50 aniversario de la FIT
>> Beatriz Arlanzón
Metatexis, la alternativa asequible
>> Aitor Medrano
Contrapunto teórico a las diez etapas de Leandro Wolfson
>> Sergio Viaggio
Por un puñado de dólares
>> Isabel Hoyos
Sobre teoría y traducción: respuesta a una lectora
>> Leandro Wolfson
Generalidades y bibliografía
>> Juan José Arevalillo
Significado de localización
>> Juan José Arevalillo
Componentes principales de un programa informático I
>> Juan José Arevalillo
Componentes principales de un programa informático II
>> Juan José Arevalillo
Presencia de la localización en el mercado y su formación específica
>> Juan José Arevalillo
Editorial
Cartas al director
Historia de la traducción
>> Alberto Ballestero
De buen rollo
>> Álex Kramer 
Reseñas
>> Aurora Humarán
Sección bibliográfica
>> Fernando Vidal
Escríbenos
Suscripciones
Colaboradores

 

Página albergada gratuítamente por


RED ESPAÑOLA DE I+D

 


TRADUCCIÓN EN ESPAÑA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     REVISTA DE TRADUCCIÓN
Número 8 - Marzo del 2004 - ISSN 1579-5314     
   
Contrapunto teórico a las diez etapas de Leandro Wolfson
                                                                      >> Sergio Viaggio      

 

En el último número de La linterna, el infatigable Leandro se saca ante nosotros la tapa del cráneo y nos permite atisbar sus humeantes neuronas de traductor literario aplicado al espinoso mester de traducir poesía. Recordemos el original de Eloy Flecker:

O friend unseen, unborn, unknown,
Student of our sweet English tongue,
Read out my words at night, alone:
I was a poet, I was young.

Como, a mi modo de ver, es en este tipo de traducciones donde triunfan y claudican las milongueras pretensiones de los teóricos, aprovecho el lance para poner a prueba mi propia concepción. Hela aquí resumida:

Siguiendo a García Landa, pienso que traducir es hablar para volver a decir lo dicho en otro idioma. La definición parece de Perogrullo, pero si le acercamos la lupa veremos que no es tan así. Porque decir no es, en rigor, producir cadenas de signos lingüísticos, sino producir mediante ellos percepciones hablísticas cuyos objetos son los sentidos directamente intendidos por los hablantes, lo que dicen “oficialmente”. El sentido intendido directo1 acude a la testa del inminente locutor como un precepto hablístico consistente en un contenido noético2 básicamente expresable en forma proposicional, es decir el “mensaje” propiamente dicho, articulado mediante signos lingüísticos. Los signos lingüísticos se articulan con arreglo a cuatro sistemas distintos: fonomorfosintáctico, semántica, prosódico y –agrego yo- de registro, que el locutor ha internalizado a lo largo de su práctica hablística y que ahora activa junto con toda una serie de conocimientos extralingüísticos que también lleva almacenados en su memoria alimentada a fuer de práctica hablística. El locutor transforma ese precepto en una cadena fónica (que puede representar gráficamente, como estoy haciendo yo ahora) simultáneamente configurada paralingüística y cinéticamente (o sea que “dice” también con la manera de manejar la voz y de mover el cuerpo todo), o, puesto a escribir esos sonidos, gráfica y tipográficamente. Enunciado, configuración paralingüística/tipográfica y configuración cinética/gráfica constituyen el estímulo semiótico que –siempre en situación social concreta y Deo volente- permitirá al interlocutor producir un nuevo precepto hablístico cuyo objeto es el sentido intendido por el locutor. Locutor e interlocutor se habrán comprendido en la medida en que lo que uno quería que el otro comprendiera y lo que el otro ha efectivamente comprendido sean lo mismo, es decir que el sentido directamente intendido sea idéntico al comprendido. A veces sale y a veces no, e incluso los casos en que podemos estimar que ha salido suelen ser empíricamente inverificables. Pero si no saliera un número suficiente de veces, la especie habría sucumbido.

Hasta aquí, archisimplificado, García Landa3. Yo añado algunas cosas más. Por lo pronto, decir es siempre producto de una motivación consciente regida por una motivación inconsciente (decimos siempre porque, aunque siempre hay causas que ignoramos) y de una constelación de intenciones pragmáticas (decimos para). Pero, además, comprender también es producto de una motivación consciente regida por una motivación inconsciente (porque siempre comprendemos porque y para) que filtran y –de ser negativas- pueden llegar a frustrar la comprensión. Y hay más: una vez que hemos comprendido, nos sentimos de cierta manera. La comprensión del sentido intendido directo produce en nosotros efectos contextuales de dos tipos: cognitivos y cualitativos4 o afectivos, entre ellos los estéticos. Pero esos efectos lo son de la comprensión noética: primero entendemos (bien o mal) y luego –tan inmediatamente que parece que todo sucediera a la vez- sentimos los efectos. Hablamos para producir efectos (enterar, convencer, zalamear, insultar, conmover) y para sentir efectos comprendemos. Ahora bien, esos efectos que buscamos o sentimos son, muchas veces, producto de un proceso ulterior, de una serie de metarrepresentaciones desencadenadas por la comprensión espontánea inicial. (Me lees y vas comprendiendo, pero esto que te digo se las trae, es complicado, acaso te cueste aceptarlo, y la comprensión primera no te basta, vuelves a leer, te quedas pensando, sacas conclusiones provisionales, las confirmas, matizas o rechazas...). La comprensión pasiva no existe. Si existiese, comprender no nos cansaría. Y porque cuesta trabajo, buscamos el máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo. Es, en resumidísimas cuentas, lo que conceptualiza la teoría de la pertinencia de Sperber y Wilson5. En el caso de la buena literatura, los efectos son tales que procuramos repetirlos e intensificarlos mediante nuevos actos de comprensión (siempre espontánea ella): volvemos a leer (o a evocar) la cláusula, el verso, la estrofa o el poema entero.

Y ahí arde la traductoril Troya, porque lo dicho se puede volver a
decir de mil maneras.

Esos efectos, además, bien que inducidos inicialmente por la comprensión noética, son producto decisivo de la forma poética. Y ahí arde la traductoril Troya, porque lo dicho se puede volver a decir de mil maneras, salvo de la manera como está dicho en el original. La forma –incluida la forma semántica, que es, precisamente eso: forma- no se puede reproducir. Se puede, en el mejor de los casos imitar, y a veces ni eso (¿cómo imitar un acróstico en chino, que no tiene letras, o el soneto a las vocales de Rimbaud en japonés, cuyos signos son silábicos, o en árabe, que solo tiene tres vocales?). El gran problema no es que la poesía es intraducible sino que es difícil traducirla para que sirva al lector de poesía, o sea pertinentemente.

Traducir, volver a decir lo dicho, re-producir el sentido intendido directo en una segunda lengua y en una nueva situación social, entonces, no termina de bastar. Porque, repito, lo dicho –y sobre todo lo dicho en literatura- no es más que el puntapié inicial de una serie de metarrepresentaciones (algunas intendidas por el poeta, otras específicas del lector concreto) que, en teoría, pueden multiplicarse y difundirse hasta el infinito con cada nuevo acto de comprensión.

Cabe añadir que cuando las metarrepresentaciones son intendidas por el poeta, les doy el nombre de sentido intendido indirecto. El caso más palmario es la alegoría. Es así como lectores diferentes o el mismo lector en diferentes ocasiones comprende el mismo Mercader de Venecia como un alegato antirracista o un panfleto antisemita (¡y vaya uno a saber cómo se lo planteaba el Bardo, o sea cuál era su sentido intendido indirecto!). Cuando estas metarrepresentaciones son acicateadas por los efectos cualitativos producidos por los atributos formales de la verbalización (por cierto, las metáforas no son atributos formales sino noéticos), o encontramos una forma que funcione análogamente o ni vale la pena intentarlo. Traducir al poeta no se agota, pues, jamás en volver a decir lo que el poeta ha dicho. No, en todo caso, si lo que queremos es, además, producir en nuestro lector efectos estéticos (que, muchas veces, procuraremos análogos a los que presumimos que sienten los lectores del original o, menos ambiciosamente, a los que hemos sentido nosotros), producto cada vez de toda una serie de metarrepresentaciones inducidas por la comprensión reiterada del mismo sentido intendido directo y potenciadas por la forma como ha sido verbalizado.

Solo que para ello ni se puede, ni es preciso, ni conviene volver a decir todo lo dicho ni de exactamente la misma manera. Lo que –¡ay, no siempre!- se puede, es preciso y conviene es, de lo dicho, decir lo que hay que decir para que la comprensión sea pertinentemente idéntica, o sea que sea comprensión de lo que de veras cuenta, y –si la traducción quiere ser homofuncional- con efectos adecuadamente similares o análogos. Esa es mi idea de la traducción, literaria o no: volver a decir de modo que, en la nueva situación y en función de los nuevos fines metacomunicativos de la comunicación, o sea en función de lo que traductor y lector quieren hacer diciendo el uno y leyendo el otro, el nuevo lector entienda a) lo que es preciso o conveniente que entienda b) de la manera como es preciso o conveniente que lo entienda. El traductor suele hacer suya la intención que adivina en el poeta (en cuyo caso la identidad pertinente que busca es entre lo que el poeta quería dar a entender y el nuevo lector termina entendiendo), pero, en principio, nadie lo obliga: eso es cosa suya, lo decide él mismo.

Animado, pues, de esta intención (suya sola o suya y del poeta), le va a tocar también a él percibir su nuevo sentido intendido y verbalizarlo de tal manera que su comprensión produzca los efectos buscados. Pero ¿en quiénes? Casi siempre en lectores que imagina muy parecidos a él, dotados de la misma sensibilidad, armados de los mismos conocimientos pertinentes y animados de propósitos similares; traduce, si lo pensamos bien, para imaginarios amigos. Traduce para eso, sí, pero ¿por qué? A menos que lo haga exclusivamente por encargo (y son pocos los traductores genuinamente literarios que solo traducen por encargo), traduce porque le gusta el texto y le gusta traducir. La traducción literaria es, en buen romance, una obra de amor.

         Como un paño ajustado ciñe un cuerpo
         perfecto, realzándolo que no ocultándolo.

Pero no se trata simplemente de traducir literatura, sino poesía, y lo que distingue el poema que Leandro quiere traducir es su forma marcada. El poeta ha adoptado determinadas restricciones (metro, rima, etc.) que condicionan su decir. La grandeza del poema estará en la forma como esas limitaciones ciñan el decir como un paño ajustado ciñe un cuerpo perfecto, realzándolo que no ocultándolo, sumando a lo que deja ver el misterio de lo que insinúa. El traductor sabe que los efectos de la comprensión de su texto serán ellos también función de cómo lo marque. El poeta ha escogido una “norma inicial”, que el traductor puede o no hacer suya; pero también a él le va a tocar adoptar una norma inicial, y, una vez escogida, esa norma va a imponerle restricciones específicas.

El producto no puede menos de ser algo que, si se mira bien, resultará a la vez más, menos y otra cosa que una traducción stricto sensu. Llamo a esto que es algo más, algo menos y otra cosa que traducción mediación interlingüe, cuyo subtipo central es, claro está, la traducción, pero que puede lisa y llanamente no serlo (cuando el chiste intraducible o pragmáticamente inaceptable se omite o se sustituye por entero).

Esta es, bien apretada, mi teoría. A ver si el zapatito le calza a Cenicienta.

1) Nos dice Leandro que “la breve estrofa me toca íntimamente”. Esa tocada íntima es el efecto cualitativo de su comprensión del poema, que pone afectivamente en marcha el motor cognitivo que nuestro colega va a emplear para volver a decir. Añade que la métrica y la rima, esto es, la música del poema, penetraron en su entendimiento junto con el significado de las palabras; le resulta imposible, entonces, discernir si ha captado primero la regularidad métrica, la consonancia de las rimas... o el rotundo impacto de la línea final, que lo hermana con el poeta a través del tiempo y de la muerte. Y tuvo la certidumbre de que ninguna traducción lo complacería jamás que no contuviera estos dos elementos. Yo, claro, digo que Leandro primero “entendió” y enseguidita nomás –pero no al mismo tiempo- “sintió”, pero poco importa, porque lo decisivo es que “parece” que la cosa es simbiótica y así tiene que “parecer” (nos dice Leandro y yo concuerdo) a raíz de la traducción.

2) Leandro vuelve a leer (¡oh magnífico don de la escritura cuyo precio suele ser el olvido de la oralidad primigenia!). Esta vez va a detenerse en la prosodia del poema (ya lo ha entendido, ahora busca la mecánica de los efectos cualitativos). Percibe dos tetrámetros yámbicos (versos primero y tercero) y dos octosílabos de pie irregular. (Yo creo que el cuarto verso también es un tetrámetro yámbico, solo que con el primer pie invertido, como está invertido el cuarto pie en el “To be or not to be: that is the question” shakesperiano, pero eso es cuestión de oído). Toma nota del esquema de las rimas (abab). Su mente va adelantándose a la tarea de traducir: le avisa que las rimas fáciles van a conspirar contra el efecto que persigue... No, no es ese el camino; primero decir, luego afectar: “Renuncio, pues, al tintineo de los significantes y paso al plano de los contenidos”. García Landa diría que lo noético viene antes que lo poético.

3) Leandro compara el nuevo instrumento con el original. Sabe que el castellano “se estira”, que “el inglés es “consonántico y conciso” y “el castellano mucho más vocálico y dilatado”; que “apretura o laconismo por un lado, holgura o facundia por el otro, vuelven impracticable cualquier equivalencia cuantitativa. Nunca un octosílabo nuestro podría traducir un octosílabo. Y amén de estirar el verso, lo más probable es que haya que compendiar el contenido y aun estar dispuesto a renunciar a matices no esenciales”. Leandro se propone como meta, digo, la identidad pertinente entre lo que él ha comprendido y sentido leyendo el original y lo que espera que comprenda y sienta su lector al leer la traducción. Con miras a ello, pasa revista a los recursos lingüísticos que activa. Lo mueve, siempre, la intención de conmover, pero de conmover volviendo a decir: no quiere escribir un poema, quiere re-escribir el poema de Flecker. Sabe que no podrá, y entonces se propone escribir un poema que diga pertinentemente lo que dice el poema de Flecker. Leandro no deja –porque no quiere dejar, no porque nadie lo fuerce- de ser traductor.

4) Tras cabildeos, vacilaciones, tanteos y arrepentimientos, percibe un posible sustituto del segundo verso. Le ha salido endecasílabo. Lo adopta como marca fundamental, y ahora ella encuadrará sus búsquedas siguientes. Elegido el endecasílabo, ya no cejará hasta forjar con él las demás soluciones.

5) Leandro se percata de las aliteraciones del primer verso (que el combo fonomorfosemántico inglés ha servido en bandeja al poeta, pero que el castellano le escatima al traductor). Cualesquiera los efectos que produzca en el original, en castellano habrá que producirlos –si es posible- de otra forma o, paciencia, perderlos.

6) Leandro procede a hacerse cargo de las diferentes metarrepresentaciones a que, por separado, dan pie los distintos elementos del original. La norma prosódica inicial que se ha impuesto le veda pasos semánticamente plausibles.

¿Cómo enchufar “Beethoven” al final del
tercer verso?

7) Poco a poco, el decir se va amoldando a la forma que lo gobierna (algo semejante le debe de haber ocurrido al poeta, porque traducir poesía no se diferencia sustancialmente de escribirla).

8) Pero Leandro sabe que, como el poema, su traducción ha de triunfar o perecer con el último verso. La solución que encuentra lo deja satisfecho. A mí me hubiera gustado que el nuevo poema también estallara en “joven”, pero ¿cómo enchufar “Beethoven” al final del tercer verso? Porque así como el instrumento determina el tipo de música al que se presta, la lengua determina el tipo de decir que puede musicalizarse en ella. (He estado tratando yo mismo de lograrlo, pero a mí tampoco me sale).

9) Los pasos finales son de ajustes retrospectivos. Así como el endecasílabo determina la totalidad de los versos, el último de estos determina lo que viene a desembocar en él (algo análogo, digo, debe de haberle pasado al poeta).

10) “No es por cierto una traducción perfecta; ninguna traducción poética lo es. ¿Es por ello imposible la traducción poética? No, solo es utópica... y por ende humana”.

Yo coincido en que ni esta ni ninguna traducción es perfecta, pero porque todas son víctimas del pecado original que señalaba Mounin: no son el original. Hay, sin embargo, algunas –pocas, poquísimas- que son mejores que el original (y, por ende, también “imperfectas”). Una es la de Nabókov que consigné en el artículo de marras: una traducción simplemente genial de un poema muy pero muy bueno. Creo que si adoptamos el criterio de “felicidad” que propongo, el problema de la perfección pierde sentido (al cabo, tampoco los originales son perfectos). Lo que sí se puede (aunque no siempre ni en igual medida) es la traducción pertinente, la traducción que sirve para lo que queríamos que sirviera como traductores o como lectores. Se puede, digo, pero no todos pueden. Pueden los grandes traductores que son, al mismo tiempo, grandes poetas. La “imperfección” de las traducciones literarias (dejando de lado, claro está, los errores de traducción propiamente dichos) no es más que una consecuencia de la “imperfección” poética del traductor. Acaso un traductor de la sensibilidad y la pericia del propio Flecker habría re-escrito mejor el poema. Y tal vez un poeta mejor que el propio Flecker habría escrito un original aun mejor. A los efectos de este articulín, empero, poco importa: no han de confundirse las limitaciones individuales de los traductores que han tratado sin poder con la imposibilidad teórica de la traducción. Mis traducciones de Pushkin son bastante buenas, solo que en poesía –original o traducida-, “bastante” no es nunca suficiente.

Antes de hacer mutis, sin embargo, veamos de comparar el revés semántico del tapiz original (que tanto fustigaba Cervantes, creedor, según parecería, de que traducir era zurcir palabras) con el derecho del poema traducido:

Oh amigo no visto, no nacido, desconocido,estudiante de nuestra dulce lengua inglesa,lee mis palabras por la noche, solo:fui/era un poeta, fui/era joven
Oh amigo no visible, no nacido,que estudias nuestra dulce lengua inglesa,dile mis versos a la noche inmensa:un hombre joven, un poeta he sido.

Si se tratase de una traducción pragmática se oiría vociferar a una jauría de legos y no tanto: ¿dónde están “desconocido”, “leer” y “palabras”? ¿De dónde han salido “decirle”, “versos”, “inmensa” y “hombre”? ¿Por qué “leer por la noche” se tergiversa como “decirle a la noche”? ¡Muy mal, alumno Wolfson! Menos mal que estamos traduciendo poesía, porque con un poema, como sabemos, se pueden tomar libertades que un manual de instrucciones para una tostadora no admitiría jamás. Suena tonto, pero no lo es tanto: el poema lo es por los efectos cualitativos que causa con lo que dice, su funcionalidad es estética. Las instrucciones lo son por los efectos cognitivos que producen con lo que dicen, su funcionalidad es pragmática. No es que el manual no admita “libertades”, sino que las admite –¡las reclama!- de otro tipo: todos los textos reclaman “libertades”, que es el nombre polémico de la simple discreción profesional del traductor. Sencillamente, lo que cuenta como identidad pertinente entre sentidos intendido y comprendido en cada caso es distinto, y distintos, entonces, los criterios con que se juzga y los medios con que se obtiene. Leandro no traduciría jamás las instrucciones de una tostadora como si fuesen un poema. Lo formidable es que tampoco traduce el poema como si fuesen instrucciones de una tostadora. Que los hay que sí, y así andamos.


1.- Como explicaba en el número 4, birlo el neologismo a Mariano García Landa: es intendido el objeto de la intención.

subir  

2.- Otro neologismo landiano: es noético lo “ideacional” o “nocional”, lo que pensamos, que es siempre efable (a diferencia de lo que sentimos, que jamás lo es del todo y, a veces, en absoluto).

subir  

3.- Para enterarte a fondo de la teoría de Mariano, sobre la cual baso la mía, léete su Teoría de la traducción, Vertere, Monográficos de la revista Hermeneus núm.. 3 -2001, Soria.

subir  

4.- Te recomiendo el soberbio trabajo de Adrian Pilkingotn: Poetic Effects. A Relevance Theory Perspective, John Benjamins, Amsterdam, 2000.

subir  

5.- SPERBER, Dan y WILSON, Deirdre: Relevance. Communication and Cognition, Blackwell, Oxford/Cambridge 1996. La única carencia que encuentro en esta teoría es que desatiende los efectos cualitativos de la comprensión. Por cierto, Ernst-August Gutt dice que la teoría de la pertinencia es, a su vez, teoría de la traducción. Yo no estoy totalmente de acuerdo, pero el libro es de lo mejor que he leído sobre nuestra disciplina: Translation and Relevance. Cognition and Context, St. Jerome Publishing, Manchester-Boston, 2001. Puedes leer una síntesis en su artículo "A Theoretical Account of Translation - Without Translation Theory", Target 2:2, Amsterdam-Philadelphia, pp. 135-164., y, de paso, la sesuda crítica a que lo somete Sonja Tirkkonen-Condit en su "A Theoretical Account of Translation Without Translation Theory?", Target 4:2, pp. 237-245.

subir  


Sergio Viaggio, argentino, MA en Lengua y Literatura Rusas, U. de la Amistad de los Pueblos, Moscú, ex-URSS, jefe de intérpretes de la Oficina de las NNUU en Viena, ha publicado una cincuentena de trabajos sobre la teoría, la didáctica y la práctica de la tradución y la interpretación.


Todos los artículos y colaboraciones publicados en La linterna del traductor son de propiedad exclusiva de sus autores y no está permitido reproducirlos sin autorización previa. La linterna del traductor no se responsabiliza, ni necesariamente comparte las opiniones expresadas por sus lectores o colaboradores.