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TRADUCCIÓN EN ESPAÑA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     REVISTA DE TRADUCCIÓN
Número 8 - Marzo del 2004 - ISSN 1579-5314     
   
Por un puñado de dólares
                                                    >> Isabel Hoyos                


Me calcé las botas y me puse el abrigo. Tras unos segundos de duda, decidí ponerme también el gorro, que decían que el aire del invierno europeo venía frío y no quería acabar con las orejas escarchadas. Salí de casa. Guiñé los ojos, poco acostumbrados últimamente a la luz directa del sol, y ahora cegados por aquellos pálidos rayos que asomaban entre la ligera niebla. Me dirigí a buen paso al cercano y gran parque.

Al llegar a la enorme verja metálica que jamás había traspasado, a pesar de tenerla a quince minutos de mi casa, sentí una punzada de culpa. ¿Qué hacía yo a las once y media de la mañana en un parque, en vez de estar terminando la entrega del miércoles? Las desnudas ramas de aquellos árboles tan altos (¿álamos?), tentadoras, parecían llamarme desde el otro lado de la verja. Acallé la voz de mi conciencia y, respirando hondo, decidí entrar. El paseo, lleno de bien podados rosales, ahora sin flores, tenía una belleza melancólica muy acorde con la apacible mañana de invierno. Había andado apenas unos metros, cuando me di cuenta de que el paso militar al que suelo estar acostumbrada no era lo más adecuado para aquel entorno de belleza clásica. Bajé el ritmo y me dispuse a disfrutar: ya no recordaba cuánto tiempo hacía desde la última vez que había salido a la calle, de día y por el mero placer de pasear (¿un mes o dos?). Sólo recordaba haber salido a dar un breve paseo cuando todavía hacía calor. Ahora la punta de mi nariz estaba helada; el invierno había seguido al otoño y yo ni me había enterado.

Las desnudas ramas de aquellos árboles tan altos, tentadoras, parecían
llamarme desde el otro lado de la verja

La culpa seguía agazapada, pero conseguí dominarla. ¿De qué servía trabajar por cuenta propia, si no podía disponer de un rato para mí misma? ¿De qué servía llevar encerrada un par de meses, si no podía permitirme el pequeño lujo de tener una mañana para mí? Recordé las quejas de mi amiga Dori ("cuando salgo de la oficina en invierno siempre es de noche") y mi respuesta ("bah, yo cuando quiero puedo salir a que me dé el aire"). ¿Cuántas veces había hecho uso de ese privilegio en el último año?

Un pensamiento me asaltó: no había desviado el teléfono al móvil, precisamente para gozar de un rato de tranquilidad, pero... ¿Y si mi cliente llamaba a casa y nadie atendía la llamada? Estaban (mal) acostumbrados a contar con mi absoluta disponibilidad, tal vez por eso me estaba yendo tan bien últimamente con ellos... Sentí que el nudo que me era tan familiar se aferraba a mi garganta, amenazando con estrangular la alegría que el paseo me estaba proporcionando. ¿Por qué aquel sentimiento de culpa, si sólo yo era dueña de mi propio tiempo, o eso se suponía que significaba ser autónoma? ¿Acaso me pagaban la disponibilidad? ¿O es que habíamos pactado un horario? De las dos últimas preguntas, la respuesta era un rotundo "no". ¿Por qué, entonces, me sentía tan mal y con el estómago encogido? Me repetí que, por primera vez en varias semanas, no iba atrasada con el trabajo y que no era racional que me sintiera así.

¿Y si mi cliente llamaba a casa y nadie
atendía la llamada?

Una sensación malsana y cálida empezó a surgir, como si me alcanzase a través de los tamizados rayos solares: era rabia. Rabia por tener que pasar tantas horas atada a la mesa del ordenador; rabia por no saber decir que no a los clientes; rabia por tener que tragarme el orgullo y dar la razón a aquel estúpido jefe de proyecto, a pesar de que no la tenía; rabia por haber elegido un camino laboral que parecía un túnel de días y noches en rápida, monótona y angustiosa sucesión, siempre corriendo, siempre haciendo el trabajo contra reloj y angustiada, siempre con la sensación de estar empleando mi tiempo en una tarea tan fútil como ingrata. ¿Por qué lo hacía? ¿Por el dinero? No, a veces no compensaba. ¿Por pasión profesional? Tampoco. Yo no traducía textos interesantes, sino tediosos manuales de instrucciones en los que no se me permitía poner ni una coma que no viniera en la guía de estilo del fabricante. Entonces, insistí, ¿por qué lo hacía? Porque, me dije, estaba harta de trabajar en una oficina y había decidido controlar yo las decisiones relativas a mi trabajo y a mi tiempo. A la luz de esa respuesta, y de que el resultado, evidentemente, parecía ser el opuesto, por un momento me quedé en blanco, recreándome en mi propia falta de lucidez.

Me di cuenta de que había recorrido toda la avenida y había llegado a una zona de praderas de hierba y altos árboles de verdes hojas. Mientras me sorprendía de mi propia ignorancia (cómo, ¿no a todos los árboles se les caen las hojas en invierno?) me senté en uno de los bancos y comencé a dejarme llevar por el relajante color verde del césped. Un poco más allá, un bichejo de color marrón, supuestamente una ardilla (era la primera vez que veía una al natural), bajó vertiginosamente por el tronco de un gran árbol, se acercó a un anciano y rápidamente volvió a encaramarse a lo alto del árbol. Así transcurrió media hora, en la que el anciano, pacientemente, iba dando algo grande y redondo a la ardilla (¿nueces?), mientras yo les observaba, medio hipnotizada, con la cabeza vacía de pensamientos laborales y sonriendo como una boba. Fue entonces cuando algo hizo clic y lo vi todo con claridad.

Hoy, años después de aquella escena, aún sonrío al recordarla. Aquella ardilla me enseñó que mi elección de un trabajo por cuenta propia no tenía sentido, si no era capaz de llevar las riendas y de utilizar mi decisión para disfrutar un poco más de la vida. Que un puñado de dólares más o menos no compensa el ardor de estómago, el estrés, los dolores de cervicales y las noches en vela, ni el haberme podido quedar sin aquel paseo por el parque.

          Un poco más allá, un bichejo de color marrón, supuestamente
          una ardilla...

Por supuesto, me costó mucho reconvertirme y reeducarme. Comencé por limitarme el número de palabras por semana y seguí por planificarme para dejar cada semana algún tiempo libre, algo muy difícil, para una trabajoadicta acostumbrada a jornadas de más de doce horas los siete días de la semana. Al principio fue duro decir que no, pero pronto comprobé que no pasaba nada y que incluso empezaba a estar mejor considerada por mis clientes, las primeras semanas, muy sorprendidos por no encontrarme en casa dentro de horarios laborables, a partir de entonces, acostumbrados a llamarme siempre al móvil y a preguntarme si estoy ocupada.

De vez en cuando vuelvo al parque. Ahora sé que, efectivamente, los árboles de la entrada son álamos y que a las ardillas les gustan más las avellanas que las nueces. Procuro ir temprano y en días laborables, para que haya menos gente, y mientras espero pacientemente a que alguna ardilla venza la poca vergüenza que las de ese parque tienen, sonrío de medio lado pensando en Dori, que a esas horas está en una oficina sin luz natural, y entonces me siento agradecida y la reina del mundo.


Isabel Hoyos (www.isabelhoyos.com) es traductora autónoma desde 1990 y, entre otras cosas, está especializada en “localización” de programas informáticos. Aficionada a la botánica, sabe distinguir entre un álamo y un fresno, y es una entusiasta de las ardillas. Aunque el artículo no es exactamente autobiográfico, hace tiempo que decidió que trabajaría para vivir, y no al revés...


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