redacción que, cuando leyó por primera
vez este párrafo, no pudo evitar asentir vigorosamente
con la cabeza).
Tengo apenas 25 añitos y soy traductora, elección
lógica, ya que desde pequeña hablo el idioma de
papá (inglés), el de mamá (italiano) y el
del lugar en el que ambos se conocieron y donde nacimos mis hermanos
y yo (español). Como quien dice, acabo de terminar la carrera,
pero no creo que eso sea un crimen. Intento abrirme camino en
este mundo que yo creía apasionante y ahora veo que es
una selva en la que algunos piensan que todo vale.
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Inmediatamente
la subí a un (inmerecido)
pedestal. |
Yo soy de las que siguen a rajatabla su propio código
deontológico, lo cual no tiene mucho mérito, porque
en realidad consta de dos “mandamientos”: el primero,
ser honesta con los clientes; el segundo, no fastidiar a los colegas.
Ya, soy una pánfila, pero creía que esas dos normas
básicas, y concretamente la segunda, las cumplíamos
todos. Ahora he descubierto que eso no es cierto. Así me
ha ido. Y es que, cuando se juega en ligas distintas, es natural
que pasen cosas como ésta...
Conocí a Judith en una reunión de la asociación
de traductores de la que diligentemente me había hecho
socia, e inmediatamente la subí a un (inmerecido) pedestal.
A ver, tengo que decir en mi defensa que cualquiera habría
picado. Se trataba de una traductora famosa en los foros de Internet,
con muchos años de experiencia a sus espaldas y, al parecer,
con una nutrida cartera de clientes. Cuando la miraba, me decía
a mí misma: “de mayor, quiero ser como ella (aunque
no tan fea, si es posible)”. Todos parecían conocerla
y respetarla, parecía tan profesional, con un aura casi
mística...
Así, cuando Judith, como moderno arcángel, se prestó
a mostrarme los misterios de la profesión en la que yo
empezaba, apenas si podía dar crédito a mi buena
suerte. “Tú hazme caso y llegarás lejos”,
me vaticinó; poco después me llamó y me dijo
que iba a presentarme a un cliente suyo. Casi me quedé
sin respiración: mis clientes se podían contar con
los dedos de la mano... y sobraban tres. Cuando finalmente hablé
con el cliente de Judith, no permití que mi alegría
se amargara por la tarifa tan baja que me ofreció (“es
normal”, me dije, “no quieren arriesgarse con una
recién licenciada”). No me malinterpreten: yo no
soy de las que se venden baratas, ya entonces tenía una
idea muy realista de las tarifas del mercado, y esta que me ofrecían
rozaba el límite de lo razonable, pero decidí arriesgarme.
El cliente me dio el primer trabajo poco después e hice
la traducción a gusto de todos. Judith, al ver que su cliente
quedaba contento, me presentó a otras dos agencias. Aquella
mujer parecía realmente un ángel. Di un paso que
parecía lógico: abrí mi casa y mi alma a
Judith, con lo que se inició una relación que yo
creía de amistad.
Entonces tuve mi primer encuentro con el mundo real. Un día,
charlando con un compañero de promoción, le hablé
de Judith y se echó las manos a la cabeza. Primero fue
muy sutil: “cuidado con ella, que tiene mala fama”,
pero tres cervezas después, se le soltó la lengua
y olvidó todo atisbo de diplomacia y sutileza; me contó
que había rumores de que Judith solía enterarse
de las tarifas de los colegas y ofrecerse más barata a
las agencias para las que éstos trabajaban, que a su amigo
Santi no le había pagado una traducción subcontratada
(y yo pensaba: “algo habrá hecho Santi”), me
advirtió de su fama de ”chupóptera”,
de aprovecharse de los colegas y de sonsacar información
para su propio provecho... “Además, es muy mala traductora,
en cualquiera de sus combinaciones, pero como tiene muchos contactos...”
No creí ni media palabra. Envidia cochina, pensé
(si esto fuera una película, llegados a este punto del
relato, me verían darme de cabezazos contra la pared más
cercana).
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Cuando
comencé a leer el trabajo, los ojos
se me salieron de sus órbitas. |
Así, cuando el cliente de Judith me dio un nuevo trabajo,
esta vez de revisión, lo acepté encantada. Cual
fue mi sorpresa al recibir el mensaje en el que me indicaban que,
ya que éramos amigas, la traductora (Judith) me enviaría
directamente el trabajo. Después he sabido que no es práctica
habitual en la mayoría de las agencias, pero entonces no
me pareció raro. Lo que sí me extrañó
fue que Judith hubiera hecho una traducción con esa combinación
(italiano-inglés), que para mí era natural como
el beber agua, pero no tanto para ella, cuyas combinaciones habituales
eran, según ella, inglés-español, español-inglés
y alemán-español. Aquello no hizo sino aumentar
mi respeto hacia ella (“qué fiera”, me decía,
“qué calladito lo tenía”).
Claro que lo tenía calladito. Pronto descubriría
que para Judith todas las combinaciones eran “habituales”.
Recibí el archivo con un día de retraso sobre la
fecha prevista, algo que me trastornó toda la planificación,
pero que no comuniqué a la agencia (siguiendo, por supuesto,
instrucciones de Judith). Cuando comencé a leer el trabajo,
los ojos se me salieron de sus órbitas: aquello era un
bodrio difícilmente digerible. Dispuesta a creer que todo
se trataba de un lamentable error, la llamé por teléfono
y tímidamente le dije que creía que se había
equivocado al enviarme el archivo. Pero no había error,
no se trataba de una versión preliminar, aunque, sinceramente,
habría sido penosa hasta para eso. Ahí empezó
una delirante e instructiva conversación, en la que descubrí
que Judith se consideraba capacitada para hacer traducciones en
cualquier combinación, siempre que el idioma le “sonase”
un poco. Así, dos veranos de vacaciones en Italia le bastaban
para declarar, sin asomo de sonrojo, que el italiano era muy fácil
y que ella podía hacer tranquilamente una traducción
del italiano al inglés. Cuando una Judith de voz severa
y llena de autoconfianza me advirtió: “nena, antes
de cambiar nada, consúltamelo, y cuando el cliente te pregunte,
di que todo estaba muy bien”, empecé a ver claro
por qué me habían asignado el proyecto y por qué
Judith me estaba presentando a sus clientes: para ella era una
garantía el que yo revisase sus textos, así todo
quedaba “en casa”.
Correré un tupido velo acerca de los tres días
de pesadilla que tardé en revisar (y casi volver a traducir)
las 10.000 palabras traducidas o, más bien, perpetradas.
Tres días de llamadas telefónicas controladoras
y agobiantes, tres días de llantinas y berrinches (míos,
claro; ella estaba tan ancha). Finalmente, entregué el
trabajo. Durante un tiempo me debatí entre mis dos principios:
¿Cómo conciliar aquí el ser honesta con el
cliente, con no fastidiar a mi colega?. Opté por un corporativismo
mal entendido; nuestro común cliente jamás se enteró
de la ínfima calidad de la traducción de Judith.
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Intento alejarme de semejantes alimañas, que ahora
que
sé detectarlas, parecen salir de debajo de las piedras. |
A partir de entonces, he prestado atención a cuanto me
han querido contar de mi “amiga”, y he descubierto
que tiene un nutrido y bien informado club de “anti-fans”.
Las barbaridades que cuentan de ella no tienen fin, pero sigue
siendo alguien famoso en los foros y asociaciones, sigue teniendo
ese aura de respetabilidad, y nadie se atreve a quitársela
en público. Como ya dije, soy joven y, añado, de
natural bondadoso. He sido incapaz de enfrentarme a mis miedos
y no he sabido cómo decirle a Judith que no quiero volver
a colaborar con ella, aunque intento por todos los medios alejarme
profesionalmente de semejante alimaña, y de otras parecidas,
que ahora que sé detectarlas, parecen salir de debajo de
las piedras.
He intentado extraer una moraleja de toda esta historia, algo
nada fácil. Por un lado, he llegado yo solita a la conclusión
de que, como decía, si juegas en ligas distintas, difícilmente
puedes aplicar las mismas normas: es decir, que con gente como
Judith, no hay corporativismo que valga, lo mejor es poner siempre
por delante los intereses del cliente. También he llegado
a la conclusión de que no debo permitir que la paranoia
me venza, porque por cada Judith de este mundillo seguro que hay
como mínimo otras cien personas como yo, e incluso mejores.
Espero que esta historia resulte ilustrativa para alguien. Gracias
por su tiempo y por haberme permitido este pequeño desahogo.
Hasta siempre,
Ana.
Nota: Aunque este
relato tiene una base real, los nombres y situaciones descritos
en este artículo son mera ficción, y cualquier parecido
con nombres o situaciones reales es pura coincidencia.
Isabel Hoyos (www.isabelhoyos.com) no tiene
25 años (más quisiera), ni traduce del o al italiano;
es traductora autónoma desde 1990 y, entre otras cosas,
está especializada en el bonito arte de la “localización”
de programas informáticos. En sus ratos libres escribe
cuentos, artículos sobre botánica y sesudos artículos
como el de esta página.