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     REVISTA DE TRADUCCIÓN
Número 7 - Octubre del 2003 - ISSN 1579-5314     
   
Reseña
      >> Héctor Quiñones


Título: Buenas y malas palabras
Autor: Marina Orellana
Edición: primera, 1994 (primera reimpresión: 1998)
Editorial: Editorial Universitaria, S.A., Santiago de Chile
ISBN: 956-11-1141-1


Las buenas palabras de Marina Orellana

Hace algunos meses, gracias a la gestión de Fernando Vidal, recibí tres libros de la célebre traductora chilena Marina Orellana: Glosario internacional para el traductor, La traducción del inglés al castellano y Buenas y malas palabras. Son tres libros de gran interés para los traductores (sobre todo de inglés a español) y cada uno de ellos bien merece una reseña, pero he decidido centrarme en Buenas y malas palabras, dejando los otros para otra ocasión. No obstante, quiero aprovechar la oportunidad para recomendar el Glosario internacional para el traductor, una herramienta que considero imprescindible para cualquier traductor que trabaje para grandes organismos internacionales (particularmente los pertenecientes al sistema de las Naciones Unidas).

Buenas y malas palabras es un libro muy cómodo de leer, no sólo por su estilo ameno y contenido de gran interés para cualquier amante de la palabra escrita, sino porque es pequeño (13 ´ 19 cm) y breve (139 páginas) y porque se compone de capítulos de apenas una página cada uno, completamente independientes entre sí, que pueden leerse en cinco minutos o incluso menos. Además, es un libro muy práctico porque tiene dos índices: el de contenidos, al principio del libro, en el que se indican los títulos de cada capítulo y el de «palabras, expresiones y frases tratadas», al final del libro, que nos permite encontrar fácilmente la página en la que éstas aparecen.

Uno de los párrafos que más me han gustado del libro y que creo que resume la «filosofía» de Orellana con respecto a la traducción es el siguiente: «Si el vocablo extranjero no es estrictamente necesario ¿a qué usarlo? ¿Es que el autor quiere lucirse? ¿Demostrar que sabe un idioma extranjero? Más aún, las palabras o frases tomadas de otro idioma no siempre representan tecnicismos ni giros difíciles de traducir. Y si lo fueran, muy útil sería colocar su significado entre paréntesis».

Orellana, con gran acierto, señala al lector la necesidad de no abusar de una serie de términos cuyo uso indiscriminado empobrece el lenguaje, como son: fuerte (que con frecuencia ocupa indignamente el lugar de términos más precisos como pronunciado, notable, cuantioso, considerable, acentuado, marcado, estrecho, íntimo, intenso, etc.), producir (que podríamos reemplazar muchas veces por verbos como originar, causar, suscitar, ocurrir, dar lugar a, provocar, motivar y otros), desarrollar (con frecuencia es preferible recurrir a realizar, llevar a cabo, organizar, instituir, establecer, implantar, idear, crear, concebir, confeccionar, fabricar, formular, elaborar, ampliar, enriquecer, etc.), tener y hacer (que se utilizan como verbos auxiliares muchas de forma innecesaria; por ejemplo: «tener una duración de», en lugar de simplemente «durar»), subrayar (que puede alternarse con acentuar, enfatizar, destacar, resaltar, realzar, recalcar, poner de relieve, hacer hincapié, etc.) y algunos más. La autora de Buenas y malas palabras comenta asimismo el problema que plantean al traductor los numerosos falsos amigos o falsos cognados con que nos topamos con frecuencia los traductores: versatile y versátil, relevant y relevante, consistent y consistente, range y rango, assume y asumir, area y área, facilities y facilidades, entre muchos otros. Trata también otras cuestiones de interés para los traductores como el abuso del gerundio y de la voz pasiva, que se deben en gran medida a la influencia del inglés y, sobre todo, de las malas traducciones del inglés. Buenas y malas palabras ofrece igualmente al lector traductor múltiples opciones para enfrentarse a determinados términos ingleses problemáticos como, por ejemplo, feedback (retroalimentación, realimentación, reacción, retroacción, interacción, efecto recíproco, información recibida, comunicación en ambos sentidos) o approach (puede traducirse por ‘enfoque’, pero también por planteamiento, criterio, método, modo de abordar o enfocar, punto de vista, aproximación, orientación, actitud, sistema, tratamiento, interpretación, etcétera).

Con frecuencia, la autora nos hace sonreír (cuando no reír a carcajadas) con los ejemplos de mala expresión que comenta a lo largo de todo el libro, como el uso del término *grocería por tienda de comestibles (grocery) en «ambientes cercanos a los Estados Unidos y sobre todo en el Caribe» o la traducción de grassroots por *’raíces del pasto’ (término que puede significar básico, primario, fundamental, popular o rural, pero que nada tiene que ver con el pasto).

Leyendo el libro de Orellana he recordado algunas cosas que sabía pero que tenía olvidadas, he reforzado conceptos que conocía pero que no tenía del todo claros y he aprendido cosas como que el término gazapo, además de ‘yerro que por inadvertencia deja escapar quien escribe o habla’ —la única acepción que yo conocía, lo confieso— es, según el DRAE, un ‘conejo nuevo (sic)’ (es decir, una cría de conejo), un ‘hombre disimulado y astuto’ y una ‘mentira o embuste’. O que redactar deriva del verbo en latín que significa ‘compilar, poner en orden’. Así que, mira por dónde, gracias a Marina Orellana he aprendido que resulta muy apropiado que los traductores (españoles) llamemos ordenador a nuestro principal instrumento de trabajo. Y yo que había empezado a aceptar el término computador/a

Hablando de ordenadores y computadoras (o computadores), conviene destacar que Marina Orellana, como chilena, se centra más en el español que se habla en su tierra que el de otros lugares, como España, y hace bien. Sin embargo, cuando habla del español de España Orellana tiene algún que otro pequeño despiste, como su afirmación de que los españoles decimos computadoras mientras que en Chile prevalece el género masculino: computador. No es así. En España, de toda la vida (si se me permite la expresión), hemos dicho ordenador, término muy apropiado, por cierto, según acabo de comentar. Orellana afirma asimismo que mientras que en Chile meten los útiles de escritorio en cajones, en España utilizamos el término gavetas. No sé si habrá otros españoles que utilicen a menudo dicho término, pero yo he tenido que echar mano del diccionario para comprobar que una gaveta es un tipo de cajón, pero un cajón al fin y al cabo, término que en absoluto resulta extraño para el hablante español. Pocas líneas más adelante, Orellana comenta que el refrán «buñolero a tus buñuelos» es frecuente en España, pero desconocido en Chile. No digo que no haya quien lo use pero yo, la verdad, siempre había oído «zapatero a tus zapatos». Por otro lado, algún que otro artículo deja un poco frío al lector español como el relativo al origen de los términos malón y maloca que nosotros no utilizamos, aunque, desde luego, siempre es interesante para cualquier hispanohablante aprender cómo se habla en otros países de Hispanoamérica.

He encontrado otras equivocaciones o deslices, que quisiera comentar con intención constructiva, ya que, en mi opinión, no son de suficiente envergadura para empañar la excelente calidad general del libro reseñado. Orellana, en mi opinión, confunde la expresión inglesa state of the art (con función nominal) con la expresión relacionada state-of-the-art (con función adjetival). Entre las posibles traducciones de la primera están, como señala Orellana, ‘estado actual de la técnica’, ‘últimos adelantos de la técnica’ o ‘conocimientos actuales’. Sin embargo la expresión de punta (por ejemplo, tecnología de punta) que menciona Orellana no corresponde a state of the art sino a state-of-the-art. Quizá el desliz que más me ha llamado la atención es que en un capítulo en el que pretende destacar la necesidad de evitar añadir palabras superfluas al escribir, Orellana indica que es preferible la oración «Le escribo con el objeto de solicitar información» a «Mi interés al escribirle es para requerir información». Estamos de acuerdo en que la segunda frase es infumable pero, digo yo, puestos a quitar palabras superfluas, ¿no podía haberlo dejado en «Le escribo para solicitar información» en lugar de «con el objeto de...»?

En un par de ocasiones (en los títulos de dos capítulos) Orellana utiliza impropiamente el término de origen latino versus que (según Manuel Seco) «es copia del inglés […]. En español se dice frente a» y, según Martínez de Sousa, es un «anglicismo por contra, frente a». A veces, a la autora se le va un poco la mano, como cuando sugiere que para evitar el abuso de la palabra gran ésta puede reemplazarse por importante en la expresión «una gran suma de dinero». Mi opinión es que es muy preferible escribir «una gran suma de dinero» que «una importante suma de dinero», ya que importante, según el DRAE, es aquello ‘que importa’ o ‘que tiene importancia’. Una suma de dinero puede ser pequeña y, no obstante, muy importante, y si no que se lo pregunten a mi sobrino cuando acaba de recibir su paga semanal…

No puedo dejar de mencionar la mala impresión que me ha causado la contraportada del libro —de la que sin duda no es directamente responsable Marina Orellana— en la que se muestra un descuido imperdonable en cualquier libro, pero más aún en uno que trata sobre el buen uso del lenguaje y que está editado por una editorial que se dice «Universitaria». En tres breves párrafos (poco más de 100 palabras) nos encontramos con una omisión de una preposición, al menos un error de puntuación (que hace incomprensible la última frase), el uso francamente rebuscado de la frase «rutas de expresión» cuando bastaba con expresiones, un «y/o» absolutamente innecesario, que podía haberse quedado en un simple o sin menoscabar en absoluto el sentido del texto y, para rematar, el uso erróneo del término anglicanismo en lugar de anglicismo.

Pero no quisiera que esta última crítica (dirigida más a la editorial que a la autora del libro), ni ninguna de las anteriores deje en el lector de esta reseña la impresión de que este no es un libro recomendable. Al contrario, lo considero un excelente (y muy entretenido) instrumento para mejorar nuestro dominio de la lengua. En cuanto a los errores o deslices señalados, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Por último, quizá sea conveniente advertir que, a día de hoy, este libro es difícil de encontrar en librerías españolas. Es necesario importarlo, con el consiguiente encarecimiento de la obra. Después de comparar los precios del libro más el envío en varias editoriales y librerías, la más barata para esta compra en grupo resultó ser Torre de Papel www.torredepapel.com.ar. Pese a haber intentado contactar directamente con la editorial chilena (Editorial Universitaria, editorial@ctcinternet.cl), no obtuvimos respuesta alguna. No obstante, tengo constancia de que últimamente han enviado a España varios ejemplares de la última edición de otra obra de esta autora, el Glosario internacional para el traductor.