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TRADUCCIÓN EN ESPAÑA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     REVISTA DE TRADUCCIÓN
Número 7 - Octubre del 2003 - ISSN 1579-5314     
   
Historia de la traducción
                                          >> Alberto Ballestero

 

Idealismo, realismo y traducción

Continuando con la glosa de la Aproximación a la historia de la traducción en España del profesor José Francisco Ruiz Casanova, nos acercamos al siglo XIX, periodo en el que el debate lingüístico se centra en las luchas entre puristas y neologistas. A los galicismos del siglo XVIII se unen ahora anglicismos y germanismos, hasta el punto de que Rafael María Balart elabora el primer Diccionario de galicismos en 1855.

En general, la historia de la lingüística en el siglo XIX se debate entre el comparatismo y el historicismo. Del idealismo comparatista surgió la idea de crear una lengua universal, que se materializó en 1887 con la invención del esperanto por el médico polaco Lejzer Ludwik Zamenhof.
Idealismo y realismo dieron lugar a varias estéticas (Romanticismo, Costumbrismo, Realismo, Naturalismo, y Modernismo) durante el siglo XIX y en todas ellas la crítica a las malas traducciones fue unánime. José María Blanco-White llegó a escribir que “los traductores madrileños parecen empeñados en convertir el idioma español en un dialecto del francés, en una especie de patois ininteligible a las dos naciones.”

A la crítica lingüística de Blanco-White se suma la del sector editorial que hace, entre otros, Mariano José de Larra porque los editores apuestan por la traducción de obras extranjeras en lugar de por la producción nacional y cuenta su propio caso: “Me he ajustado con un librero para traducir del francés al castellano las novelas de Walter Scott, que se escribieron originalmente en inglés, y algunas de Cooper, que hablan de marina, y es materia que no entiendo palabra. Doce reales me viene a dar por pliego de imprenta, y el día que no traduzco no como. También suelo traducir para el teatro la primer piececilla, buena o mala, que se me presenta, que lo mismo pagan y cuesta menos: no pongo mi nombre, y ya se puede hundir el teatro a silbidos la noche de la representación.”

En este contexto, no es extraño que el pensamiento, la literatura y el gusto literario españoles de la época estén influidos por la literatura alemana (Schlegel, Schiller, Hoffmann), francesa (Chateaubriand, Hugo, Dumas), norteamericana (Cooper, Prescott) o italiana (Manzoni, Goldoni, Foscolo) y así lo critica Benito Pérez Galdós: “Los editores han inundado el país de un fárrago de obrillas, notables sólo por los colorines de sus lujosas cubiertas; la prensa tiene que recurrir de nuevo a su sistema de traducciones.”

Cronológicamente, el siglo XIX se ha divido para su estudio en dos partes: una de 1814 a 1850 y otra de 1850 a 1890, aproximadamente, aunque el objeto de estudio son las siete décadas que van desde 1820 hasta 1890. En lo que sí hay acuerdo es en que las traducciones se hacen fundamentalmente del francés, incluso en el caso de obras inglesas o alemanas, ya que casi siempre se toma como original para traducir una versión francesa de las mismas. De este modo, el francés se convierte en el filtro de la comunicación de España con el extranjero.

Todavía no existe un concepto de traducción como creación, ni siquiera se es consciente del enriquecimiento que supone para la cultura de llegada. Las traducciones sólo sirven para cubrir una demanda editorial o del público y para complementar los ingresos de quienes con talante mercenario se dedican a la traducción, hecho que irrita a Mesonero Romanos y escribe: “La manía de las traducciones ha llegado a su colmo. Nuestro país, en otro tiempo tan original, no es en el día otra cosa que una nación de traductores.” Entre las obras traducidas por estos años se encuentran el Robinson Crusoe de Defoe (1835), el Werther de Goethe (1803), Nuestra Señora de París de Hugo (1836) o las obras de Balzac, Walter Scott, Lord Byron, Cooper, etc.

Cuando Larra escribe sus ideas sobre la traducción sintetiza, de alguna manera, los preceptos clásicos ya conocidos desde el siglo XV y aboga porque el traductor adapte la obra a la lengua de llegada sin alterar el sentido, pero con criterio de lector y crítico literario al mismo tiempo, aunque siempre respetando el original.

En la segunda mitad del siglo, las críticas a las traducciones vienen de la pluma de Leopoldo Alas, Clarín, en la línea tradicional de resaltar los descuidos, la falta de gusto estético de los traductores y la mercantilización que hacen los editores de los textos traducidos. En el teatro la crítica se agrava porque se traduce demasiado teatro extranjero de baja calidad, se adapta mal a los escenarios españoles y se modifica excesivamente el original.

Por último, anotar que Menéndez Pelayo, en su conocida y muy recomendable Biblioteca de traductores españoles, intenta sistematizar y estudiar las traducciones y los traductores españoles con abundante profusión de datos biográficos y bibliográficos, atendiendo a traductores antiguos y modernos, laicos y religiosos, españoles y americanos, católicos y judíos,… Describe los libros, cita partes de ellos, comenta las erratas, compara traducciones, distingue traducciones directas e indirectas,… Pero sobre todo defiende que el traductor ha de estar tocado por un don (quid divinum): el de la escritura.

Fuente: Ruiz Casanova, José Francisco: Aproximación a una historia de la traducción en España, Madrid: Cátedra, 2000, 535 págs.


EL PERSONAJE: Eugenio de Ochoa y Montel (1815–1872)

Eugenio de Ochoa y Montel, traductor literario especialmente prolífico, editor de la influyente revista El Artista (1ª época), crítico de teatro, erudito en literatura española y universal, bibliotecario, poeta y literato estrechamente vinculado con lo más granado del arte y la política de su tiempo, ofrece una gran controversia sobre su lugar de nacimiento. Oficialmente consta como nacido en Lezo (Guipúzcoa), pero estudios recientes dicen que nació en Bayona en 1815 (murió en Madrid en 1872), y que realmente fue hijo del abate Sebastián de Miñano y Bedoya (1779-1862?), periodista y erudito escritor, conocido y comprometido afrancesado de la época de Fernando VII.

La condición de religioso del padre de Eugenio de Ochoa le habría obligado a encontrar a alguien que diera apellido formal a su hijo para que no apareciera ante la buena sociedad como hijo natural, que le habría dificultado el disfrute de la aventajada posición que su verdadero padre podía efectivamente ofrecerle. Cuando Eugenio de Miñano de Ochoa cumple quince años, se prepara una partida de bautismo en la que figura como hijo de su verdadera madre y compañera de Miñano, Agustina Francisca Montel (natural de San Sebastián, Guipúzcoa), y de José Cristóbal de Ochoa y Vilches (natural de La Guardia, La Rioja). Interesa explicar su verdadero origen porque la paternidad de Miñano explica el origen de la relación de Eugenio de Ochoa en los intereses de palacio, que es fundamental para entender su biografía.

Miñano había sido un prominente personaje en la corte de Fernando VII (1784-1833), lo que explica el acceso que tuvo Eugenio de Ochoa en su infancia a pensiones y favores de Fernando VII para estudiar en París y que después, con María Cristina (1806-1878) como reina gobernadora y con Isabel II (1830-1904), le llevaron a vivir pensionado en París durante varios años de su juventud y madurez.

La figura de Eugenio de Ochoa como personaje involucrado en la traducción resulta interesante porque es también el joven editor responsable de la revista El Artista, que circuló semanalmente entre junio de 1835 y abril 1836 como máximo exponente de revista artístico literaria de calidad, órgano de propagación de los ideales románticos y todo ello con una clara vocación gráfica. El Artista fue un proyecto de románticos jóvenes que supieron confeccionar una revista que podría entenderse hoy en día como una revista de vanguardia para su tiempo; y si bien remeda la forma y filosofía general de la revista francesa L'Artiste, su originalidad y vocación local supuso para algunos jóvenes artistas de su época el único medio para ver impresas sus obras y un verdadero órgano para difundir sus ideas.

El interés por la traducción de textos literarios y científicos viene marcado por una infancia influida por las enseñanzas que le daría su profesor y protector Alberto Lista y Aragón (1775-1848), conocido pedagogo que le infundió el gusto por las artes y las ciencias, ampliamente reconocido en diversos puntos de su propia obra, en su pensamiento y en su actitud rigurosa y metodológica.

Su producción como traductor de obras literarias, no le impide verter algunos títulos científicos o técnicos. Entre las obras técnicas que tradujo figuran el Manual de Daguerre en 1839 y el Tratado elemental de física de A. Privat Deschanel de 1872, y son básicamente las únicas que ponen una nota discordante en su producción, debida bien a los intereses y capacidades científicas del propio traductor o bien a trabajos profesionales que hizo para comer.

Fuentes:
Gullón, Ricardo (dir.), Diccionario de Literatura Española e Hispanoamericana, Madrid: Alianza, 1993.
http://www.terra.es/personal/gfkurtz/DAGprin.html