Es tan fiero el león como lo pintan
Para una tímida compulsiva como yo, la típica que nunca levanta la voz ni protesta por nada y que no suele lograr —a menudo ni intentar— imponer su criterio, uno de los grandes orgullos cotidianos es el tener «amaestrados» a los empleados de mi sucursal bancaria.
La primera vez que, al poco de abrir la cuenta, aparecí por allí con un cheque extranjero en dólares canadienses casi se me desmayan. No recuerdo exactamente cuánto tiempo me tuvieron esperando hasta que lograron realizar la transacción, pero desde luego no fueron menos de 20 minutos. Y encima me cobraron una comisión de 15 euros del ala. Por suerte, tres años después de aquella primera batalla contra la banca internacional, hoy puedo decir con orgullo que no sólo no se amedrentan ni ante cheques israelíes, escritos en un alfabeto que no saben leer, sino que he logrado rebajar esas comisiones a 3 euros. Todos los empleados de la sucursal saben mi nombre, me preguntan por mi trabajo y mis viajes y conocen mi vida y milagros.
O, al menos hasta no hace mucho, yo pensaba que era así. Siempre me ha dado la impresión de que me tienen por un personaje peculiar, que viajaba por el mundo y tiene contactos en los países más insospechados. A veces incluso me preguntan si he estado en la sucursal de Londres, de Nueva York... o de Kuala Lumpur. Nada es demasiado para mí.
Hasta no hace mucho, digo, porque la semana pasada, cuando acudí a cobrar un cheque normalito, español, en euros y e incluso del mismo banco, me encontré en la ventanilla a una cajera nueva. La habitual estaba de vacaciones, claro. Agosto es lo que tiene. La chica debía de ser bastante nueva en el oficio, porque era muy joven y no se aclaraba mucho. Como se estaba formando una pequeña cola, la cajera decidió consultar con otro empleado —para más señas, el que se suele encargar de la tramitación de mis cheques extranjeros— qué debía hacer con el cheque. Sin dudar un segundo, él contestó: «Ingrésaselo en cuenta como nómina, que ella es autónoma, que da clases de inglés».
Claro, hablando inglés, ¿qué otra cosa se puede hacer en esta vida? Y yo que me creía domadora de leones...
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