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REVISTA DE TRADUCCIÓN |
Número
8 - Marzo del 2004 - ISSN 1579-5314 |
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Contrapunto
teórico a las diez etapas de Leandro Wolfson
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Sergio Viaggio
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En el último número de La linterna,
el infatigable Leandro se saca ante nosotros la tapa del cráneo
y nos permite atisbar sus humeantes neuronas de traductor literario
aplicado al espinoso mester de traducir poesía. Recordemos
el original de Eloy Flecker:
O friend unseen,
unborn, unknown,
Student of our sweet English tongue,
Read out my words at night, alone:
I was a poet, I was young.
Como, a mi modo de ver, es en este tipo de traducciones
donde triunfan y claudican las milongueras pretensiones de los
teóricos, aprovecho el lance para poner a prueba mi propia
concepción. Hela aquí resumida:
Siguiendo a García Landa, pienso que traducir
es hablar para volver a decir lo dicho en otro idioma. La definición
parece de Perogrullo, pero si le acercamos la lupa veremos que
no es tan así. Porque decir no es, en rigor, producir cadenas
de signos lingüísticos, sino producir mediante ellos
percepciones hablísticas cuyos objetos son los sentidos
directamente intendidos por los hablantes, lo que dicen “oficialmente”.
El sentido intendido directo1
acude a la testa del inminente locutor como
un precepto hablístico consistente en un contenido noético2
básicamente expresable en forma proposicional,
es decir el “mensaje” propiamente dicho, articulado
mediante signos lingüísticos. Los signos lingüísticos
se articulan con arreglo a cuatro sistemas distintos: fonomorfosintáctico,
semántica, prosódico y –agrego yo- de registro,
que el locutor ha internalizado a lo largo de su práctica
hablística y que ahora activa junto con toda una serie
de conocimientos extralingüísticos que también
lleva almacenados en su memoria alimentada a fuer de práctica
hablística. El locutor transforma ese precepto en una cadena
fónica (que puede representar gráficamente, como
estoy haciendo yo ahora) simultáneamente configurada paralingüística
y cinéticamente (o sea que “dice” también
con la manera de manejar la voz y de mover el cuerpo todo), o,
puesto a escribir esos sonidos, gráfica y tipográficamente.
Enunciado, configuración paralingüística/tipográfica
y configuración cinética/gráfica constituyen
el estímulo semiótico que –siempre en situación
social concreta y Deo volente- permitirá al interlocutor
producir un nuevo precepto hablístico cuyo objeto es el
sentido intendido por el locutor. Locutor e interlocutor se habrán
comprendido en la medida en que lo que uno quería que el
otro comprendiera y lo que el otro ha efectivamente comprendido
sean lo mismo, es decir que el sentido directamente intendido
sea idéntico al comprendido. A veces sale y a veces no,
e incluso los casos en que podemos estimar que ha salido suelen
ser empíricamente inverificables. Pero si no saliera un
número suficiente de veces, la especie habría sucumbido.
Hasta aquí, archisimplificado, García
Landa3.
Yo añado algunas cosas más. Por lo pronto, decir
es siempre producto de una motivación consciente regida
por una motivación inconsciente (decimos siempre porque,
aunque siempre hay causas que ignoramos) y de una constelación
de intenciones pragmáticas (decimos para).
Pero, además, comprender también es producto de
una motivación consciente regida por una motivación
inconsciente (porque siempre comprendemos porque
y para) que filtran y –de ser negativas-
pueden llegar a frustrar la comprensión. Y hay más:
una vez que hemos comprendido, nos sentimos de cierta manera.
La comprensión del sentido intendido directo produce en
nosotros efectos contextuales de dos tipos: cognitivos y cualitativos4
o afectivos, entre ellos los estéticos. Pero esos efectos
lo son de la comprensión noética: primero entendemos
(bien o mal) y luego –tan inmediatamente que parece que
todo sucediera a la vez- sentimos los efectos. Hablamos para producir
efectos (enterar, convencer, zalamear, insultar, conmover) y para
sentir efectos comprendemos. Ahora bien, esos efectos que buscamos
o sentimos son, muchas veces, producto de un proceso ulterior,
de una serie de metarrepresentaciones desencadenadas
por la comprensión espontánea inicial. (Me lees
y vas comprendiendo, pero esto que te digo se las trae, es complicado,
acaso te cueste aceptarlo, y la comprensión primera no
te basta, vuelves a leer, te quedas pensando, sacas conclusiones
provisionales, las confirmas, matizas o rechazas...). La comprensión
pasiva no existe. Si existiese, comprender no nos cansaría.
Y porque cuesta trabajo, buscamos el máximo rendimiento
con el mínimo esfuerzo. Es, en resumidísimas cuentas,
lo que conceptualiza la teoría de la pertinencia de Sperber
y Wilson5.
En el caso de la buena literatura, los efectos son tales que procuramos
repetirlos e intensificarlos mediante nuevos actos de comprensión
(siempre espontánea ella): volvemos a leer (o a evocar)
la cláusula, el verso, la estrofa o el poema entero.
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Y ahí arde
la traductoril Troya, porque lo dicho se puede volver a
decir de mil maneras. |
Esos efectos, además, bien que inducidos
inicialmente por la comprensión noética, son producto
decisivo de la forma poética. Y ahí arde la traductoril
Troya, porque lo dicho se puede volver a decir de mil maneras,
salvo de la manera como está dicho en
el original. La forma –incluida la forma semántica,
que es, precisamente eso: forma- no se puede reproducir. Se puede,
en el mejor de los casos imitar, y a veces ni eso (¿cómo
imitar un acróstico en chino, que no tiene letras, o el
soneto a las vocales de Rimbaud en japonés, cuyos signos
son silábicos, o en árabe, que solo tiene tres vocales?).
El gran problema no es que la poesía es intraducible sino
que es difícil traducirla para que sirva al lector de poesía,
o sea pertinentemente.
Traducir, volver a decir lo dicho, re-producir
el sentido intendido directo en una segunda lengua y en una nueva
situación social, entonces, no termina de bastar. Porque,
repito, lo dicho –y sobre todo lo dicho en literatura- no
es más que el puntapié inicial de una serie de metarrepresentaciones
(algunas intendidas por el poeta, otras específicas del
lector concreto) que, en teoría, pueden multiplicarse y
difundirse hasta el infinito con cada nuevo acto de comprensión.
Cabe añadir que cuando las metarrepresentaciones
son intendidas por el poeta, les doy el nombre de sentido
intendido indirecto. El caso más palmario es la
alegoría. Es así como lectores diferentes o el mismo
lector en diferentes ocasiones comprende el mismo Mercader
de Venecia como un alegato antirracista o un panfleto antisemita
(¡y vaya uno a saber cómo se lo planteaba el Bardo,
o sea cuál era su sentido intendido indirecto!). Cuando
estas metarrepresentaciones son acicateadas por los efectos cualitativos
producidos por los atributos formales de la verbalización
(por cierto, las metáforas no son atributos formales sino
noéticos), o encontramos una forma que funcione análogamente
o ni vale la pena intentarlo. Traducir al poeta no se agota, pues,
jamás en volver a decir lo que el poeta ha dicho. No, en
todo caso, si lo que queremos es, además, producir en nuestro
lector efectos estéticos (que, muchas veces, procuraremos
análogos a los que presumimos que sienten los lectores
del original o, menos ambiciosamente, a los que hemos sentido
nosotros), producto cada vez de toda una serie de metarrepresentaciones
inducidas por la comprensión reiterada del mismo sentido
intendido directo y potenciadas por la forma como ha sido verbalizado.
Solo que para ello ni se puede, ni es preciso,
ni conviene volver a decir todo lo dicho ni de exactamente la
misma manera. Lo que –¡ay, no siempre!- se puede,
es preciso y conviene es, de lo dicho, decir lo que hay que decir
para que la comprensión sea pertinentemente idéntica,
o sea que sea comprensión de lo que de veras cuenta, y
–si la traducción quiere ser homofuncional- con efectos
adecuadamente similares o análogos. Esa es mi idea de la
traducción, literaria o no: volver a decir de modo que,
en la nueva situación y en función de los nuevos
fines metacomunicativos de la comunicación, o sea en función
de lo que traductor y lector quieren hacer diciendo
el uno y leyendo el otro, el nuevo lector entienda a) lo que es
preciso o conveniente que entienda b) de la manera como es preciso
o conveniente que lo entienda. El traductor suele hacer suya la
intención que adivina en el poeta (en cuyo caso la identidad
pertinente que busca es entre lo que el poeta quería dar
a entender y el nuevo lector termina entendiendo), pero, en principio,
nadie lo obliga: eso es cosa suya, lo decide él mismo.
Animado, pues, de esta intención (suya sola
o suya y del poeta), le va a tocar también a él
percibir su nuevo sentido intendido y verbalizarlo de tal manera
que su comprensión produzca los efectos buscados. Pero
¿en quiénes? Casi siempre en lectores que imagina
muy parecidos a él, dotados de la misma sensibilidad, armados
de los mismos conocimientos pertinentes y animados de propósitos
similares; traduce, si lo pensamos bien, para imaginarios amigos.
Traduce para eso, sí, pero ¿por
qué? A menos que lo haga exclusivamente
por encargo (y son pocos los traductores genuinamente literarios
que solo traducen por encargo), traduce porque le gusta el texto
y le gusta traducir. La traducción literaria es, en buen
romance, una obra de amor.
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Como
un paño ajustado ciñe un cuerpo
perfecto, realzándolo
que no ocultándolo. |
Pero no se trata simplemente de traducir literatura,
sino poesía, y lo que distingue el poema que Leandro quiere
traducir es su forma marcada. El poeta ha adoptado determinadas
restricciones (metro, rima, etc.) que condicionan su decir. La
grandeza del poema estará en la forma como esas limitaciones
ciñan el decir como un paño ajustado ciñe
un cuerpo perfecto, realzándolo que no ocultándolo,
sumando a lo que deja ver el misterio de lo que insinúa.
El traductor sabe que los efectos de la comprensión de
su texto serán ellos también función de cómo
lo marque. El poeta ha escogido una “norma inicial”,
que el traductor puede o no hacer suya; pero también a
él le va a tocar adoptar una norma inicial, y, una vez
escogida, esa norma va a imponerle restricciones específicas.
El producto no puede menos de ser algo que, si
se mira bien, resultará a la vez más, menos y otra
cosa que una traducción stricto sensu. Llamo a
esto que es algo más, algo menos y otra cosa que traducción
mediación interlingüe, cuyo subtipo
central es, claro está, la traducción, pero que
puede lisa y llanamente no serlo (cuando el chiste intraducible
o pragmáticamente inaceptable se omite o se sustituye por
entero).
Esta es, bien apretada,
mi teoría. A ver si el zapatito le calza a Cenicienta.
1) Nos dice Leandro que “la breve estrofa me toca íntimamente”.
Esa tocada íntima es el efecto cualitativo de su comprensión
del poema, que pone afectivamente en marcha el motor cognitivo
que nuestro colega va a emplear para volver a decir. Añade
que la métrica y la rima, esto es, la música del
poema, penetraron en su entendimiento junto con el significado
de las palabras; le resulta imposible, entonces, discernir si
ha captado primero la regularidad métrica, la consonancia
de las rimas... o el rotundo impacto de la línea final,
que lo hermana con el poeta a través del tiempo y de
la muerte. Y tuvo la certidumbre de que ninguna traducción
lo complacería jamás que no contuviera estos dos
elementos. Yo, claro, digo que Leandro primero “entendió”
y enseguidita nomás –pero no al mismo tiempo- “sintió”,
pero poco importa, porque lo decisivo es que “parece”
que la cosa es simbiótica y así tiene que “parecer”
(nos dice Leandro y yo concuerdo) a raíz de la traducción.
2) Leandro vuelve a leer (¡oh magnífico don de
la escritura cuyo precio suele ser el olvido de la oralidad
primigenia!). Esta vez va a detenerse en la prosodia del poema
(ya lo ha entendido, ahora busca la mecánica de los efectos
cualitativos). Percibe dos tetrámetros yámbicos
(versos primero y tercero) y dos octosílabos de pie irregular.
(Yo creo que el cuarto verso también es un tetrámetro
yámbico, solo que con el primer pie invertido, como está
invertido el cuarto pie en el “To be or not to be:
that is the question” shakesperiano, pero eso es
cuestión de oído). Toma nota del esquema de las
rimas (abab). Su mente va adelantándose a la tarea de
traducir: le avisa que las rimas fáciles van a conspirar
contra el efecto que persigue... No, no es ese el camino; primero
decir, luego afectar: “Renuncio, pues, al tintineo de
los significantes y paso al plano de los contenidos”.
García Landa diría que lo noético viene
antes que lo poético.
3) Leandro compara el nuevo instrumento con el original. Sabe
que el castellano “se estira”, que “el inglés
es “consonántico y conciso” y “el castellano
mucho más vocálico y dilatado”; que “apretura
o laconismo por un lado, holgura o facundia por el otro, vuelven
impracticable cualquier equivalencia cuantitativa. Nunca un
octosílabo nuestro podría traducir un octosílabo.
Y amén de estirar el verso, lo más probable es
que haya que compendiar el contenido y aun estar dispuesto a
renunciar a matices no esenciales”. Leandro se propone
como meta, digo, la identidad pertinente entre
lo que él ha comprendido y sentido leyendo el original
y lo que espera que comprenda y sienta su lector al leer la
traducción. Con miras a ello, pasa revista a los recursos
lingüísticos que activa. Lo mueve, siempre, la intención
de conmover, pero de conmover volviendo a decir:
no quiere escribir un poema, quiere re-escribir el poema de
Flecker. Sabe que no podrá, y entonces se propone escribir
un poema que diga pertinentemente lo que dice el poema
de Flecker. Leandro no deja –porque no quiere
dejar, no porque nadie lo fuerce- de ser traductor.
4) Tras cabildeos, vacilaciones, tanteos y arrepentimientos,
percibe un posible sustituto del segundo verso. Le ha salido
endecasílabo. Lo adopta como marca fundamental, y ahora
ella encuadrará sus búsquedas siguientes. Elegido
el endecasílabo, ya no cejará hasta forjar con
él las demás soluciones.
5) Leandro se percata de las aliteraciones del primer verso
(que el combo fonomorfosemántico inglés ha servido
en bandeja al poeta, pero que el castellano le escatima al traductor).
Cualesquiera los efectos que produzca en el original, en castellano
habrá que producirlos –si es posible- de otra forma
o, paciencia, perderlos.
6) Leandro procede a hacerse cargo de las diferentes metarrepresentaciones
a que, por separado, dan pie los distintos elementos del original.
La norma prosódica inicial que se ha impuesto le veda
pasos semánticamente plausibles.
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¿Cómo enchufar “Beethoven” al
final del
tercer verso? |
7) Poco a poco, el decir se va amoldando a la forma que lo
gobierna (algo semejante le debe de haber ocurrido al poeta,
porque traducir poesía no se diferencia sustancialmente
de escribirla).
8) Pero Leandro sabe que, como el poema, su traducción
ha de triunfar o perecer con el último verso. La solución
que encuentra lo deja satisfecho. A mí me hubiera gustado
que el nuevo poema también estallara en “joven”,
pero ¿cómo enchufar “Beethoven” al
final del tercer verso? Porque así como el instrumento
determina el tipo de música al que se presta, la lengua
determina el tipo de decir que puede musicalizarse en ella.
(He estado tratando yo mismo de lograrlo, pero a mí tampoco
me sale).
9) Los pasos finales son de ajustes retrospectivos. Así
como el endecasílabo determina la totalidad de los versos,
el último de estos determina lo que viene a desembocar
en él (algo análogo, digo, debe de haberle pasado
al poeta).
10) “No es por cierto una traducción perfecta;
ninguna traducción poética lo es. ¿Es por
ello imposible la traducción poética? No, solo
es utópica... y por ende humana”.
Yo coincido en que ni esta ni ninguna traducción
es perfecta, pero porque todas son víctimas del pecado
original que señalaba Mounin: no son el original. Hay,
sin embargo, algunas –pocas, poquísimas- que son
mejores que el original (y, por ende, también “imperfectas”).
Una es la de Nabókov que consigné en el artículo
de marras: una traducción simplemente genial de un poema
muy pero muy bueno. Creo que si adoptamos el criterio de “felicidad”
que propongo, el problema de la perfección pierde sentido
(al cabo, tampoco los originales son perfectos). Lo que sí
se puede (aunque no siempre ni en igual medida) es la traducción
pertinente, la traducción que sirve para
lo que queríamos que sirviera como traductores o como lectores.
Se puede, digo, pero no todos pueden. Pueden los grandes traductores
que son, al mismo tiempo, grandes poetas. La “imperfección”
de las traducciones literarias (dejando de lado, claro está,
los errores de traducción propiamente dichos) no es más
que una consecuencia de la “imperfección” poética
del traductor. Acaso un traductor de la sensibilidad y la pericia
del propio Flecker habría re-escrito mejor el poema. Y
tal vez un poeta mejor que el propio Flecker habría escrito
un original aun mejor. A los efectos de este articulín,
empero, poco importa: no han de confundirse las limitaciones individuales
de los traductores que han tratado sin poder con la imposibilidad
teórica de la traducción. Mis traducciones de Pushkin
son bastante buenas, solo que en poesía –original
o traducida-, “bastante” no es nunca suficiente.
Antes de hacer mutis, sin embargo, veamos de comparar
el revés semántico del tapiz original (que tanto
fustigaba Cervantes, creedor, según parecería, de
que traducir era zurcir palabras) con el derecho del poema traducido:
Oh amigo no visto, no nacido, desconocido,estudiante
de nuestra dulce lengua inglesa,lee mis palabras por la
noche, solo:fui/era un poeta, fui/era joven |
Oh amigo no visible, no nacido,que estudias
nuestra dulce lengua inglesa,dile mis versos a la noche
inmensa:un hombre joven, un poeta he sido. |
Si se tratase de una traducción pragmática
se oiría vociferar a una jauría de legos y no tanto:
¿dónde están “desconocido”, “leer”
y “palabras”? ¿De dónde han salido “decirle”,
“versos”, “inmensa” y “hombre”?
¿Por qué “leer por la noche” se tergiversa
como “decirle a la noche”? ¡Muy mal, alumno
Wolfson! Menos mal que estamos traduciendo poesía, porque
con un poema, como sabemos, se pueden tomar libertades que un
manual de instrucciones para una tostadora no admitiría
jamás. Suena tonto, pero no lo es tanto: el poema lo es
por los efectos cualitativos que causa con lo que dice, su funcionalidad
es estética. Las instrucciones lo son por los efectos cognitivos
que producen con lo que dicen, su funcionalidad es pragmática.
No es que el manual no admita “libertades”, sino que
las admite –¡las reclama!- de otro tipo: todos los
textos reclaman “libertades”, que es el nombre polémico
de la simple discreción profesional del traductor. Sencillamente,
lo que cuenta como identidad pertinente entre sentidos intendido
y comprendido en cada caso es distinto, y distintos, entonces,
los criterios con que se juzga y los medios con que se obtiene.
Leandro no traduciría jamás las instrucciones de
una tostadora como si fuesen un poema. Lo formidable es que tampoco
traduce el poema como si fuesen instrucciones de una tostadora.
Que los hay que sí, y así andamos.
1.-
Como explicaba en el número 4, birlo el neologismo a Mariano
García Landa: es intendido el objeto de la intención.
subir
2.-
Otro neologismo landiano: es noético lo “ideacional”
o “nocional”, lo que pensamos, que es siempre efable
(a diferencia de lo que sentimos, que jamás lo es del todo
y, a veces, en absoluto).
subir
3.-
Para enterarte a fondo de la teoría de Mariano, sobre la
cual baso la mía, léete su Teoría de la traducción,
Vertere, Monográficos de la revista Hermeneus núm..
3 -2001, Soria.
subir
4.-
Te recomiendo el soberbio trabajo de Adrian Pilkingotn: Poetic
Effects. A Relevance Theory Perspective, John Benjamins, Amsterdam,
2000.
subir
5.-
SPERBER, Dan y WILSON, Deirdre: Relevance. Communication and Cognition,
Blackwell, Oxford/Cambridge 1996. La única carencia que
encuentro en esta teoría es que desatiende los efectos
cualitativos de la comprensión. Por cierto, Ernst-August
Gutt dice que la teoría de la pertinencia es, a su vez,
teoría de la traducción. Yo no estoy totalmente
de acuerdo, pero el libro es de lo mejor que he leído sobre
nuestra disciplina: Translation and Relevance. Cognition and Context,
St. Jerome Publishing, Manchester-Boston, 2001. Puedes leer una
síntesis en su artículo "A Theoretical Account
of Translation - Without Translation Theory", Target 2:2,
Amsterdam-Philadelphia, pp. 135-164., y, de paso, la sesuda crítica
a que lo somete Sonja Tirkkonen-Condit en su "A Theoretical
Account of Translation Without Translation Theory?", Target
4:2, pp. 237-245.
subir
Sergio Viaggio, argentino, MA en Lengua y Literatura Rusas,
U. de la Amistad de los Pueblos, Moscú, ex-URSS, jefe
de intérpretes de la Oficina de las NNUU en Viena, ha
publicado una cincuentena de trabajos sobre la teoría,
la didáctica y la práctica de la tradución
y la interpretación.
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