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TRADUCCIÓN EN ESPAÑA

 

 

 

 

     REVISTA DE TRADUCCIÓN
Número 7 - Octubre del 2003 - ISSN 1579-5314     
   
El día de autos
                                          >> Beatriz Pérez Alonso


Estaba todo perfectamente organizado; medido al milímetro; calculado al máximo... Ángeles llegaría al aeropuerto procedente de París sobre las nueve y media. Días antes, había contratado un coche de alquiler, así que yo me había comprometido a recoger en el propio aeropuerto a Javier y Catián, que llegaban entre las ocho y las nueve de la mañana, para que nos pudiéramos ir todos juntos a Toledo.

Me acosté inquieta ante la perspectiva de dormirme. No oigo los despertadores si no tienen tres o cuatro campanas, y me costó coger el sueño. Ya era tarde para reconciliarme con las BAP (benditas ánimas del Purgatorio) que en otros tiempos nunca me fallaron en esta materia del despertar, pero con todo, les mandé una nota urgente a ver si colaba.

El teléfono sonó por primera vez a las siete de la mañana. Apenas fui consciente de ello mientras veía a mi marido levantarse y murmurar con retintín profético de camino al despacho: "Me parece a mí, no sé por qué, que un traductor ha perdido el avión." Lo oí de fondo solidarizarse con alguien, prestando su hombro amigo... Volvió a entrar por la puerta, anunciando parsimoniosamente: "Ángeles ha perdido el avión. Que ahora te vuelve a llamar."

Me senté en la cama y llegué al ordenador. Intenté pensar. Busqué la lista de teléfonos móviles que tan mimosamente había preparado durante días para llevármela a Toledo por si alguien se perdía, y decidí
localizar a Javier y a Catián para decirles que iba a tener que cambiar de planes e irme en un coche de línea, ya que los estatutos los tenía yo.

Marqué el número de Catián. En esto, sonó el teléfono. Tardé unos segundos en comprender que alguien me estaba llamando por la otra línea.

Su compañía me informaba que disponía de un servicio
para avisarme de cuándo estaría el móvil operativo.

- Hola, he perdido el avión.
- Ya lo sé, me lo acaba de decir Santi.
- No se lo he dicho a nadie.
- ¿Catián?
- Sí.
- Creo que hay un cruce con Ángeles, que dice que ha perdido el avión.
- No, Bea: YO he perdido el avión.

"Caray, y eso que sólo son las siete y media de la mañana"- pensé.

Dejé a Catián intentando meterse en algún otro transporte, e intenté localizar a Javier. La compañía de su móvil me informaba gentilmente que disponía de un servicio para avisarme de cuándo estaría el móvil operativo si yo quería... Pensé que estaría metido en el avión, y decidí llamarlo más tarde.

Llamé a Ángeles. Aunque sólo la escuchaba por el teléfono, se entenderá que diga que estaba visiblemente nerviosa. Me espetó unas palabras sobre la madre del tipo de mostrador de carga, habló fatal de muchas cosas y pegó un grito horrible.

- Bea, me he tirado el café encima. Luego te llamo, que me acabo de abrasar.

Catián me explicaba mientras tanto de que había conseguido hablar con alguien que avisaría a Héctor de que los recogiera. La oí perderse en la lejanía con voz medio ahogada:

- Díselooo a Javieeer, que me apaaaagan el móviiiil...

La imaginé presa de algún grupo enloquecido de sobrecargos furiosos. Me di una ducha, no sin antes volver a llamar a Javier. Su compañía telefónica me insistía en que en cuanto el teléfono estuviera
disponible, bla, bla... Si yo quería, bla, bla... Yo no tenía más que decirlo, bla, bla... Ángeles, mientras tanto, se había cambiado de ropa y me volvía a llamar.

... Miré la lista de móviles. La información es poder (poder molestar, en este caso). Sopesé llamar a Héctor, pero no eran ni las ocho y media de la mañana y me daba apuro. Finalmente, decidí que era el momento ideal para presentarme, y lo saqué de la cama. Le expliqué cómo estaban las cosas y le traspasé el encargo.

Llegué a Toledo sobre las once de la mañana. Estaba segura de que al menos allí todo estaba bajo control. Respiré tranquila. Todo el mundo tenía el teléfono de Alicia de referencia y ella habría llegado pronto.

Entré en la Escuela de Traductores. Ya habían llegado más de diez compañeros. Decidimos irnos a tomar un cafe por hacer un poco de tiempo.

En un aparte, en la puerta, Alicia me agarró por un brazo y me dijo:

- Bea, tenemos un problema... Me he dejado el móvil olvidado en el coche.

... Repasé mentalmente la distancia hasta el aparcamiento, las cuestas, las piedras, y percibí el calor que empezaba a hacer. Recordé sobre todo, por qué diablos dejé yo de rezar en otros tiempos a las benditas ánimas del Purgatorio para que me despertaran: por su especial sentido el humor.