Me calcé las botas y me puse el abrigo. Tras unos segundos
de duda, decidí ponerme también el gorro, que decían
que el aire del invierno europeo venía frío y no
quería acabar con las orejas escarchadas. Salí de
casa. Guiñé los ojos, poco acostumbrados últimamente
a la luz directa del sol, y ahora cegados por aquellos pálidos
rayos que asomaban entre la ligera niebla. Me dirigí a
buen paso al cercano y gran parque.
Al llegar a la enorme verja metálica que
jamás había traspasado, a pesar de tenerla a quince
minutos de mi casa, sentí una punzada de culpa. ¿Qué
hacía yo a las once y media de la mañana en un parque,
en vez de estar terminando la entrega del miércoles? Las
desnudas ramas de aquellos árboles tan altos (¿álamos?),
tentadoras, parecían llamarme desde el otro lado de la
verja. Acallé la voz de mi conciencia y, respirando hondo,
decidí entrar. El paseo, lleno de bien podados rosales,
ahora sin flores, tenía una belleza melancólica
muy acorde con la apacible mañana de invierno. Había
andado apenas unos metros, cuando me di cuenta de que el paso
militar al que suelo estar acostumbrada no era lo más adecuado
para aquel entorno de belleza clásica. Bajé el ritmo
y me dispuse a disfrutar: ya no recordaba cuánto tiempo
hacía desde la última vez que había salido
a la calle, de día y por el mero placer de pasear (¿un
mes o dos?). Sólo recordaba haber salido a dar un breve
paseo cuando todavía hacía calor. Ahora la punta
de mi nariz estaba helada; el invierno había seguido al
otoño y yo ni me había enterado.
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Las desnudas ramas de aquellos árboles tan altos,
tentadoras, parecían
llamarme desde el otro lado de la verja |
La culpa seguía agazapada, pero conseguí
dominarla. ¿De qué servía trabajar por cuenta
propia, si no podía disponer de un rato para mí
misma? ¿De qué servía llevar encerrada un
par de meses, si no podía permitirme el pequeño
lujo de tener una mañana para mí? Recordé
las quejas de mi amiga Dori ("cuando salgo de la oficina
en invierno siempre es de noche") y mi respuesta ("bah,
yo cuando quiero puedo salir a que me dé el aire").
¿Cuántas veces había hecho uso de ese privilegio
en el último año?
Un pensamiento me asaltó: no había
desviado el teléfono al móvil, precisamente para
gozar de un rato de tranquilidad, pero... ¿Y si mi cliente
llamaba a casa y nadie atendía la llamada? Estaban (mal)
acostumbrados a contar con mi absoluta disponibilidad, tal vez
por eso me estaba yendo tan bien últimamente con ellos...
Sentí que el nudo que me era tan familiar se aferraba a
mi garganta, amenazando con estrangular la alegría que
el paseo me estaba proporcionando. ¿Por qué aquel
sentimiento de culpa, si sólo yo era dueña de mi
propio tiempo, o eso se suponía que significaba ser autónoma?
¿Acaso me pagaban la disponibilidad? ¿O es que habíamos
pactado un horario? De las dos últimas preguntas, la respuesta
era un rotundo "no". ¿Por qué, entonces,
me sentía tan mal y con el estómago encogido? Me
repetí que, por primera vez en varias semanas, no iba atrasada
con el trabajo y que no era racional que me sintiera así.
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¿Y si mi cliente
llamaba a casa y nadie
atendía la llamada? |
Una sensación malsana y cálida empezó
a surgir, como si me alcanzase a través de los tamizados
rayos solares: era rabia. Rabia por tener que pasar tantas horas
atada a la mesa del ordenador; rabia por no saber decir que no
a los clientes; rabia por tener que tragarme el orgullo y dar
la razón a aquel estúpido jefe de proyecto, a pesar
de que no la tenía; rabia por haber elegido un camino laboral
que parecía un túnel de días y noches en
rápida, monótona y angustiosa sucesión, siempre
corriendo, siempre haciendo el trabajo contra reloj y angustiada,
siempre con la sensación de estar empleando mi tiempo en
una tarea tan fútil como ingrata. ¿Por qué
lo hacía? ¿Por el dinero? No, a veces no compensaba.
¿Por pasión profesional? Tampoco. Yo no traducía
textos interesantes, sino tediosos manuales de instrucciones en
los que no se me permitía poner ni una coma que no viniera
en la guía de estilo del fabricante. Entonces, insistí,
¿por qué lo hacía? Porque, me dije, estaba
harta de trabajar en una oficina y había decidido controlar
yo las decisiones relativas a mi trabajo y a mi tiempo. A la luz
de esa respuesta, y de que el resultado, evidentemente, parecía
ser el opuesto, por un momento me quedé en blanco, recreándome
en mi propia falta de lucidez.
Me di cuenta de que había recorrido toda
la avenida y había llegado a una zona de praderas de hierba
y altos árboles de verdes hojas. Mientras me sorprendía
de mi propia ignorancia (cómo, ¿no a todos los árboles
se les caen las hojas en invierno?) me senté en uno de
los bancos y comencé a dejarme llevar por el relajante
color verde del césped. Un poco más allá,
un bichejo de color marrón, supuestamente una ardilla (era
la primera vez que veía una al natural), bajó vertiginosamente
por el tronco de un gran árbol, se acercó a un anciano
y rápidamente volvió a encaramarse a lo alto del
árbol. Así transcurrió media hora, en la
que el anciano, pacientemente, iba dando algo grande y redondo
a la ardilla (¿nueces?), mientras yo les observaba, medio
hipnotizada, con la cabeza vacía de pensamientos laborales
y sonriendo como una boba. Fue entonces cuando algo hizo clic
y lo vi todo con claridad.
Hoy, años después de aquella escena,
aún sonrío al recordarla. Aquella ardilla me enseñó
que mi elección de un trabajo por cuenta propia no tenía
sentido, si no era capaz de llevar las riendas y de utilizar mi
decisión para disfrutar un poco más de la vida.
Que un puñado de dólares más o menos no compensa
el ardor de estómago, el estrés, los dolores de
cervicales y las noches en vela, ni el haberme podido quedar sin
aquel paseo por el parque.
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Un
poco más allá, un bichejo de color marrón,
supuestamente
una
ardilla... |
Por supuesto, me costó mucho reconvertirme
y reeducarme. Comencé por limitarme el número de
palabras por semana y seguí por planificarme para dejar
cada semana algún tiempo libre, algo muy difícil,
para una trabajoadicta acostumbrada a jornadas de más de
doce horas los siete días de la semana. Al principio fue
duro decir que no, pero pronto comprobé que no pasaba nada
y que incluso empezaba a estar mejor considerada por mis clientes,
las primeras semanas, muy sorprendidos por no encontrarme en casa
dentro de horarios laborables, a partir de entonces, acostumbrados
a llamarme siempre al móvil y a preguntarme si estoy ocupada.
De vez en cuando vuelvo al parque. Ahora sé
que, efectivamente, los árboles de la entrada son álamos
y que a las ardillas les gustan más las avellanas que las
nueces. Procuro ir temprano y en días laborables, para
que haya menos gente, y mientras espero pacientemente a que alguna
ardilla venza la poca vergüenza que las de ese parque tienen,
sonrío de medio lado pensando en Dori, que a esas horas
está en una oficina sin luz natural, y entonces me siento
agradecida y la reina del mundo.
Isabel Hoyos (www.isabelhoyos.com)
es traductora autónoma desde 1990 y, entre otras cosas,
está especializada en “localización”
de programas informáticos. Aficionada a la botánica,
sabe distinguir entre un álamo y un fresno, y es una
entusiasta de las ardillas. Aunque el artículo no es
exactamente autobiográfico, hace tiempo que decidió
que trabajaría para vivir, y no al revés...
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