Título: Buenas
y malas palabras
Autor: Marina Orellana
Edición:
primera, 1994 (primera reimpresión: 1998)
Editorial: Editorial
Universitaria, S.A., Santiago de Chile
ISBN: 956-11-1141-1
Las buenas palabras de Marina Orellana
Hace algunos meses, gracias a la gestión
de Fernando Vidal, recibí tres libros de la célebre
traductora chilena Marina Orellana: Glosario internacional
para el traductor, La traducción del inglés
al castellano y Buenas y malas palabras. Son tres
libros de gran interés para los traductores (sobre todo
de inglés a español) y cada uno de ellos bien merece
una reseña, pero he decidido centrarme en Buenas y
malas palabras, dejando los otros para otra ocasión.
No obstante, quiero aprovechar la oportunidad para recomendar
el Glosario internacional para el traductor, una herramienta
que considero imprescindible para cualquier traductor que trabaje
para grandes organismos internacionales (particularmente los pertenecientes
al sistema de las Naciones Unidas).
Buenas y malas palabras es un libro muy
cómodo de leer, no sólo por su estilo ameno y contenido
de gran interés para cualquier amante de la palabra escrita,
sino porque es pequeño (13 ´ 19 cm) y breve (139
páginas) y porque se compone de capítulos de apenas
una página cada uno, completamente independientes entre
sí, que pueden leerse en cinco minutos o incluso menos.
Además, es un libro muy práctico porque tiene dos
índices: el de contenidos, al principio del libro, en el
que se indican los títulos de cada capítulo y el
de «palabras, expresiones y frases tratadas», al final
del libro, que nos permite encontrar fácilmente la página
en la que éstas aparecen.
Uno de los párrafos que más me han
gustado del libro y que creo que resume la «filosofía»
de Orellana con respecto a la traducción es el siguiente:
«Si el vocablo extranjero no es estrictamente necesario
¿a qué usarlo? ¿Es que el autor quiere lucirse?
¿Demostrar que sabe un idioma extranjero? Más aún,
las palabras o frases tomadas de otro idioma no siempre representan
tecnicismos ni giros difíciles de traducir. Y si lo fueran,
muy útil sería colocar su significado entre paréntesis».
Orellana, con gran acierto, señala al lector
la necesidad de no abusar de una serie de términos cuyo
uso indiscriminado empobrece el lenguaje, como son: fuerte
(que con frecuencia ocupa indignamente el lugar de términos
más precisos como pronunciado, notable,
cuantioso, considerable, acentuado,
marcado, estrecho, íntimo, intenso,
etc.), producir (que podríamos reemplazar muchas
veces por verbos como originar, causar, suscitar,
ocurrir, dar lugar a, provocar, motivar
y otros), desarrollar (con frecuencia es preferible recurrir
a realizar, llevar a cabo, organizar,
instituir, establecer, implantar, idear,
crear, concebir, confeccionar, fabricar,
formular, elaborar, ampliar, enriquecer,
etc.), tener y hacer (que se utilizan como verbos
auxiliares muchas de forma innecesaria; por ejemplo: «tener
una duración de», en lugar de simplemente «durar»),
subrayar (que puede alternarse con acentuar,
enfatizar, destacar, resaltar, realzar,
recalcar, poner de relieve, hacer hincapié,
etc.) y algunos más. La autora de Buenas y malas palabras
comenta asimismo el problema que plantean al traductor los numerosos
falsos amigos o falsos cognados con que nos topamos con frecuencia
los traductores: versatile y versátil,
relevant y relevante, consistent y
consistente, range y rango, assume
y asumir, area y área, facilities
y facilidades, entre muchos otros. Trata también
otras cuestiones de interés para los traductores como el
abuso del gerundio y de la voz pasiva, que se deben en gran medida
a la influencia del inglés y, sobre todo, de las malas
traducciones del inglés. Buenas y malas palabras
ofrece igualmente al lector traductor múltiples opciones
para enfrentarse a determinados términos ingleses problemáticos
como, por ejemplo, feedback (retroalimentación,
realimentación, reacción, retroacción, interacción,
efecto recíproco, información recibida, comunicación
en ambos sentidos) o approach (puede traducirse por ‘enfoque’,
pero también por planteamiento, criterio, método,
modo de abordar o enfocar, punto de vista, aproximación,
orientación, actitud, sistema, tratamiento, interpretación,
etcétera).
Con frecuencia, la autora nos hace sonreír
(cuando no reír a carcajadas) con los ejemplos de mala
expresión que comenta a lo largo de todo el libro, como
el uso del término *grocería por tienda de comestibles
(grocery) en «ambientes cercanos a los Estados
Unidos y sobre todo en el Caribe» o la traducción
de grassroots por *’raíces del pasto’
(término que puede significar básico, primario,
fundamental, popular o rural, pero que nada tiene que ver con
el pasto).
Leyendo el libro de Orellana he recordado algunas
cosas que sabía pero que tenía olvidadas, he reforzado
conceptos que conocía pero que no tenía del todo
claros y he aprendido cosas como que el término gazapo,
además de ‘yerro que por inadvertencia deja escapar
quien escribe o habla’ —la única acepción
que yo conocía, lo confieso— es, según el
DRAE, un ‘conejo nuevo (sic)’ (es decir, una cría
de conejo), un ‘hombre disimulado y astuto’ y una
‘mentira o embuste’. O que redactar deriva
del verbo en latín que significa ‘compilar, poner
en orden’. Así que, mira por dónde, gracias
a Marina Orellana he aprendido que resulta muy apropiado que los
traductores (españoles) llamemos ordenador a nuestro
principal instrumento de trabajo. Y yo que había empezado
a aceptar el término computador/a…
Hablando de ordenadores y computadoras (o computadores),
conviene destacar que Marina Orellana, como chilena, se centra
más en el español que se habla en su tierra que
el de otros lugares, como España, y hace bien. Sin embargo,
cuando habla del español de España Orellana tiene
algún que otro pequeño despiste, como su afirmación
de que los españoles decimos computadoras mientras
que en Chile prevalece el género masculino: computador.
No es así. En España, de toda la vida (si se me
permite la expresión), hemos dicho ordenador,
término muy apropiado, por cierto, según acabo de
comentar. Orellana afirma asimismo que mientras que en Chile meten
los útiles de escritorio en cajones, en España utilizamos
el término gavetas. No sé si habrá
otros españoles que utilicen a menudo dicho término,
pero yo he tenido que echar mano del diccionario para comprobar
que una gaveta es un tipo de cajón, pero un cajón
al fin y al cabo, término que en absoluto resulta extraño
para el hablante español. Pocas líneas más
adelante, Orellana comenta que el refrán «buñolero
a tus buñuelos» es frecuente en España, pero
desconocido en Chile. No digo que no haya quien lo use pero yo,
la verdad, siempre había oído «zapatero a
tus zapatos». Por otro lado, algún que otro artículo
deja un poco frío al lector español como el relativo
al origen de los términos malón y maloca
que nosotros no utilizamos, aunque, desde luego, siempre es interesante
para cualquier hispanohablante aprender cómo se habla en
otros países de Hispanoamérica.
He encontrado otras equivocaciones o deslices, que
quisiera comentar con intención constructiva, ya que, en
mi opinión, no son de suficiente envergadura para empañar
la excelente calidad general del libro reseñado. Orellana,
en mi opinión, confunde la expresión inglesa state
of the art (con función nominal) con la expresión
relacionada state-of-the-art (con función adjetival).
Entre las posibles traducciones de la primera están, como
señala Orellana, ‘estado actual de la técnica’,
‘últimos adelantos de la técnica’ o
‘conocimientos actuales’. Sin embargo la expresión
de punta (por ejemplo, tecnología de punta) que
menciona Orellana no corresponde a state of the art sino
a state-of-the-art. Quizá el desliz que más
me ha llamado la atención es que en un capítulo
en el que pretende destacar la necesidad de evitar añadir
palabras superfluas al escribir, Orellana indica que es preferible
la oración «Le escribo con el objeto de solicitar
información» a «Mi interés al escribirle
es para requerir información». Estamos de acuerdo
en que la segunda frase es infumable pero, digo yo, puestos a
quitar palabras superfluas, ¿no podía haberlo dejado
en «Le escribo para solicitar información»
en lugar de «con el objeto de...»?
En un par de ocasiones (en los títulos de
dos capítulos) Orellana utiliza impropiamente el término
de origen latino versus que (según Manuel Seco) «es
copia del inglés […]. En español se dice frente
a» y, según Martínez de Sousa, es un
«anglicismo por contra, frente a».
A veces, a la autora se le va un poco la mano, como cuando sugiere
que para evitar el abuso de la palabra gran ésta
puede reemplazarse por importante en la expresión
«una gran suma de dinero». Mi opinión es que
es muy preferible escribir «una gran suma de dinero»
que «una importante suma de dinero», ya que importante,
según el DRAE, es aquello ‘que importa’ o ‘que
tiene importancia’. Una suma de dinero puede ser pequeña
y, no obstante, muy importante, y si no que se lo pregunten a
mi sobrino cuando acaba de recibir su paga semanal…
No puedo dejar de mencionar la mala impresión
que me ha causado la contraportada del libro —de la que
sin duda no es directamente responsable Marina Orellana—
en la que se muestra un descuido imperdonable en cualquier libro,
pero más aún en uno que trata sobre el buen uso
del lenguaje y que está editado por una editorial que se
dice «Universitaria». En tres breves párrafos
(poco más de 100 palabras) nos encontramos con una omisión
de una preposición, al menos un error de puntuación
(que hace incomprensible la última frase), el uso francamente
rebuscado de la frase «rutas de expresión»
cuando bastaba con expresiones, un «y/o»
absolutamente innecesario, que podía haberse quedado en
un simple o sin menoscabar en absoluto el sentido del texto y,
para rematar, el uso erróneo del término anglicanismo
en lugar de anglicismo.
Pero no quisiera que esta última crítica
(dirigida más a la editorial que a la autora del libro),
ni ninguna de las anteriores deje en el lector de esta reseña
la impresión de que este no es un libro recomendable. Al
contrario, lo considero un excelente (y muy entretenido) instrumento
para mejorar nuestro dominio de la lengua. En cuanto a los errores
o deslices señalados, el que esté libre de pecado
que tire la primera piedra.
Por último, quizá sea conveniente
advertir que, a día de hoy, este libro es difícil
de encontrar en librerías españolas. Es necesario
importarlo, con el consiguiente encarecimiento de la obra. Después
de comparar los precios del libro más el envío en
varias editoriales y librerías, la más barata para
esta compra en grupo resultó ser Torre de Papel www.torredepapel.com.ar.
Pese a haber intentado contactar directamente con la editorial
chilena (Editorial Universitaria, editorial@ctcinternet.cl),
no obtuvimos respuesta alguna. No obstante, tengo constancia de
que últimamente han enviado a España varios ejemplares
de la última edición de otra obra de esta autora,
el Glosario internacional para el traductor.