Idealismo,
realismo y traducción
Continuando con la glosa de la Aproximación
a la historia de la traducción en España del
profesor José Francisco Ruiz Casanova, nos acercamos al
siglo XIX, periodo en el que el debate lingüístico
se centra en las luchas entre puristas y neologistas. A los galicismos
del siglo XVIII se unen ahora anglicismos y germanismos, hasta
el punto de que Rafael María Balart elabora el primer Diccionario
de galicismos en 1855.
En general, la historia de la lingüística
en el siglo XIX se debate entre el comparatismo y el historicismo.
Del idealismo comparatista surgió la idea de crear una
lengua universal, que se materializó en 1887 con la invención
del esperanto por el médico polaco Lejzer Ludwik Zamenhof.
Idealismo y realismo dieron lugar a varias estéticas (Romanticismo,
Costumbrismo, Realismo, Naturalismo, y Modernismo) durante el
siglo XIX y en todas ellas la crítica a las malas traducciones
fue unánime. José María Blanco-White llegó
a escribir que “los traductores madrileños parecen
empeñados en convertir el idioma español en un dialecto
del francés, en una especie de patois ininteligible
a las dos naciones.”
A la crítica lingüística de
Blanco-White se suma la del sector editorial que hace, entre otros,
Mariano José de Larra porque los editores apuestan por
la traducción de obras extranjeras en lugar de por la producción
nacional y cuenta su propio caso: “Me he ajustado con un
librero para traducir del francés al castellano las novelas
de Walter Scott, que se escribieron originalmente en inglés,
y algunas de Cooper, que hablan de marina, y es materia que no
entiendo palabra. Doce reales me viene a dar por pliego de imprenta,
y el día que no traduzco no como. También suelo
traducir para el teatro la primer piececilla, buena o
mala, que se me presenta, que lo mismo pagan y cuesta menos: no
pongo mi nombre, y ya se puede hundir el teatro a silbidos la
noche de la representación.”
En este contexto, no es extraño que el pensamiento,
la literatura y el gusto literario españoles de la época
estén influidos por la literatura alemana (Schlegel, Schiller,
Hoffmann), francesa (Chateaubriand, Hugo, Dumas), norteamericana
(Cooper, Prescott) o italiana (Manzoni, Goldoni, Foscolo) y así
lo critica Benito Pérez Galdós: “Los editores
han inundado el país de un fárrago de obrillas,
notables sólo por los colorines de sus lujosas cubiertas;
la prensa tiene que recurrir de nuevo a su sistema de traducciones.”
Cronológicamente, el siglo XIX se ha divido
para su estudio en dos partes: una de 1814 a 1850 y otra de 1850
a 1890, aproximadamente, aunque el objeto de estudio son las siete
décadas que van desde 1820 hasta 1890. En lo que sí
hay acuerdo es en que las traducciones se hacen fundamentalmente
del francés, incluso en el caso de obras inglesas o alemanas,
ya que casi siempre se toma como original para traducir una versión
francesa de las mismas. De este modo, el francés se convierte
en el filtro de la comunicación de España con el
extranjero.
Todavía no existe un concepto de traducción
como creación, ni siquiera se es consciente del enriquecimiento
que supone para la cultura de llegada. Las traducciones sólo
sirven para cubrir una demanda editorial o del público
y para complementar los ingresos de quienes con talante mercenario
se dedican a la traducción, hecho que irrita a Mesonero
Romanos y escribe: “La manía de las traducciones
ha llegado a su colmo. Nuestro país, en otro tiempo tan
original, no es en el día otra cosa que una nación
de traductores.” Entre las obras traducidas por estos años
se encuentran el Robinson Crusoe de Defoe (1835), el Werther
de Goethe (1803), Nuestra Señora de París
de Hugo (1836) o las obras de Balzac, Walter Scott, Lord Byron,
Cooper, etc.
Cuando Larra escribe sus ideas sobre la traducción
sintetiza, de alguna manera, los preceptos clásicos ya
conocidos desde el siglo XV y aboga porque el traductor adapte
la obra a la lengua de llegada sin alterar el sentido, pero con
criterio de lector y crítico literario al mismo tiempo,
aunque siempre respetando el original.
En la segunda mitad del siglo, las críticas
a las traducciones vienen de la pluma de Leopoldo Alas, Clarín,
en la línea tradicional de resaltar los descuidos, la falta
de gusto estético de los traductores y la mercantilización
que hacen los editores de los textos traducidos. En el teatro
la crítica se agrava porque se traduce demasiado teatro
extranjero de baja calidad, se adapta mal a los escenarios españoles
y se modifica excesivamente el original.
Por último, anotar que Menéndez Pelayo,
en su conocida y muy recomendable Biblioteca de traductores españoles,
intenta sistematizar y estudiar las traducciones y los traductores
españoles con abundante profusión de datos biográficos
y bibliográficos, atendiendo a traductores antiguos y modernos,
laicos y religiosos, españoles y americanos, católicos
y judíos,… Describe los libros, cita partes de ellos,
comenta las erratas, compara traducciones, distingue traducciones
directas e indirectas,… Pero sobre todo defiende que el
traductor ha de estar tocado por un don (quid divinum):
el de la escritura.
Fuente: Ruiz Casanova, José Francisco: Aproximación
a una historia de la traducción en España,
Madrid: Cátedra, 2000, 535 págs.
EL PERSONAJE: Eugenio de Ochoa y Montel (1815–1872)
Eugenio de Ochoa y Montel, traductor literario especialmente
prolífico, editor de la influyente revista El Artista
(1ª época), crítico de teatro, erudito en literatura
española y universal, bibliotecario, poeta y literato estrechamente
vinculado con lo más granado del arte y la política
de su tiempo, ofrece una gran controversia sobre su lugar de nacimiento.
Oficialmente consta como nacido en Lezo (Guipúzcoa), pero
estudios recientes dicen que nació en Bayona en 1815 (murió
en Madrid en 1872), y que realmente fue hijo del abate Sebastián
de Miñano y Bedoya (1779-1862?), periodista y erudito escritor,
conocido y comprometido afrancesado de la época de Fernando
VII.
La condición de religioso del padre de Eugenio
de Ochoa le habría obligado a encontrar a alguien que diera
apellido formal a su hijo para que no apareciera ante la buena
sociedad como hijo natural, que le habría dificultado el
disfrute de la aventajada posición que su verdadero padre
podía efectivamente ofrecerle. Cuando Eugenio de Miñano
de Ochoa cumple quince años, se prepara una partida de
bautismo en la que figura como hijo de su verdadera madre y compañera
de Miñano, Agustina Francisca Montel (natural de San Sebastián,
Guipúzcoa), y de José Cristóbal de Ochoa
y Vilches (natural de La Guardia, La Rioja). Interesa explicar
su verdadero origen porque la paternidad de Miñano explica
el origen de la relación de Eugenio de Ochoa en los intereses
de palacio, que es fundamental para entender su biografía.
Miñano había sido un prominente personaje
en la corte de Fernando VII (1784-1833), lo que explica el acceso
que tuvo Eugenio de Ochoa en su infancia a pensiones y favores
de Fernando VII para estudiar en París y que después,
con María Cristina (1806-1878) como reina gobernadora y
con Isabel II (1830-1904), le llevaron a vivir pensionado en París
durante varios años de su juventud y madurez.
La figura de Eugenio de Ochoa como personaje involucrado
en la traducción resulta interesante porque es también
el joven editor responsable de la revista El Artista,
que circuló semanalmente entre junio de 1835 y abril 1836
como máximo exponente de revista artístico literaria
de calidad, órgano de propagación de los ideales
románticos y todo ello con una clara vocación gráfica.
El Artista fue un proyecto de románticos jóvenes
que supieron confeccionar una revista que podría entenderse
hoy en día como una revista de vanguardia para su tiempo;
y si bien remeda la forma y filosofía general de la revista
francesa L'Artiste, su originalidad y vocación
local supuso para algunos jóvenes artistas de su época
el único medio para ver impresas sus obras y un verdadero
órgano para difundir sus ideas.
El interés por la traducción de textos
literarios y científicos viene marcado por una infancia
influida por las enseñanzas que le daría su profesor
y protector Alberto Lista y Aragón (1775-1848), conocido
pedagogo que le infundió el gusto por las artes y las ciencias,
ampliamente reconocido en diversos puntos de su propia obra, en
su pensamiento y en su actitud rigurosa y metodológica.
Su producción como traductor de obras literarias,
no le impide verter algunos títulos científicos
o técnicos. Entre las obras técnicas que tradujo
figuran el Manual de Daguerre en 1839 y el Tratado
elemental de física de A. Privat Deschanel de 1872,
y son básicamente las únicas que ponen una nota
discordante en su producción, debida bien a los intereses
y capacidades científicas del propio traductor o bien a
trabajos profesionales que hizo para comer.
Fuentes:
Gullón, Ricardo (dir.), Diccionario de Literatura Española
e Hispanoamericana, Madrid: Alianza, 1993.
http://www.terra.es/personal/gfkurtz/DAGprin.html