Estaba todo perfectamente organizado; medido al milímetro;
calculado al máximo... Ángeles llegaría al
aeropuerto procedente de París sobre las nueve y media. Días
antes, había contratado un coche de alquiler, así
que yo me había comprometido a recoger en el propio aeropuerto
a Javier y Catián, que llegaban entre las ocho y las nueve
de la mañana, para que nos pudiéramos ir todos juntos
a Toledo.
Me acosté inquieta ante la perspectiva de dormirme. No oigo
los despertadores si no tienen tres o cuatro campanas, y me costó
coger el sueño. Ya era tarde para reconciliarme con las BAP
(benditas ánimas del Purgatorio) que en otros tiempos nunca
me fallaron en esta materia del despertar, pero con todo, les mandé
una nota urgente a ver si colaba.
El teléfono sonó por primera vez a las siete de la
mañana. Apenas fui consciente de ello mientras veía
a mi marido levantarse y murmurar con retintín profético
de camino al despacho: "Me parece a mí, no sé
por qué, que un traductor ha perdido el avión."
Lo oí de fondo solidarizarse con alguien, prestando su hombro
amigo... Volvió a entrar por la puerta, anunciando parsimoniosamente:
"Ángeles ha perdido el avión. Que ahora te vuelve
a llamar."
Me senté en la cama y llegué al ordenador. Intenté
pensar. Busqué la lista de teléfonos móviles
que tan mimosamente había preparado durante días para
llevármela a Toledo por si alguien se perdía, y decidí
localizar a Javier y a Catián para decirles que iba a tener
que cambiar de planes e irme en un coche de línea, ya que
los estatutos los tenía yo.
Marqué el número de Catián. En esto, sonó
el teléfono. Tardé unos segundos en comprender que
alguien me estaba llamando por la otra línea.
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Su compañía
me informaba que disponía de un servicio
para avisarme de cuándo estaría el móvil
operativo. |
- Hola, he perdido el avión.
- Ya lo sé, me lo acaba de decir Santi.
- No se lo he dicho a nadie.
- ¿Catián?
- Sí.
- Creo que hay un cruce con Ángeles, que dice que ha perdido
el avión.
- No, Bea: YO he perdido el avión.
"Caray, y eso que sólo son las siete y media de la
mañana"- pensé.
Dejé a Catián intentando meterse en algún
otro transporte, e intenté localizar a Javier. La compañía
de su móvil me informaba gentilmente que disponía
de un servicio para avisarme de cuándo estaría el
móvil operativo si yo quería... Pensé que estaría
metido en el avión, y decidí llamarlo más tarde.
Llamé a Ángeles. Aunque sólo la escuchaba
por el teléfono, se entenderá que diga que estaba
visiblemente nerviosa. Me espetó unas palabras sobre la madre
del tipo de mostrador de carga, habló fatal de muchas cosas
y pegó un grito horrible.
- Bea, me he tirado el café encima. Luego te llamo, que
me acabo de abrasar.
Catián me explicaba mientras tanto de que había conseguido
hablar con alguien que avisaría a Héctor de que los
recogiera. La oí perderse en la lejanía con voz medio
ahogada:
- Díselooo a Javieeer, que me apaaaagan el móviiiil...
La imaginé presa de algún grupo enloquecido de sobrecargos
furiosos. Me di una ducha, no sin antes volver a llamar a Javier.
Su compañía telefónica me insistía en
que en cuanto el teléfono estuviera
disponible, bla, bla... Si yo quería, bla, bla... Yo no tenía
más que decirlo, bla, bla... Ángeles, mientras tanto,
se había cambiado de ropa y me volvía a llamar.
... Miré la lista de móviles. La información
es poder (poder molestar, en este caso). Sopesé llamar a
Héctor, pero no eran ni las ocho y media de la mañana
y me daba apuro. Finalmente, decidí que era el momento ideal
para presentarme, y lo saqué de la cama. Le expliqué
cómo estaban las cosas y le traspasé el encargo.
Llegué a Toledo sobre las once de la mañana. Estaba
segura de que al menos allí todo estaba bajo control. Respiré
tranquila. Todo el mundo tenía el teléfono de Alicia
de referencia y ella habría llegado pronto.
Entré en la Escuela de Traductores. Ya habían llegado
más de diez compañeros. Decidimos irnos a tomar un
cafe por hacer un poco de tiempo.
En un aparte, en la puerta, Alicia me agarró por un brazo
y me dijo:
- Bea, tenemos un problema... Me he dejado el móvil olvidado
en el coche.
... Repasé mentalmente la distancia hasta el aparcamiento,
las cuestas, las piedras, y percibí el calor que empezaba
a hacer. Recordé sobre todo, por qué diablos dejé
yo de rezar en otros tiempos a las benditas ánimas del Purgatorio
para que me despertaran: por su especial sentido el humor.
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